jueves, 26 de marzo de 2026

ALCURNIA

     Se conocieron en una exposición de arte. Ella, alta, guapa; muy guapa. Con estilo. Él, algo más alto que ella. Guapo, según le decía su madre. Hablaron muy poco y con dificultad. Ella alemana, él de aquí. Sin embargo surgió algo. Una atracción que los llevó a la cama en una primera cita y, después a mantener una relación epistolar vía "air mail", en un francés que ninguno de los dos dominaba con garantías de una conversacion fluida. Las risas, las caricias y las miradas, era su mejor forma de comunicarse. Así fue. 

    No recuerda cuánto tiempo duró la relación (quizá un par de años), en los que ella regresó a verlo, acompañada de su madre. Él, y sus padres las recibieron como solemos hacerlo por aquí. Cena en la casa, sonrisas (que era la forma de comunicarse), y paseo por el parque para eseñarles nuestra Málaga. El parque de entonces, el puerto de entonces y... poco más. Ellas correspondieron tal y como su nivel económico les permitia, que era mucho. Porque en aquellos años; allá por mil novecientos setenta y dos. Un marco era una pasta y con varios de ellos te hacían la ola allá dónde fueses. Así que, en un afamado restaurante de muy cerca de Marbella, invitaron a cenar a sus padres y, por supuesto, a él. Buena comida -y cara-, más sonrisas y vuelta a Málaga. Por aquel entonces, él acababa de sacarse el carnet de conducir a los dieciocho años. Ella casi veintiuno. Pero eso no importaba. Así que sus padres se volvieron a Málaga en el autobús. Después de tantos años, él recuerda esa imagen de sus padres subiendo al Portillo; su padre con traje marrón de buena calidad y su madre con un vestido claro y un pañuelo al cuello... y le dejaron el Seat 600 al niño, para que pudiese volver más tarde (¿qué no hacen unos padres por sus hijos?). Y así fue esa presentación de padres entre esa peculiar pareja. 

    Y la relación se terminó. No recuerda el motivo, si es que lo hubo. Siempre creyó que él había dado por terminada la relación y, por carta, creyó decirle que; hasta aquí hemos llegado. Pero ya se sabe que esos primeros amoríos no se olvidan tan fácilmente. Máxime cuando recuerdas el nombre y apellido. Así que aún con el paso de los años, siempre tuvo la inquietud de volver a saber algo de ella. Y buscó. Y no encontró. Pero claro, resulta que un día llega internet y la cosa cambia. Recordó el nombre de la ciudad de ella y solo tuvo que añadir a un nombre, el de esa ciudad y... ahí estaba ella. Cincuenta años más tarde la había encontrado (o creía haberlo hecho). Y, tras otras búsquedas, consiguió enviarle un mensaje vía Telegram. Un escueto: Hola Anna. Y llegó otra escueta respuesta: Hola José. Galery Art. Marbella 1972? Era ella, no cabía duda.

    Tras unos días de conversación, esta vez ayudado con los traductores, lograron hacerse algunas preguntas que quedaron en el aire muchos años atrás. Y ha sido en el transcurso de esas conversaciones cuando él intuyó (realmente supo), lo que ocurrió, y por qué se terminó esa relación que ambos parecían disfrutar mucho. La diferencia social (económica), espantó a la madre y lo que le contarían a su padre, terminó por dar carpetazo a... quién sabe qué. 

    Ahora, desde hace un par de semanas, se hablan con cierta asiduidad por wassap. A Anna la nota ilusionada, separada desde hace años, y a veces es como si se quisiera disculpar por no haber tenido la valentía de seguir esa relación y dejar que decidieran por ella. 

    Él ya ha cumplido con lo que quería; encontrarla y saludarla. Y, cómo no, decirle que durante mucho tiempo estuvo recordándola. Que fue una lástima no haber tenido una vida juntos. Que se alegra de que esté bien y que se cuide. También añade con cierta insistencia que no quiere molestarla. Pero ella, le sigue enviando a diario algun wassap que lleva a una conversación mucho más larga. 

    La moraleja de todo esto es que a veces imaginamos querer cosas, cuando en realidad lo que anhelamos es quedar en paz con nosotros mismos. Se acabó la magia. Ya sabe que puede contactar con ella de forma inmediata, pero me da que no quiere. No quiere que, aquello que quedó apagado, tenga apariencia de que hay algun tipo de nueva chispa. Los años no pasan en balde. Ya no son los mismos y, ademàs siguen sin pertenecer a la misma clase social. Ella, empresaria heredera de un imperio comercial e inmobiliario y él sigue siendo ese artista soñador que consiguió mucho más de lo que los padres de ella imaginaron. Hizo lo que quiso y apoyado -siempre-, por sus padres. Viajó, acertó, se equivocó, se levantó un millar de veces (y las que les queda),formó una familia.... No tiene reproches hacia ella , y mucho menos a sus padres, ni hacia nadie. A Anna, la respeta y la quiere (ese cariño de juventud que quedó). Le gustaría decirle -aunque nunca lo hará-, todo lo que se perdió, por valorar a las personas por lo que tienen en los bolsillos. Por creer que la humildad es sinónimo de carencias básicas. Que aquí habría tenido una familia que la hubiese apoyado en lo que quería hacer. No habría tenido que renunciar a esa carrera universitaria que su padre no la dejó hacer para que se hiciera cargo del imperio económico. Que habría sido feliz aunque los recursos fuesen mucho más escasos. Que no tiene sentido que ahora diga que durante muchos años, ella también pensó en él, pero como venía de vacaciones con su padre... Lástima Anna.

    Ahora él tiene otra preocupación: Cómo decirle a Anna, que, esta vez y por decisión suya, es la hora de decirse adiós. Se lo dirá, sin reproches, sin despecho, sin vanidad... Simplemente le dirá que la amó muchísimo y que hace años que otras personas ocuparon su lugar. Que no la buscaba para decirle eso, que era necesidad de cerrar ese capitulo y, por fín, ahora puede hacerlo. Y, añadirá un escueto: Gracias Anna, por haber formado un poco parte de lo que soy. Besos. 

Luis Navajas    

miércoles, 14 de enero de 2026

EL MANUAL


    Entre mis habilidades, tampoco está la de interpretar o enterarme de lo que indican los manuales de instrucciones. Cuando mis hijos eran pequeños y los Reyes Magos les dejaban algo que había que montar; les tenía que poner varias copas de anis extra y un cesto de mantecados, para que estuvieran un poco más a mi lado y así poder terminar de montar, en tiempo y forma, ese parking con rampa, o el castillo con guillotina, o lo que fuese. Una vez tuve que motar un garaje y aquello terminó pareciendo más un quirófano. Les dije a los niños que era el hospital de campaña de la guerra de Gila. Se hartaron de llorar, pero terminaron usando los botecitos de aceite de motor, como bolsas de trasfusiones. 

    La penúntima (habrá más, seguro), me ha  ocurrido hace unos días. Tuve que cambiar el microondas porque ya no daba más de sí. Estuvo algunos años que no andaba fino; pero al menos calentaba. Eso sí, no más de un minuto. Así que cuando tenía que meter algo que necesitara más de ese tiempo límite que él mismo se había autoimpuesto, tenía que solucionarlo sacando el número de cucharillas equivalentes al tiempo que tenía que tener el producto en el micro. Qué eran 8 min.; pues 8 cucharillas. Así cada minuto que pasaba yo cambiaba una cucharilla a otro lado y cuando ya no había más para cambiar; es que llevaba los 8 minutos cocinandose. Genial. Si tenía que estar en tiempo que no fuese justo, ya empezaban los problemas. Así que olvídate de tenerlos 7,30 min., o cualquier guarismo que no fuese exacto. Pero a todo se acostumbra uno. El microondas me enseñó que el alimento salía un poco falto de cocción o un poco pasado. Minucias.

    Pues eso, que tuve que cambiar de microondas, porque ya no calentaba. Y eso que le ensañaba las cucharillas y todo. Pero nada, se quedó fiambre. Así que voy a un comercio para mirar los microondas que se adaptaban al hueco que había quedado libre. Una vez frente ellos, y como un flechazo, supe cúal me iba a comprar: el más barato. Y me lo llevo a casa. Y lo enchufo. Y lo pongo en funcionamiento. Y funcionaba. Perfecto.

    Cuando llevaba unos días con él, caí en la cuenta de que no sabía cómo funcionaba este nuevo aparato a la hora de programar el tiempo para cocinar (lo de las cucharillas estaba bien, pero ya era hora de usarlas solo para el postre o café). Así que me pongo mis gafas de lectura, que quedan bien, pero veo mal; y me dispongo a leer el manual. Me da repelús esta palabra y siempre suena en mi cabeza como si la dijese una voz de ultratumba: MaaaNuuuAllllll. Y empieza mi odisea: 1 Configuración del reloj. Listo configurado. 2 Cocinar con microondas. Listo ya he calentado algunas cosas y funciona. 3. Inicio rápido. Listo ya he iniciado varias veces de forma rápida.4 Descongelación por peso. Ni loco me leo esta parte. Ni loco. Y en el número 8; tachán. Temporizador para cocinar. Guau ésto es lo que dejará a mis cucharillas en el cajon de los cubiertos. Así que me lo leo del tirón... ¡y lo entiendo!

   " Presione temporizador, gire para introducir el tiempo, presione inicio y cuando el temporizador para cocinar, alcance el intervalo de tiempo configurado, el indicador se apagará. El Zumbador sonará 5 veces.". Todo bien, excepto que el microondas sólo hace la cuenta atrás pero no calienta. Releo el manual; y nada. Lo leo al revés y tampoco. Esto está estropeado -me digo-. No queda otra que desmontarlo y llevarlo al comercio, donde tras unos momentos de dudas, me indican que si lo que deseo es otro nuevo, entre lo pague y me devuelven el dinero seguidamente. Así lo hago y me voy contento para mi casa con el nuevo microondas. Llego a casa, lo meto en el hueco, lo enchufo, le doy a calentar y calienta. Ahora solo faltra comprobar el temporizador. Presiono temporizador, giro para introducir el tiempo, presiono inicio y cuando el temporizador para cocinar, alcanza el intervalo de tiempo configurado, el indicador se apaga. Zumba 5 veces y... No calienta. Hace la cuenta atrás pero no calienta. ¿Con lo que pesa este cacharro lo tengo que llevar otra vez al comercio? Me niego. Los llamo por teléfono y me dicen que ni idea de cómo funciona el temporizador para cocinar, así que me dan el teléfono del servicio técnico -que intuí tienen un área de atención al torpe-, y me dicen que me llamarán. ¿Me llamarán? Pero si yo quiero cocer patatas ahora que son las 3 de la tarde. Me niego a esperar y, desesperado, me quito las gafas de lectura y me lío, otra vez, con el manual (uf qué frío me da la palabreja). y... tachán, doy con la tecla; en el apartado 2 Cocinar con microondas, está la clave para cocinar con temporizador. 

    Así que -interpreto- que el apartado 8, de temporizador para cocinar es eso: un temporizador para cocinar (pero no en el microondas), para cuando hagas un arroz, o papas fritas o puchero. Lo que me lleva a proponer que este epígrafe tendría que haberse llamado: 8 Temporizador para cocinar lo que te salga de los cataplines, pero fuea del microondas. Tontorrón.

    Pii, Pii, Pii, Pii, Pii. Me quedé sin tiempo.

lunes, 12 de enero de 2026

TE CONTARÍA

 

    A veces me sorprendo pensando en que voy a llamarte. Es una sensación muy real que dura solamente unas décimas de segundo; pero me ocurre con relativa frecuencia. Estoy atareado con cualquier cosa y pienso: voy a llamarla. No lo hago; no sabría dónde hacerlo. Luego, tras quedarme algo desconcertado por mi pensamiento, me recupero y sigo el curso normal de mi día, y hasta la próxima vez que me ocurra. 

    Es extraña esta necesidad, y seguramente tendrá una explicación más profunda que sesudos psicoanalistas pondrían nombre. Yo no estoy interesado en estas cuestiones; no le doy la mayor importancia a un deseo que, antes, realicé menos veces de las que debería haberlas hecho. Sin embargo, las cosas son así; A lo hecho pecho, y ahora te jodes. 

    Tendré que guardar esas ganas de contarte para cuando nos veamos. Si es que nos vemos alguna vez. Quisiera creer que sí, y que me volverás a dar ese abrazo que una noche soñé que me dabas y que tanta paz me dio.

    A veces me sorprendo pensando en que tengo a llamarte. No lo hago; no sabría dónde hacerlo.

    Tu hijo.

lunes, 1 de septiembre de 2025

"ABEJOSCAS"

Leí una vez la metáfora de las abejas y las moscas. Ésta cataloga a las personas en dos tipos: abejas y moscas". Todo para referirse a que unas personas tienen, generalmente, un pensamiento positivo y ven la parte bella de lo que le rodea (las abejas se sustentan de las flores), frente a otras que es todo lo contrario; Se mueven y buscan para alimentarse la pudredumbre y los desechos. Hay cientos de artículos, muy bien argumentados que explican esta metáfora. Incluso de cómo cambiar -si te reconoces como mosca-, a abeja. Supongo que también habrá técnicas para cambiar de abeja a mosca. Hay gente "pa to".

De lo que ya no he encontrado tanta literatura, es sobre la convivencia de las  personas tipo abejas y las tipo moscas. Esposible que estra interación entre las dos especies haya dado lugar a una especie nueva: la "Abejosca". Un híbrido entre abeja y mosca que tendría la capacidad de hacerte creer que es una abeja que va de flor en flor, ocultando que también se mueve en la mierda. 

Es aquella que estaría, siempre, disponible para acudir a una invitación, aquella que ha entrado en casas ajenas muchas veces, que degustará lo que se le cocina, la que se ha encontrado colmada de atenciones. esas que siempre estrían disponibles para acudir al ágape, sin importarles el camino que tenga que recorrer, si ello le supone un beneficio, pero que no lo andará para otra cosa que no sea eso... y de la que, en muchos casos, no se suele conocer el color de la puerta de entrada a su casa. Esa especie de la que no debes esperar una invitación para visitar sus flores. Digamos que le gusta pasearse por la de otros, no sin antes dejarte un poco de su mierda (aunque sea moral). 

Y esto podría ser así. Ahora tocaría a cada uno de nosotros reconocernos en: abejas, moscas o "abejoscas". Y digo nosotros, porque posiblemente, los demás; nuestros amigos, familiares... ya lo han hecho. Así que más nos valdría hacerlo para, si procediese o quisiéramos, tengamos un cambio de actitud. 

Antes de terminar, habría que reflexionar, quizá, sobre una cuarta especie distinta de las anteriores, pero directamente relacionadas con el tema en cuestión; sería la persona tipo "Abejlila". Algo así como una abeja buena (en el amplio sentido del adjetivo) , que sería esa persona tipo abeja que no solo tiene un jardín interior bellísimo, sino que, sistemáticamente te lo ofrecería para compartirlo. Esa "abejlila", te ofrecería una y mil veces todo lo que tiene. No solo material. Ofrecería su cariño, bondad y, a veces, ingenuidad. Nunca te dejaría tirado, ni te decepcionaría. 

Sin embargo, esta variante vendrían geneticamente mutadas y serían incapacez de recnocer a a otras especies que no sean las abejas normales. Por eso serían las preferidas de las "abejoscas".

Buen apetito. 

miércoles, 11 de junio de 2025

EL ALETEO DEL GURRIPATO

     En mi casa -como cada primavera-, suelen caer al patio o el jardín algún gurripato (según la RAE, habría que decir "gurriato", que es el pollo del gorrión; pero por aquí, siempre se ha dicho gurripato); Así que nada. 

    Pues eso, que hoy ha sido el primer día que he descubierto el ocupa entrañable de este año. A veces, hasta me gusta pensar que su madre o padre, fueron uno de esos que consiguieron alzar el vuelo desde mi casa el año anterior. Quién sabe. 

    Y como cada año, no les hago caso. Ni me acerco para no asustarlos. Aunque antes de que yo los vea, ya oigo los avisos tan peculiares que les envían sus padres, de que ese tio grande y feo  anda cerca de ellos. Y hoy no ha sido una excepción. Lo ví y ni caso. Pero en un momento dado quise salir al jardín a sentarme un rato a leer. Separado de él. Y lo hice.

     El polluelo no sabía dónde se iba a meter. Asustado. Sin embargo, en un aleteo desesperado y digno de reconocimiento, logró subierse a la piedra vierteaguas del alféizar de la ventana. Desde allí me lanzaba miradas desafiantes. Como diciedo: "Anda, píllame ahora". Yo, a cada mirada suya ponía cara de lelo para generarle confianza y no cometiese el error de tirarse a otro intento de vuelo que le resultaría doloroso (al menos eso suponía yo). Pero el proyecto de gorrión había cogido fuerzas y se paseaba de un lado a otro. De derecha a izquierda y viceversa. Decididamente lo vi envalentonado. Ya no sólo me miraba a mí, sino que alzaba su vista más allá del muro. Incluso hizo algunos intentos de elevarse. Todos fallidos, pero ahí seguía desafiándome. No se me ocurría otra cosa que intentar, telepáticamente, decirle que no lo hiciera, que en cuanto él cambiara de sitio, yo me largaba a la casa. Que se moviera tranquilamente a otro lugar para yo poder pasar sin que le resultara una agresión.

    Pero, las cosas no salieron bien. En la calle una caravana de coches, de esas que se forman cuando salen los críos de colegio, se ponía en marcha. El gurripato debió pensar que ese ruido era algo que lo estaba jaleando para que se lanzara. Y se lanzó. Y, por muy poco, pasó el muro. Y cayó, con toda seguridad a la calzada, y, -por lo que oí de algún transeunte-, ahí terminó el currículum vitae -en su significado latino"-, carrera de vida", del imberbe volador.

    Y esta situación me ha hecho pensar en cuántas veces nos sentimos seguros en un entorno inseguro y  nos hemos sentido inseguros en un entorno seguro. Y, como el gurripato, luchamos por salir de él, sin saber qué lo que nos espera detrás del muro puede ser peor que lo que tenemos. 

    No quiero decir que tengamos que vivir tras un muro para sentirnos seguros de nada; Eso no es vida. Pero sí digo que tenemos que levantar un muro contra las mentiras, las dobles moralidades, las pieles de cordero que disfrazan al lobo, las consignas de haz lo que te diga pero no lo que yo haga, la violencia en cualquiera de sus formas, la intolerancia, la antidemocracia, los defraudadores, los insultos... 

    En mi opinión, tras nuestro muro, debemos saber analizar la situación. Ser sinceros con nosotros mismos y admitir la realidad por mucho que no coincida con nuestro deseo. No debemos sentirnos inseguros ni apocados por el ruido que se proyecta dentro. A pesar de eso, es nuestro entorno seguro. Sólo así, iremos cogiendo fuerzas para alzar un vuelo libre, sin miedos, sin consignas.

    Sólo así dejaremos de ser gurripatos asustados.


    

lunes, 17 de marzo de 2025

El Secreto de la Vida

        Seguro que ya habéis leído eso de que "El secreto de la vida es que la vaca no da leche". Ya saben, el padre que le dice a sus hijos que cuando vayan cumpliendo 12 ó 14 años (según versiones); les irá contando el secreto de la vida, pero no se lo podrán decir a sus hermanos pequeños hasta que no lleguen a la edad estipulada. Y al final, lo que el padre les dice es: "El secreto de la vida, es que la vaca no da leche". Plof. 

        Ya, ya sé que es una metáfora, pero tener a unos crios esperando a su decimocuarto cumpleaños para decirles eso; es una putada.

        Mi padre nunca me dijo cual era el secreto de la vida, y se lo agradezco, porque si se llega a destapar diciéndome eso; ahora tendría un trauma infantil, o una mala impresión de sus facultades. Sin embargo, a los 13 años, sí que me dijo: "Hoy nos levantamos de madrugada, sobre las 3,30h.. para ver la llegada del hombre a la luna", y ahí estuvimos los dos; oyendo a Jesús Hermida y viendo a Neil Amstrong, dando saltitos por la luna. Tambien recuerdo, por los mismos años y anteriores, como me invitaba a oir las emisoras clandestinas que, por la época, se sintonizaban en España (no sin ciertos problemas de audición). Recuerdo como, a bajo volumen y con poca luz en el salón, oíamos los mensajes, consignas, noticias, y párrafadas indescifrables que salian del sintonizador. 

        Radio España Independiente. Cubillos y su Canarias libre. MAPIAC, Radio Pirenaica...En fin, emisoras que algunos días se lograban sintonizar y otros no. Y, por supuesto, evoco esas madrugadas en las que me desvelaba el ruido que hacía el correaje de policía local, al ponerselo para irse a las calles de Málaga (hiciese el tiempo que hiciese), y poner un poco de orden en un tráfico algo más fluido que el que tenemos hoy. Pero no, mi padre nunca me dijo el secreto de la vida. La vaca no da leche.

        Y mi madre tampoco. Pero sí recuerdo como tenía que correr más que el tío de los bollos, para que, a las 3 de la tarde estuvise sentada en la taquilla del cine Duque, con dos hijos pequeños ya comidos y arreglados, para iniciar la venta de entradas, en las que los niños pagaban un precio, las mujeres otro, los hombres algo más y los soldados, curas, militares y policía; entraban gratis. Y enfrentarse -con los estudios primarios-, a un puñado de monedas mugrientas y una voz que decía: "Señorita, cinco de niños, tres de mujeres y dos de hombres". Y en menos de 10 segundos hacer la cuenta mental y contar las gordas, perragordas, dos reales y pesetillas que ya estaban asentadas sobre el frío marmol de la taquilla antes de entregar las entradas solicitadas. Si faltaba dinero; ella lo tenía que poner al cuadrar la caja por la noche. La vaca no da leche. 

        O como me decía, una y mil veces, que: "Nadie da duros a 4 pesetas". O la lección que me dió el día que llegó a la  taquilla y vio como el dueño del cine le había puesto un candado al disco de marcar de un teléfono negro colgado en la pared; le sobraron 30 segundos para cogerlo, retorcerlo y romper el dial. Candados a mi -dijo-. Eso era orgullo y lo demás son tonterías.

        Ya ven, mis padres no me dijeron cual era el secreto de la vida: Me lo mostraban día a día con sus actitudes. La leche no nos la daba la vaca. Era la COLEMA, y se compraba en la tienda de la esquina.

        Y ahora hágase un favor. Si tiene la tentación de contarle a sus hijos/as, el secreto de la vida, no les vayan a decir, en plena adolescencia, que la vaca no da leche. Igual, ni saben qué es una vaca.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Persiguiendo mis fantasmas

                Quién me lo iba a decir. A mi edad y persiguiendo mis fantasmas. Y no es broma, hago cosas que antes no hacía: Recorro la casa como si me fuese a encontrar a alguien (ni idea de a quién), en alguna habitación, el salón o la cocina. Y todo de forma inconsciente, pero lo hago. Realmente me moriría de miedo si llego a visualizar algo que no sea el vacío y el silencio. 

                De hecho, con el nuevo router de la compañía telefónica, la otra noche me llevé un susto de la leche. Resulta que éste tiene una luces distintas a los de las otras compañías que también me engañaban y, claro, al no estar acostumbrado, cuando apagué la televisión y me dispuse a ir a la cama, se proyectó una sombra sobre la pared que, uf, me dejó acojonado; era la mía. Ahora ya estoy acostumbrado a verla. Cuando apago la tele no me asusto. Soy un tipo valiente. 

                Pero les decía que persigo a mis fantasmas. Y digo que son "mis fantasmas", porque supongo que cada uno de nosotros tenemos los nuestros. Realmente los que me hayan sido asignados o tocado en suerte -vete tù a saber-, de momento, se muestran esquivos. Yo se lo agradezco y espero que no cambien de parecer o de apariencia. 

                   Lógicamente, como en toda casa se oyen ruidos que pueden parecer extraños, pero siempre tienen explicación: La nevera que descongela y suena, la botella de agua que quedó algo arrugada, se infla y hace ruído, la cisterna que le da por unirse a la orquesta... Nada extraño. Aunque, a veces, la cosa mosquea más de la cuenta.

                Anoche, por ejemplo, estaba en el baño cepillándome los dientes cuando de forma más o menos clara, oí una voz que parecía una disputa familiar; además con palabras malsonantes y todo; pero no pude saber de dónde venía esa voz de mujer. Supongo que si era una de mis fantasmas; estaba realmente molesta con la cisterna o con algo que no funcionaba en su casa (o en la mía).

                En fin, no quiero dramatizar pero mientras esté persiguiendo a mis fantasmas en esta línea, todo va bien. El día que me los encuentre, la  cosa pintará de otra manera. Así que de aquí en adelante seguiré un estricto itinerario y calendario de las cosas que tengo que hacer, y me dejaré de deambular por las habitaciones sin saber muy bien lo que busco o por qué he ido allí. 

                Ahora que me dispongo a terminar de escribir, no me atrevo a mirar hacia atrás, siento como si hubiese un montón de gente mirando por encima de mi hombro lo que escribo. Cuestión que me lleva a la conclusión de que mis fantasmas no están merodeandome. Se supone que saben de sobra que aquello que escriba no tiene el menor interés. Así que tranquilidad.

                Sigo estando solo.

miércoles, 21 de agosto de 2024

El vestido tonos pastel

 

        Se disponía a afrontar un día más.  Enfrentarse a esa terrible realidad  de estar frente a alguien que ya no te reconoce. Cinco años ya. Cinco desde que se fue a ninguna parte. Un lustro sin escuchar tu nombre de sus labios. Toda una eternidad sin besarlos, sin pasarle los dedos por la comisura. Cinco años.  Toda una vida de ausencias estando presente.

        Y, como cada día, se puso sus mejores galas para ir a visitarla. Llegaría a la hora acordada con la residencia. Ni un minuto más, ni un minuto menos. A las 13h. En punto.

        Y allí estaba ella, jugando con las tapas de un libro que ya no acabaría de leer nunca, y sin embargo empezaba cada día.  Sus miradas se encontraron y él creyó ver el reflejo de una sonrisa, pero solo fue eso; un desolador espejismo. Se sentó a su lado y le preguntó si le permitía invitarla a un café. Y ella respondió, como cada día, que por favor la dejase sola. Que era una señora y seguramente esperaba a alguien. Aún así, le llevó su café preferido y ésta se lo agradeció con un casi imperceptible movimiento de cabeza. Él le contó de sus hijos y nietos y ella le respondió que no sabía de qué le hablaba. La foto familiar que furtivamente había dejado en su regazo la hizo titubear un poco,  pero la metió entre las hoja del libro sin hacerle más caso. Estaba tan bella que su ausencia quedaba compensada ante tal visión.

        Ese vestido tonos pastel  le sentaban de maravilla. Y después de dos horas de conversacion sin decir palabra; La besó en la frente y se marchó. Creyó oír que ella dijo: Adiós cariño. Pero no. Eso no ocurriría nunca más. 

        De vuelta, en el autobús, de repente oyó un estruendo y una luz le cegó. De pronto se vio en una cama junto a esa mujer que, ruidosamente, levantaba la persiana y le anunciaba la hora de desayunar. Que ya estaba bien de tanto dormir. Continuaba hablando y hablando, pero él no entendía nada. Qué hacía allí rodeado de gente? Porqué le decían que tenía que arreglarse. Que, como cada día, vendría su mujer y algún nieto a verlo. ¿Mujer? ¿Nieto? 

        Alzó la vista y allí estaba ella. Ni idea de quien era. Muy bella y vestida con tonos pastel. Le favorecía mucho, pero andaría despistada, porque él seguía sin saber quién era. Pasado un incómodo e interminable espacio de tiempo;  porque no sabía de qué le hablaban, ella se levantó y, con un atrevido beso en su frente, se despidió con un; Hasta mañana cariño.

        Y él volvió a coger ese libro que intuía haber leído alguna vez. Entre sus hojas encontró una foto. Era una familia y allí estaba ella. Bellísima. Qué suerte tendrá ese hombre que la tome de la mano.

         Durante una fracción de un tiempo imposible de medir, creyó recordar un sueño que, habría tenido alguna vez, y en el que esa mujer aparecía. Ni idea de porqué. Se quedó mirando su soledad por la ventana y deseando que la noche y el cansancio hicieran mella en él. Quizá esta noche, en la profundidad de un sueño maravilloso que no recordaría con claridad, volvería a acicalarse para ir a ver a alguien que no lo reconocia, pero que su corazón le decía que amaba profundamente.

        Quizá


                                                                                                    Luis Navajas

                                                                                                    Agosto 2024

jueves, 2 de febrero de 2023

LAS VOCES

    Se pasó la amargura por el forro de su único, roto y viejo pantalón. Un día se lo mandaron todo al garete y tuvo que buscar cartones de buena calidad para hacerse una cama allá donde pudiese instalarla. Caminaba por un mundo en el que las cosas son lo que parecen; Una mierda. 

    Estaba harto de una existencia llena de competencia, sinvergüenzas, deslealtades, traicioneros y otros cuantos adjetivos más. Lo había perdido todo. Aunque él no perdió nada; Se lo habían robado. Y cuando digo todo, es todo. Imagine, de la noche a la mañana quedarse sin nada, de lo que nada tenía, y seguir siendo un tieso. Ahora, su única preocupación era dónde instalar esa pila de cartones que arrastraba atados a una cuerda que alguien había reemplazado en su tendedero y dejado en la acera, para poder echarse un poco y resguardarse del frío de este puñetero mes de la cuesta.

    Antes tenía lo que necesitaba; un transporte, ropa de cama, suficiente comida, una tarea diaria... Era todo demasiado perfecto. Y claro, eso genera envidia, y la gente, toda la gente en general es muy buena, pero no con tipos como él; que se sentía la élite de su círculo. El éxito ajeno es difícil de digerir. Temprano o temprano, se paga por conseguirlo.

    Lo que nadie podía imaginar, es que su venganza estaba al acecho y, por sus calcetines desparejados que la llevaría a cabo. Los que le habían hecho esto lo iban a pagar con creces. Y luego lo celebraría tomándose alguna copa. Siempre había quien dejaba botellas con algo de líquido en la basura. ¡Ja, ja, ja que rico saborear el éxito de nuevo!

    No encontró ningún espacio caliente. Le gustaba el de los cajeros automáticos, pero esos sonados de las botas, ya habían maltratado a algunos de sus miserables amigos y tenía miedo. Los soportales, estaban muy cotizados y había que llegar a la hora justa, que no se sabía cuál era, pero había que estar al liquindoi. Los portales, ni pensar en ellos. Cuando la gente salía de la misa de la tarde y regresaba a sus casas, lo echaban a patadas si hacía falta.  Al final, junto a un water de la estación de autobuses pudo armar su residencia. 

    Mañana -se dijo-. Mañana encontraré esos desalmados ladrones que se llevaron mi carrito del Mercadona con el que transportaba mis mantas, latas y comida varia que recogía de los contenedores y se aplicaría, como cada día, a sobrevivir. No entendía como, en un mundo de miseria podían seguir existiendo tanta competencia, sinvergüenzas, desleales, traicioneros...

    Y saboreando un vino imaginario y oliendo a orín, se quedó dormido, no sin antes dar las buenas noches a esas voces que desde dentro de su cabeza le hablaban y le arruinaron una vida que ya ni recordaba haber tenido. Esa vida en la que no pudo conseguir ese tratamiento médico que le habría permitido vivir con algo más de dignidad.

    Buenas noches. Callaos ya, por favor.
                    
                                                                                 Luis Navajas



martes, 31 de enero de 2023

Doble bombo

     Recuerdo perfectamente - y de eso hace una pila de años-, el día que me ensañaron a tocar, a la batería, el ritmo de bossanova. No es un ritmo fácil, ni mucho menos. Los ritmos latinos suelen ser complicados. Me refiero a los ritmos de bossa-jazz, samba, bolero... los de otra categoría son tan pachangueros como aquí el: pum, chim, pum, chim, pum...

    Pues eso, que recuerdo cómo me lo enseñaron y cómo me lo explicaron. Perfectamente, paso a paso, golpe a golpe. Pausado para verlo y asimilarlo... Luego solo faltaba prácticarlo. Pero lo conseguí al poco tiempo. Ahora, cuando voy a conciertos, veo algunos baterías que hacen una especie de bossa, seguramente porque nadie les explicó cómo hacer la base, y luego, ya podrás hacer sucedáneos. 

    Por la misma época, otra persona -otro batería-, trató de enseñarme la samba. Otro ritmo que tal baila. Difícil de tocar. El caso es que, aún hoy, estoy intentando descifrar los golpes que aquel batería intentaba enseñarme, a una velocidad endiablada y con tantas florituras, redobles y aspavientos de brazos que me resultó imposible aprenderlo. Luego sí lo hice; esta vez de forma autodidacta. Y lo tocaba sin problemas. 

    La bossa y la samba, son ritmos que van a doble bombo (no con dos bombos, sino que se golpea el bombo dos veces en una cadencia determinada). Luego, el otro pie hace una cosa, la mano derecha otra y la izquierda; lo que puede o falta por hacer. Una locura. 

    La próxima vez que vea a un batería tocar, piense en eso. No le diga a su ligue de esa noche; que  ese  instrumento lo toca cualquiera, o que es el menos músico de la banda. Se equivocará. 

    Aunque hay dos cosas que quiero dejar claro: Una, que cuando vaya a enseñar algo. Lo que sea. Vaya  con la actitud de enseñante y no de la presumir ante su alumno (ante sus alumnos), para demostrar cuánto sabe y qué bien lo hace. No aprenderán nada y quedará como un gilipollas presumido. La otra, es que si cree que tocar la batería (otros instrumentos también), es fácil, póngase ahora mismo a hacer con sus manos, círculos a la altura del pecho en sentido de las manillas del reloj, con una mano, y con la otra en sentido contrario. Por supuesto, al mismo tiempo. Qué se creía.

    Lo de añadir el doble bombo y el otro pie, hablamos otro día.  

                                                                    Luis Navajas

LA MALETA

     La maleta apareció en el anden. Nadie la reclamó nunca. Ella perdió una que nadie le devolvió jamás. La valija sin ella no tenía sentido y ella sin su equipaje tampoco. 

    Hubiese querido coger, a toda prisa, lo que pudiera y depositarlo en aquel cofre de piel gastada que había heredado de un vecino que alguien dejó en la basura el día que se lo llevaron para el entierro.

     La maleta olía a cuero curtido, a pegamento de zapatero y a miseria. Sin duda había arrastrado mucha durante años por quién sabe dónde. 

    El caso es que ella la recogió, se santiguó al ver pasar el cortejo fúnebre y, para sí, dío las gracias al muerto por aquella vieja maleta que, suponía, le iba a salvar de la miserable vida que estaba viviendo. Así que la llenó de nada y la cerró. Tomó las casi ningunas monedas que había podido ahorrar de su comida en los últimos seis meses y se marchó. Al salir ni cerró la puerta. 

    Al llegar a la estación, allí estaba él. Buscándola. Estaba claro que no la iba a dejar ir, tal y como le había dicho tantas y noches en alternancia entre palizas y ramos de rosas. Esta iba a ser la última vez -repetía una y mil veces-, que le demostraría cuanto la quería, y que hacía lo que hacía, porque estaba locamente enamorado de ella. Y también lo estaría de los hijos que tendrían. Quisiera ella o no. 

    El pánico le hizo soltar ese bolso recién adoptado y echar a correr hacia la casa que acababa de abandonar. Luego se dispuso a esperar a que llegara y quizá la dejara en paz. Al menos unas horas. 

    Así ocurrió. Al llegar a la casa el hombre que le había robado la vida, la dignidad, la autoestima, la familia... No le dijo nada. Tampoco la tocó, a pesar de pasar junto a ella. Y así pasaron muchos días, y nunca más fue agredida, insultada, vejada o violada.

    Asistió al deterioro de ese hombre que, día tras día, seguía saliendo a buscar algo que ella no alcanzaba a imaginar. Hasta que dejó de hacerlo. Los años le dieron su merecido. Y ella asistió a todo ese decrépito proceso sin inmutarse. 

    Cuando los vecinos llamaron a los servicios sociales para que se llevaran el cadáver, que suponían por el olor, habría en la casa. Ella se decidió a salir a la calle y ser feliz. Sin embargo, comenzó a sentir un ahogo insoportable. El olor a cuero putrefacto la impregnaba y le faltaba el aire. 

    En ese instante fue consciente de que nunca saldría de esa maleta almacenada en un mugriento almacén de estación. 

                                                                Luis Navajas 

MARIONETAS

        A veces, el ordenador me coge y me pone a escribir. Normalmente no tengo ni idea de qué quiere que escriba. En ese caso, él me controla los dedos y va tecleando cosas que yo leo en la pantalla. 

      He de reconocer que me gusta esa sensación. Es cómodo. Vas viendo como tus dedos se mueven con cierta soltura y van apareciendo historias en la pantalla. Muchas veces se para y no me activa ni un dátil; Es como si esperase que yo continuara. Alguna vez lo he intentado, pero no llego a su nivel y rápidamente me dispongo a borrar lo que yo he escrito, pero... el comando de borrar no funciona. O no me hace caso, vete tù a saber. La cuestión es que, pasado un ratito -como si leyese lo que he redactado-, algunas cosas sí se borran, pero otras permanecen. Yo para joderlo un poco, insisto en borrar eso que sigue en la pantalla, pero nada; ahí queda. Es como si me dijese; Sigue tío, continúa por ese camino. Al final el resultado será una mierda como siempre, pero al menos lo habrás hecho tú. 

      Total que me convierto en el negro literario de mi ordenador. Yo escribo para que él se lleve el mérito. Hay que joderse.

       Lo más terrible de todo esto, es que me he dado cuenta que no controlo nada de nada. Probablemente tú tampoco lo hagas con nada de lo que crees dominar. 

       Cuando llega la noche es la cama la que me coge y me abraza con su frialdad para que la caliente. Por las mañanas, es la cafetera quien aparece en mis manos y me pide su ración de café. Las ventanas hacen ruidos extraños para que las abra y deje pasar el sol de la mañana o la tenue luz de un día nublado. La televisión también quiere controlarme, y a veces, lo consigue; Lo reconozco. Pero hay días en los que no puede conmigo y por mucho que me mire y amenace logro permanecer alejado de ella. Esos días me siento bien y es cuando dejo que algún libro o disco, me atrape y haga conmigo lo que le de la gana. 

      He llegado a la conclusión de que todos podemos ser un poco marionetas. Al menos eso me está haciendo escribir el puto ordenador. 

      Bueno, aquí lo dejo porque, aunque quería continuar con más reflexiones, por mucho que teclee no sale ni una nueva palabra. Y eso significa que  esta puñetera máquina considera que ya está bien, y que lo deje estar. 

        Con un poco de suerte me dejará firmar este escrito. Veremos. 

                                                                

                                                                            Luis Navajas


miércoles, 25 de enero de 2023

JUGAR EN LAS NUBES

 

Lo siento -o no-, pero no puedo llegar a tu felicidad. No me veo en esas lindes. Además, si llegara a ella, ya no sería tu felicidad; se convertiría en tu media felicidad. La otra mitad me la llevaría yo. Y, sinceramente, creo que no estarías por hacer esa cesión. Y tampoco yo me veo en ese nivel. Necesito algo más. Algo más consistente que pregonar que soy feliz o que todo está muy bien, que todo el mundo es muy bueno y que la bondad preside este puto mundo de injusticias, diferencias y de que cada uno arrime el ascua a su palito de merluza. Te regalo tu felicidad. Me bajo en la próxima parada y te dejo continuar. Ojalá tu mundo se imponga al mío. Lamento ser tan aguafiestas, pero no doy para más, ni para menos.

Me gusta lo empírico ante lo teórico. Soy de corresponder y me gusta me correspondan con hechos y no con sonrisas e indiferencia. Me gustan las normas que afecten a todos y que no sean discriminatorias para según qué parte. Me gusta que, si por cualquier circunstancia, fomento algo parecido a felicidad en alguien; se tome la molestia de hacer su parte respecto de mí. Ya sabes un toma y daca. Me gusta un quiero verte, un voy a verte y un ¿nos vemos? No me gusta contar la calderilla cuando vamos a pagar. Ni siquiera me gusta llevarla. Las parejas que se aman cuentan de todo, menos calderilla.

Me gusta la gente que está dispuesta a luchar y lanzarse a nuevas aventuras. Que no se conformen con las migajas que no da la vida. Que se levanten y miren con respeto y agradecimiento al Sol. Prefiero un amanecer y un atardecer a un sueño de vago y una televisión de lelos.

Vente a bailar conmigo a cualquier hora y en cualquier lugar. Lee junto a mí. Mírame sin que yo lo sepa, tal y como yo lo hago contigo. Reconoce mis defectos, tal y como yo hago con los tuyos. No eres lo más guapo, ni alta, ni rico, ni baja, ni delgado… Pero eres, para mí; la mejor. Solo te sobro yo.

Nunca entenderé que, pudiendo tener el cielo, te conformes con jugar en las nubes.                                                                                  

Luis Navajas

VOLAR

 

Siempre se levantaba al alba y buscaba las gotas de vida de su maltrecho grifo para que acariciasen su cara. Más tarde, como un ritual, en todo su cuerpo. Daba los buenos días a esa figura reflejada que cada día reconocía menos. Pero, al menos, le ofrecía una sonrisa, aunque él no correspondía, la figura insistía. Un par de veces, o miles, la mandó a la mierda. Ni caso, ella a lo suyo.

Elegía su vestimenta con cuidado, le gustaba ir conjuntado, o intentarlo al menos. Era presumido y no lo ocultaba. Solo lo limitaba la calidad de su armario. A veces, cuando ya estaba listo para no ir a ningún sitio; hablaba en voz alta. No es que se le estuviera yendo la pelota, es que lo consideraba un ejercicio necesario y terapéutico.

Luego cogía sus auriculares y se disponía a volar. Era un tipo interesante, no digo que listo ni inteligente, pero sí muy interesante. Tenía una especial habilidad para detectar temas musicales que no dejaban a nadie impasible. Alguna vez en una reunión un tanto aburridilla, había puesto su selección (tenía varias), y había cambiado la dinámica de esta. La gente empezó a moverse poco y mal, pero las conversaciones se hicieron más divertidas y las risas hicieron el resto.

Y él volaba sin ni siquiera agitar los brazos. Y, a veces, lloraba. Tenía la capacidad de emocionarse, limpiamente y sin ambages. Y pensaba en cómo podría explicar a la gente la maravillosa experiencia de escuchar música. No oirla; escucharla; . De reconocer los instrumentos que suenan, de apreciar los arreglos, y detectar a los que, estando en segundo plano, dan carácter a todo un tema musical. Los millones de matices que tienen las canciones que se han ganado el derecho a llamarse así.

Así pasaba los días; en soledad, peleándose con el espejo, arreglándose para no ir a ningún sitio, acariciando un piano que se resistía a darle todo lo que su cabeza demandaba.

Y volvía a sentarse para quitarse los zapatos y ponerse un chándal viejo, para seguir estando con su única compañía y meterse en una cama fría y cómoda, pensando en que mañana será distinto. Igual, ya ni le sonríe la figura del baño. O el grifo ha dejado de gotear.

 

                                                                                                              Luis Navajas

EL CAZADOR

  

Nunca te dije que soy un cazador de sueños. Algo tendrá que ver que tampoco me preguntes que a dónde voy tan pertrechado. Aún no he pillado a ninguno; son esquivos, pero yo sigo tras ellos.

Por las noches, que deben de estar más cansados, parece que  los voy a pillar, pero en cuanto llega la luz  se esfuman y me vuelvo a mí, sin haber pegado ni una pedrada. Cuando duermo ellos me cazan a mí, y depende de lo traviesos que sean, me aterrorizan, me enamoran, me echan a volar, me despistan o me llevan a mundos incomprensibles. Pero nunca nos reprochamos nada; Cada uno juega su estrategia. Me gusta cuando me traen a los que ya nos dejaron, pero eso es muy de tarde en tarde y bien tarde en la madrugada. Cuando eso ocurre, dejo de salir de caza y me quedo en casa por unos días. Me quedo rumiando la felicidad del no encuentro imposible.

Ahora ando tras un par de ellos, que me llevan burlando toda mi vida. Vivida y soñada. Son unos cabrones que no se merecen que los persiga, pero lo hago. Barrunto que si algún día los pillo, será demasiado tarde para darles un castigo. Así que los disfrutaré.

A veces sueño que escribo, y me veo las manos manchadas de lápiz o boli. Otras que compongo una melodía, y me tiro canturreando una tonadilla -que nunca oí-, todo el día. Otras, que te tengo a mi lado y rozo tu piel, pero me levanto solo y con frío.

Nunca te he dicho que soy un cazador de sueños, porque da un poco de pudor reconocer estas cosas, y el fracaso de no cazar nada. Si al menos preguntaras a dónde voy, quizá me quedaría contigo. Si seguimos así, me vuelvo a la caza y, seguramente me iré de casa.

 

Luis Navajas

lunes, 23 de enero de 2023

HOLA, SUSURRA EL ADIÓS

 

    Y el día que me vaya. Ese mismo día en el que me dejas ir, dejaré una sonrisa flotando en algún tema de Jazz. Me iré sin querer y no queriendo quedarme.

    Me dejarás sin retenerme, mientras tus ojos me dicen que no de un paso más.Y nos daremos un beso de: Hasta luego amor.

    No iré a por cigarrillos; ya no fumo, pero el estanco de nuestra vida está lejos, muy lejos; y tardaré en no volver.

    Sabíamos esto desde el primer día en que nos conocimos. Junto al primer hola, se coló el susurro de un incipiente adiós.

    Buscaremos otra no pareja de baile, de risas, de juegos, de todo.  No será lo mismo, y volverá a ser igual porque siempre es así.     Nos miramos con una sonrisa y ojos brillosos. Nunca habrá nadie como tú. Nunca habrá nadie como yo. Nunca una separación fue tan dolorosa y necesaria.

    Tus prioridades no las arrendo, son un lastre para ambos. No puedo, no quiero competir con ellas. Siempre voy a perder. Si no peleo, gano. Me gusta ganar como a todo el mundo que pierde. Pero no juego porque siempre gano perder.

    Me gusta cantar y no sentirme el último de la fila. Ni siquiera quiero estar en alguna fila.

    Déjame niña que te vea pasar sentado en un pentagrama.

    Junto al primer hola, se coló- también-, el primer adiós.

                        
                                                                Luis Navajas
Todas las reacciones:
Rafael Pérez, Juanma de Casas y 8 personas más

EN ALGÚN MOMENTO, PASÓ ASÍ.


    Me dijeron, madre, que no me dolería, y yo ya supe que no me retorcería, que el miedo me mantendría erguido.
    Y así fue, porque dolor, dolor no sentí: Este se domina. Lo que me hicieron no tiene nombre, por mucho que la llamen tortura.
    Y les conté todo, mamá.
    Lo de que habías perdido la vista cosiendo para sus mujeres y no vigilando pa otros.
    Lo de que a papá se lo llevaron unos y cuando volvió lo mataron otros, por ser -por lo visto- , un hombre bueno y un hombre malo. Al mismo tiempo.
    Lo de que mi hermanita murió de frío aquella madrugada cuando vinieron a buscar al tío Paco y nos dejaron toa la noche en el redil bajo el cielo raso de enero. Hasta que aparecio, tu hermano Paco, que no se había fugao, y sí emborrachao. Y se fueron riendo mientras mi hermanita callaba su último llanto.
    Y no me creyeron, madre. Y siguieron preguntando cosas que yo no entendía por mi corta entendederas, madre. Y me pusieron un papel escrito para firmar, y les dije que no sabía leer ni escribir, que mis poesías las garabateaba en mi memoria y las cantaba a las estrellas. Y se reían, madre.
    Y me hicieron cantar una, y -inocente de mí-, elegí esta:
    "No me asustan tus odios, ni tus pistolas. Libre nací esclavo de la vida. Podrás odiarme o matarme. Incluso las dos cosas a la vez. Pero seré muerto y odiado libre y esclavo de la vida. Pero tú...
    Y no me dejaron terminar madre...
    Y la vida me dejó en libertad.
                                                                                         Luis Navajas

jueves, 29 de diciembre de 2022

ESCRITORES EN LA RED

 

                Se veía venir. Hoy dormiré poco. Llevaba días rumiando ideas para escribir algo y, justo cuando me voy a ir a la cama; Plof, salta la inspiración. El caso es que acababa de terminar una conversación telefónica -de dos horas, que se dice pronto-, con alguien a quien quiero mucho. Mucho. Y, claro, eso activa a cualquiera. Y sabedor de que si me iba a la cama estaría dando vueltas, he decidido coger mis auriculares, mi música (no podría escribir sin ella, y tampoco vivir sin ella) y venirme al ordenador a contarles algo a ustedes. O a usted, que tampoco hay que ser tan pretencioso. Cada uno se entretiene en lo que le gusta. Y escribir o leer, al menos para mí; es de las mejores formas de entretenimiento. Sin descartar otras. Por supuesto.

                Ya hace días que pensaba en los escritores que conozco (personalmente y/o virtualmente), en la Red. Gente que escribe de verdad. No lo que yo hago.

Personas como Enrique Salvo, un tipo con el que tuve el honor de trabajar y discutir, codo con codo, como concejales de esta ciudad. Enrique escribe didácticamente y de forma magistral. Pedro Moreno Brenes, otro que tal baila, un tipo que también tuve el honor de currar con él (en otro partido que no era el mío, pero también desde la izquierda), por nuestra ciudad. Pedro es muy claro en sus escritos y, todos, muy fundados. Esperanza Arcos Ortega, mi hermana-prima, que un día se levantó y se escribió un libro casi del tirón, que ya tiene mérito la cosa. Libro editado y muy bien escrito: “Mientras Sueñas”.

 Felipe Bravo, hermano de esa persona que me tuvo las dos horas al teléfono, y un grandullón que he tenido la suerte de conocer hace poco, y que el día que aprenda a concentrar sus palabras en textos mas digeribles, abrirá muchas bocas de admiración; el tío es un poeta y no lo sabe todavía. Lo reúne todo: divertido, sentimental, riguroso… O mi vecina Toñi Sánchez, que tiene un blog de cocina que nos ofrece unas recetas para chuparse los dedos. A veces, me dan ganas de saltar el muro que separa nuestras casas y sentarme a la mesa con cara de estar esperando el autobús de El Palo,

 Inmaculada Espinosa, una mujer excepcional y admirada por mi, que vuelca en su blog sus verdades como puños, aunque escritas con el corazón. Se podrá estar de acuerdo con lo que dice y cómo lo dice, o no; pero no te dejará indiferente.  Juan Miguel Arrabal, o Juan Miguel Escritor (como se hace llamar en el Facebook), es una persona que sabe unir palabras imposibles y las dota de sentido. Tiene profundidad, imaginación y poesía. Les aseguro que, una vez le hayan cogido el puntillo; disfrutarán de sus escritos. Juan Luis Pinto, que pasó de organizar viajes de ocio, a hacernos viajar a través de sus libros y -al tiempo-, se va a convertir, por méritos propios, en un escritor consolidado.

Salvador Pendón, un magnífico político cuando tocó aquello, y un maestro de los que ningún niño/a podría prescindir. Ni adulto. Además, por si fuera poco, corren por sus venas el flamenco y sus verdiales. Luis Melero, autor de “La Desbandá” (Si no lo han leído aún, háganlo), y que tuve el placer de conocer cuando regentaba el Pub de moda de la época, en Málaga: “Pepeleshe”. Además, Luis, fue mecenas de nuestro grupo de Rock Andaluz, Fandango. Nos financió la grabación de nuestra primera y única casete. En su Pub hicimos la presentación del grupo, en directo, con la prensa y todo. Y con buena crítica. Muy buena… pero ahí quedó la cosa. ¡This is life!

En fin, habrá más escritores en la Red, y quizá se los están perdiendo, y es una putada, porque    -insisto-, son gente que escribe de verdad y te hace pasar un buen rato. Así que, háganse otro favor y busquen a esta pandilla de magníficos escritores en la Red, pídanle amistad y lean lo que, de vez en cuando, nos ofrecen.

Traten de imaginarlos escribiendo. Ante al reto que supone el folio en blanco o un documento de Word vacío. Seguro que están pensando en nosotros; en sus potenciales lectores, repasando una y otra vez cualquier error que se haya podido colar (que, como los buenos duendecillos, siempre encuentran un resquicio y… se cuelan. Sí o sí), o alguna palabra que se ha empeñado en aparecer, una y otra vez, en la página. Así, horas o minutos, eso dependerá de la capacidad de comunicación de cada uno, o de los datos contrastados que nos quieran ofrecer. Pero -estoy seguro de ello-, lo hacen porque es una necesidad.

Necesitan contar algo. Dedican tiempo de ocio, de trabajo, de sueño, de la familia… para regalarnos unas reflexiones o enseñanzas que nos harán más ricos. Y no me refiero a la riqueza material, sino a la intelectual. Leer, escribir, hablar y saber oír, es algo que debemos practicar. 

Todos no sabemos escribir como ellos; Por eso están ellos. Aprendamos a leerlos. Devolvámosle algo de nuestro agradecimiento con un comentario, un “me gusta”, o cualquier emoticono que le indique que lo has leído y que quieres seguir haciéndolo. Y que nos da igual si lo hacen (y lo dicen) como profesor de Universidad, Arquitecto, Licenciada, Oficial de la policía, Graduado o medio pensionista. Lo que nos interesa es lo que nos dicen a través de su escritura.

Son escritores en la Red que se lanzan a escribir como los buenos trapecistas: Sin red.

 

Luis Navajas.

 

 

martes, 4 de octubre de 2022

Excelentísimo e Ilustrísimo Sr. D. Paquito


Francisco Javier del Álamo y Gonzaga, a pesar de lo que su nombre te pueda hacer pensar, era un chico de lo más normal, y su familia también. No pertenecían a la aristocracia ni nada de eso. Sus padres -Sastra de confección de caballeros; ella y Peluquero de señoras; él-, tenían una vida cómoda. Nada de lujos, pero tampoco sufrían estrecheces; Por lo que se pudieron permitir enviar a su hijo a un buen colegio -concertado, eso sí-.

Francisco Javier, que era un chico espabilado y nada culpable de tener que acarrear un nombre tan pomposo, fue un buen (muy buen), estudiante. Y, claro, llegó a forjarse una vida y un trabajo muy sólido. Llegó a ser un alto cargo de una entidad pública.

Hasta aquí todo bien. Pero lo que fastidiaba a Francisco Javier, había ocurrido muchos años atrás. Concretamente cuando su tío (el capullo de su tío Venancio; como se decía para sus adentros), fue a visitarlo recién nacido y le dijeron que se llamaría, como se llama. Y éste (su tío, el capullo), dijo. ¡Bien, ya tenemos otro Paquito en la familia! Este es el momento en el que Francisco Javier, pasó a ser: Paquito. ¡Me cago en la puta! Mira que llamar al tío Venancio, con lo bien que estaba en Suiza vendiendo mantelerías y toallas portuguesas. Pues nada, tuvo que venir y bautizar al pobre Francisco Javier del Álamo y Gonzaga, como Paquito.

Así que se pueden imaginar las tensiones que sufría el alto cargo de la administración, cuando por la calle se cruzaba (rara vez, es cierto, ya que usaba el vehículo oficial), con alguien de su pueblo: Adiós Paquito… Paquito ¿Cómo están tus padres?... Paquito, ya no te vemos por las fiestas… De ahí que el coche oficial lo cogiera hasta para ir a mear. Pero, eso tampoco era definitivo: su chófer era Eduardo, Edu para sus amigos del pueblo... sí, el mismo que el de Paquito, y como había sacado la plaza de conductor en un proceso legal; no lo podría ni despedir. Así que Paquito y Edu, se cruzaban las miradas todos los días. Uno con sorna y el otro con un cabreo de mil pares de cojones. Pero las cosas son así Paquito. Es lo que hay.

Además, no solo te ocurre a ti. Esto nos pasa a muchos y muchas españoles y españolas que tenemos un nombre compuesto, un tío capullo, o ambas cosas. Y no hay decisiones salomónicas que te hagan pasar del nombre pomposo al diminutivo digno.

O al menos eso pensaba yo, hasta que hace unos días en una ciudad de Castilla y León, mientras tomaba una cerveza, en uno de sus cien mil bares abarrotados, no pude dejar de oír una historia que me pareció muy bonita.

Justo a mi lado, codo con codo prácticamente, había dos chicas y un chico que hablaban sobre sus asuntos. Ellas, por su acento, de la zona. Él por su acento, de otra zona más, mucho más, al Sur. Y además por su pregunta; algo olvidadizo, puesto que se disculpó diciendo que no se acordaba bien de sus nombres.

 Leni, dijo una; y yo que, a falta de otro entretenimiento, me dediqué a oírlos, pensé: Uy, si te llegan a añadir una N, al final; la liamos. Mary Deli; dijo la otra; y ahí fue cuando pensé que el chico no era olvidadizo; Es que los nombres eran raros de cojones. Pero justo ahí empezó lo interesante de la historia (reconozco que moví mi silla y faltó poco para pedirles permiso para sentarme a su mesa). Mary Deli, dijo que en realidad se llamaba María Fidela. Y la historia es la siguiente: La madrina quería que ésta se llamara únicamente María (precioso nombre, que no necesita explicación ni justificación), pero la abuela, que por lo visto era una señora de armas tomar, dijo que de eso nanai, la niña se tenía que llamar Fidela (también un precioso nombre que merece se conozca su significado y su origen). Y la madrina que no, y la abuela que sí; y vuelta a empezar con los nombres. Hasta que el padre de la criatura tomó cartas en el asunto y sentenció que su hija se llamaría: María Fidela, y de ahí a Mary Deli, solo había que dar un paso inteligente. Genial. Ni Salomón, lo habría mejorado. Lo malo, al igual que en ocasiones le ocurría a Paquito, es que en los listados oficiales no aparecía ninguna Mary Deli, y sí una tal María Fidela que nadie conocía.

Por supuesto que me interesé del significado del nombre de Fidela: Digna de confianza. De origen Latino.  Pero la historia me resultó muy bonita y contada por la propia Fidela, me pareció un lujo haberla podido oír. También hubo una parte triste sobre una llamada telefónica que nunca pudo recibir -por la confusión de nombre-, pero en ese momento la música sonó algo más fuerte y no pude oír bien de qué se trataba. Pero sí pude ver la cara al contarla y había algo de tristeza en sus ojos al recordar aquello que quizá pudo dar un giro a su vida, pero de la que nunca se supo nada más. Cosas de la vida.

Sí, había otra chica ¿recuerdan? Leni (que me daba la espalda). Pues resulta que se llamaba realmente Magdalena. Pero que la llamaran Leni, tenía menos intríngulis. Ya saben: Magdalena, Maleni… Leni. Fin del proceso y todos y todas contentos.

Así que con esas historias oídas en una noche Castellana-Leonesa, me dispuse a abandonar el local, no sin antes enterarme, de voz de la propia Leni (que ahora sí le veía la cara), una historia sobre un primo que se enfadaba (o algo así), porque lo llamaran Paquito. Y ella decía; pues hijo ¿qué quieres?, tú eres Paquito, de siempre. Ea.

Y yo me preguntó: ¿Sería este Paquito, nuestro Excelentísimo e Ilustrísimo Señor Don Francisco de Azuaga y Gonzaga? ¿Y si e lugar de un alto cargo, hubiese sido un magnífico y famoso futbolista? ¿No estaría orgulloso de llevar en su camiseta de la selección española, el nombre de: Paquito A. a su espalda? Pues eso, que como te llamen no define lo que eres.

Así que ya saben, no se enfaden por que sus familiares, amigos, compañeros… les llamen de una forma distinta a la que figura en su partida de nacimiento. Seguro que, si indagan, se encontrarán con que le llaman así por: comodidad, cariño, practicidad… O, en el peor de los casos; con que tienen a un tío Venancio en la familia.

Se los dice uno que podría firmar este artículo como: Luis Francisco; Luis; Nene; Tanti o Luis Francis.

Saludos.

 

Luis Navajas.