miércoles, 14 de enero de 2026

EL MANUAL


    Entre mis habilidades, tampoco está la de interpretar o enterarme de lo que indican los manuales de instrucciones. Cuando mis hijos eran pequeños y los Reyes Magos les dejaban algo que había que montar; les tenía que poner varias copas de anis extra y un cesto de mantecados, para que estuvieran un poco más a mi lado y así poder terminar de montar, en tiempo y forma, ese parking con rampa, o el castillo con guillotina, o lo que fuese. Una vez tuve que motar un garaje y aquello terminó pareciendo más un quirófano. Les dije a los niños que era el hospital de campaña de la guerra de Gila. Se hartaron de llorar, pero terminaron usando los botecitos de aceite de motor, como bolsas de trasfusiones. 

    La penúntima (habrá más, seguro), me ha  ocurrido hace unos días. Tuve que cambiar el microondas porque ya no daba más de sí. Estuvo algunos años que no andaba fino; pero al menos calentaba. Eso sí, no más de un minuto. Así que cuando tenía que meter algo que necesitara más de ese tiempo límite que él mismo se había autoimpuesto, tenía que solucionarlo sacando el número de cucharillas equivalentes al tiempo que tenía que tener el producto en el micro. Qué eran 8 min.; pues 8 cucharillas. Así cada minuto que pasaba yo cambiaba una cucharilla a otro lado y cuando ya no había más para cambiar; es que llevaba los 8 minutos cocinandose. Genial. Si tenía que estar en tiempo que no fuese justo, ya empezaban los problemas. Así que olvídate de tenerlos 7,30 min., o cualquier guarismo que no fuese exacto. Pero a todo se acostumbra uno. El microondas me enseñó que el alimento salía un poco falto de cocción o un poco pasado. Minucias.

    Pues eso, que tuve que cambiar de microondas, porque ya no calentaba. Y eso que le ensañaba las cucharillas y todo. Pero nada, se quedó fiambre. Así que voy a un comercio para mirar los microondas que se adaptaban al hueco que había quedado libre. Una vez frente ellos, y como un flechazo, supe cúal me iba a comprar: el más barato. Y me lo llevo a casa. Y lo enchufo. Y lo pongo en funcionamiento. Y funcionaba. Perfecto.

    Cuando llevaba unos días con él, caí en la cuenta de que no sabía cómo funcionaba este nuevo aparato a la hora de programar el tiempo para cocinar (lo de las cucharillas estaba bien, pero ya era hora de usarlas solo para el postre o café). Así que me pongo mis gafas de lectura, que quedan bien, pero veo mal; y me dispongo a leer el manual. Me da repelús esta palabra y siempre suena en mi cabeza como si la dijese una voz de ultratumba: MaaaNuuuAllllll. Y empieza mi odisea: 1 Configuración del reloj. Listo configurado. 2 Cocinar con microondas. Listo ya he calentado algunas cosas y funciona. 3. Inicio rápido. Listo ya he iniciado varias veces de forma rápida.4 Descongelación por peso. Ni loco me leo esta parte. Ni loco. Y en el número 8; tachán. Temporizador para cocinar. Guau ésto es lo que dejará a mis cucharillas en el cajon de los cubiertos. Así que me lo leo del tirón... ¡y lo entiendo!

   " Presione temporizador, gire para introducir el tiempo, presione inicio y cuando el temporizador para cocinar, alcance el intervalo de tiempo configurado, el indicador se apagará. El Zumbador sonará 5 veces.". Todo bien, excepto que el microondas sólo hace la cuenta atrás pero no calienta. Releo el manual; y nada. Lo leo al revés y tampoco. Esto está estropeado -me digo-. No queda otra que desmontarlo y llevarlo al comercio, donde tras unos momentos de dudas, me indican que si lo que deseo es otro nuevo, entre lo pague y me devuelven el dinero seguidamente. Así lo hago y me voy contento para mi casa con el nuevo microondas. Llego a casa, lo meto en el hueco, lo enchufo, le doy a calentar y calienta. Ahora solo faltra comprobar el temporizador. Presiono temporizador, giro para introducir el tiempo, presiono inicio y cuando el temporizador para cocinar, alcanza el intervalo de tiempo configurado, el indicador se apaga. Zumba 5 veces y... No calienta. Hace la cuenta atrás pero no calienta. ¿Con lo que pesa este cacharro lo tengo que llevar otra vez al comercio? Me niego. Los llamo por teléfono y me dicen que ni idea de cómo funciona el temporizador para cocinar, así que me dan el teléfono del servicio técnico -que intuí tienen un área de atención al torpe-, y me dicen que me llamarán. ¿Me llamarán? Pero si yo quiero cocer patatas ahora que son las 3 de la tarde. Me niego a esperar y, desesperado, me quito las gafas de lectura y me lío, otra vez, con el manual (uf qué frío me da la palabreja). y... tachán, doy con la tecla; en el apartado 2 Cocinar con microondas, está la clave para cocinar con temporizador. 

    Así que -interpreto- que el apartado 8, de temporizador para cocinar es eso: un temporizador para cocinar (pero no en el microondas), para cuando hagas un arroz, o papas fritas o puchero. Lo que me lleva a proponer que este epígrafe tendría que haberse llamado: 8 Temporizador para cocinar lo que te salga de los cataplines, pero fuea del microondas. Tontorrón.

    Pii, Pii, Pii, Pii, Pii. Me quedé sin tiempo.

lunes, 12 de enero de 2026

TE CONTARÍA

 

    A veces me sorprendo pensando en que voy a llamarte. Es una sensación muy real que dura solamente unas décimas de segundo; pero me ocurre con relativa frecuencia. Estoy atareado con cualquier cosa y pienso: voy a llamarla. No lo hago; no sabría dónde hacerlo. Luego, tras quedarme algo desconcertado por mi pensamiento, me recupero y sigo el curso normal de mi día, y hasta la próxima vez que me ocurra. 

    Es extraña esta necesidad, y seguramente tendrá una explicación más profunda que sesudos psicoanalistas pondrían nombre. Yo no estoy interesado en estas cuestiones; no le doy la mayor importancia a un deseo que, antes, realicé menos veces de las que debería haberlas hecho. Sin embargo, las cosas son así; A lo hecho pecho, y ahora te jodes. 

    Tendré que guardar esas ganas de contarte para cuando nos veamos. Si es que nos vemos alguna vez. Quisiera creer que sí, y que me volverás a dar ese abrazo que una noche soñé que me dabas y que tanta paz me dio.

    A veces me sorprendo pensando en que tengo a llamarte. No lo hago; no sabría dónde hacerlo.

    Tu hijo.

lunes, 1 de septiembre de 2025

"ABEJOSCAS"

Leí una vez la metáfora de las abejas y las moscas. Ésta cataloga a las personas en dos tipos: abejas y moscas". Todo para referirse a que unas personas tienen, generalmente, un pensamiento positivo y ven la parte bella de lo que le rodea (las abejas se sustentan de las flores), frente a otras que es todo lo contrario; Se mueven y buscan para alimentarse la pudredumbre y los desechos. Hay cientos de artículos, muy bien argumentados que explican esta metáfora. Incluso de cómo cambiar -si te reconoces como mosca-, a abeja. Supongo que también habrá técnicas para cambiar de abeja a mosca. Hay gente "pa to".

De lo que ya no he encontrado tanta literatura, es sobre la convivencia de las  personas tipo abejas y las tipo moscas. Esposible que estra interación entre las dos especies haya dado lugar a una especie nueva: la "Abejosca". Un híbrido entre abeja y mosca que tendría la capacidad de hacerte creer que es una abeja que va de flor en flor, ocultando que también se mueve en la mierda. 

Es aquella que estaría, siempre, disponible para acudir a una invitación, aquella que ha entrado en casas ajenas muchas veces, que degustará lo que se le cocina, la que se ha encontrado colmada de atenciones. esas que siempre estrían disponibles para acudir al ágape, sin importarles el camino que tenga que recorrer, si ello le supone un beneficio, pero que no lo andará para otra cosa que no sea eso... y de la que, en muchos casos, no se suele conocer el color de la puerta de entrada a su casa. Esa especie de la que no debes esperar una invitación para visitar sus flores. Digamos que le gusta pasearse por la de otros, no sin antes dejarte un poco de su mierda (aunque sea moral). 

Y esto podría ser así. Ahora tocaría a cada uno de nosotros reconocernos en: abejas, moscas o "abejoscas". Y digo nosotros, porque posiblemente, los demás; nuestros amigos, familiares... ya lo han hecho. Así que más nos valdría hacerlo para, si procediese o quisiéramos, tengamos un cambio de actitud. 

Antes de terminar, habría que reflexionar, quizá, sobre una cuarta especie distinta de las anteriores, pero directamente relacionadas con el tema en cuestión; sería la persona tipo "Abejlila". Algo así como una abeja buena (en el amplio sentido del adjetivo) , que sería esa persona tipo abeja que no solo tiene un jardín interior bellísimo, sino que, sistemáticamente te lo ofrecería para compartirlo. Esa "abejlila", te ofrecería una y mil veces todo lo que tiene. No solo material. Ofrecería su cariño, bondad y, a veces, ingenuidad. Nunca te dejaría tirado, ni te decepcionaría. 

Sin embargo, esta variante vendrían geneticamente mutadas y serían incapacez de recnocer a a otras especies que no sean las abejas normales. Por eso serían las preferidas de las "abejoscas".

Buen apetito. 

miércoles, 11 de junio de 2025

EL ALETEO DEL GURRIPATO

     En mi casa -como cada primavera-, suelen caer al patio o el jardín algún gurripato (según la RAE, habría que decir "gurriato", que es el pollo del gorrión; pero por aquí, siempre se ha dicho gurripato); Así que nada. 

    Pues eso, que hoy ha sido el primer día que he descubierto el ocupa entrañable de este año. A veces, hasta me gusta pensar que su madre o padre, fueron uno de esos que consiguieron alzar el vuelo desde mi casa el año anterior. Quién sabe. 

    Y como cada año, no les hago caso. Ni me acerco para no asustarlos. Aunque antes de que yo los vea, ya oigo los avisos tan peculiares que les envían sus padres, de que ese tio grande y feo  anda cerca de ellos. Y hoy no ha sido una excepción. Lo ví y ni caso. Pero en un momento dado quise salir al jardín a sentarme un rato a leer. Separado de él. Y lo hice.

     El polluelo no sabía dónde se iba a meter. Asustado. Sin embargo, en un aleteo desesperado y digno de reconocimiento, logró subierse a la piedra vierteaguas del alféizar de la ventana. Desde allí me lanzaba miradas desafiantes. Como diciedo: "Anda, píllame ahora". Yo, a cada mirada suya ponía cara de lelo para generarle confianza y no cometiese el error de tirarse a otro intento de vuelo que le resultaría doloroso (al menos eso suponía yo). Pero el proyecto de gorrión había cogido fuerzas y se paseaba de un lado a otro. De derecha a izquierda y viceversa. Decididamente lo vi envalentonado. Ya no sólo me miraba a mí, sino que alzaba su vista más allá del muro. Incluso hizo algunos intentos de elevarse. Todos fallidos, pero ahí seguía desafiándome. No se me ocurría otra cosa que intentar, telepáticamente, decirle que no lo hiciera, que en cuanto él cambiara de sitio, yo me largaba a la casa. Que se moviera tranquilamente a otro lugar para yo poder pasar sin que le resultara una agresión.

    Pero, las cosas no salieron bien. En la calle una caravana de coches, de esas que se forman cuando salen los críos de colegio, se ponía en marcha. El gurripato debió pensar que ese ruido era algo que lo estaba jaleando para que se lanzara. Y se lanzó. Y, por muy poco, pasó el muro. Y cayó, con toda seguridad a la calzada, y, -por lo que oí de algún transeunte-, ahí terminó el currículum vitae -en su significado latino"-, carrera de vida", del imberbe volador.

    Y esta situación me ha hecho pensar en cuántas veces nos sentimos seguros en un entorno inseguro y  nos hemos sentido inseguros en un entorno seguro. Y, como el gurripato, luchamos por salir de él, sin saber qué lo que nos espera detrás del muro puede ser peor que lo que tenemos. 

    No quiero decir que tengamos que vivir tras un muro para sentirnos seguros de nada; Eso no es vida. Pero sí digo que tenemos que levantar un muro contra las mentiras, las dobles moralidades, las pieles de cordero que disfrazan al lobo, las consignas de haz lo que te diga pero no lo que yo haga, la violencia en cualquiera de sus formas, la intolerancia, la antidemocracia, los defraudadores, los insultos... 

    En mi opinión, tras nuestro muro, debemos saber analizar la situación. Ser sinceros con nosotros mismos y admitir la realidad por mucho que no coincida con nuestro deseo. No debemos sentirnos inseguros ni apocados por el ruido que se proyecta dentro. A pesar de eso, es nuestro entorno seguro. Sólo así, iremos cogiendo fuerzas para alzar un vuelo libre, sin miedos, sin consignas.

    Sólo así dejaremos de ser gurripatos asustados.


    

lunes, 17 de marzo de 2025

El Secreto de la Vida

        Seguro que ya habéis leído eso de que "El secreto de la vida es que la vaca no da leche". Ya saben, el padre que le dice a sus hijos que cuando vayan cumpliendo 12 ó 14 años (según versiones); les irá contando el secreto de la vida, pero no se lo podrán decir a sus hermanos pequeños hasta que no lleguen a la edad estipulada. Y al final, lo que el padre les dice es: "El secreto de la vida, es que la vaca no da leche". Plof. 

        Ya, ya sé que es una metáfora, pero tener a unos crios esperando a su decimocuarto cumpleaños para decirles eso; es una putada.

        Mi padre nunca me dijo cual era el secreto de la vida, y se lo agradezco, porque si se llega a destapar diciéndome eso; ahora tendría un trauma infantil, o una mala impresión de sus facultades. Sin embargo, a los 13 años, sí que me dijo: "Hoy nos levantamos de madrugada, sobre las 3,30h.. para ver la llegada del hombre a la luna", y ahí estuvimos los dos; oyendo a Jesús Hermida y viendo a Neil Amstrong, dando saltitos por la luna. Tambien recuerdo, por los mismos años y anteriores, como me invitaba a oir las emisoras clandestinas que, por la época, se sintonizaban en España (no sin ciertos problemas de audición). Recuerdo como, a bajo volumen y con poca luz en el salón, oíamos los mensajes, consignas, noticias, y párrafadas indescifrables que salian del sintonizador. 

        Radio España Independiente. Cubillos y su Canarias libre. MAPIAC, Radio Pirenaica...En fin, emisoras que algunos días se lograban sintonizar y otros no. Y, por supuesto, evoco esas madrugadas en las que me desvelaba el ruido que hacía el correaje de policía local, al ponerselo para irse a las calles de Málaga (hiciese el tiempo que hiciese), y poner un poco de orden en un tráfico algo más fluido que el que tenemos hoy. Pero no, mi padre nunca me dijo el secreto de la vida. La vaca no da leche.

        Y mi madre tampoco. Pero sí recuerdo como tenía que correr más que el tío de los bollos, para que, a las 3 de la tarde estuvise sentada en la taquilla del cine Duque, con dos hijos pequeños ya comidos y arreglados, para iniciar la venta de entradas, en las que los niños pagaban un precio, las mujeres otro, los hombres algo más y los soldados, curas, militares y policía; entraban gratis. Y enfrentarse -con los estudios primarios-, a un puñado de monedas mugrientas y una voz que decía: "Señorita, cinco de niños, tres de mujeres y dos de hombres". Y en menos de 10 segundos hacer la cuenta mental y contar las gordas, perragordas, dos reales y pesetillas que ya estaban asentadas sobre el frío marmol de la taquilla antes de entregar las entradas solicitadas. Si faltaba dinero; ella lo tenía que poner al cuadrar la caja por la noche. La vaca no da leche. 

        O como me decía, una y mil veces, que: "Nadie da duros a 4 pesetas". O la lección que me dió el día que llegó a la  taquilla y vio como el dueño del cine le había puesto un candado al disco de marcar de un teléfono negro colgado en la pared; le sobraron 30 segundos para cogerlo, retorcerlo y romper el dial. Candados a mi -dijo-. Eso era orgullo y lo demás son tonterías.

        Ya ven, mis padres no me dijeron cual era el secreto de la vida: Me lo mostraban día a día con sus actitudes. La leche no nos la daba la vaca. Era la COLEMA, y se compraba en la tienda de la esquina.

        Y ahora hágase un favor. Si tiene la tentación de contarle a sus hijos/as, el secreto de la vida, no les vayan a decir, en plena adolescencia, que la vaca no da leche. Igual, ni saben qué es una vaca.

jueves, 19 de diciembre de 2024

Persiguiendo mis fantasmas

                Quién me lo iba a decir. A mi edad y persiguiendo mis fantasmas. Y no es broma, hago cosas que antes no hacía: Recorro la casa como si me fuese a encontrar a alguien (ni idea de a quién), en alguna habitación, el salón o la cocina. Y todo de forma inconsciente, pero lo hago. Realmente me moriría de miedo si llego a visualizar algo que no sea el vacío y el silencio. 

                De hecho, con el nuevo router de la compañía telefónica, la otra noche me llevé un susto de la leche. Resulta que éste tiene una luces distintas a los de las otras compañías que también me engañaban y, claro, al no estar acostumbrado, cuando apagué la televisión y me dispuse a ir a la cama, se proyectó una sombra sobre la pared que, uf, me dejó acojonado; era la mía. Ahora ya estoy acostumbrado a verla. Cuando apago la tele no me asusto. Soy un tipo valiente. 

                Pero les decía que persigo a mis fantasmas. Y digo que son "mis fantasmas", porque supongo que cada uno de nosotros tenemos los nuestros. Realmente los que me hayan sido asignados o tocado en suerte -vete tù a saber-, de momento, se muestran esquivos. Yo se lo agradezco y espero que no cambien de parecer o de apariencia. 

                   Lógicamente, como en toda casa se oyen ruidos que pueden parecer extraños, pero siempre tienen explicación: La nevera que descongela y suena, la botella de agua que quedó algo arrugada, se infla y hace ruído, la cisterna que le da por unirse a la orquesta... Nada extraño. Aunque, a veces, la cosa mosquea más de la cuenta.

                Anoche, por ejemplo, estaba en el baño cepillándome los dientes cuando de forma más o menos clara, oí una voz que parecía una disputa familiar; además con palabras malsonantes y todo; pero no pude saber de dónde venía esa voz de mujer. Supongo que si era una de mis fantasmas; estaba realmente molesta con la cisterna o con algo que no funcionaba en su casa (o en la mía).

                En fin, no quiero dramatizar pero mientras esté persiguiendo a mis fantasmas en esta línea, todo va bien. El día que me los encuentre, la  cosa pintará de otra manera. Así que de aquí en adelante seguiré un estricto itinerario y calendario de las cosas que tengo que hacer, y me dejaré de deambular por las habitaciones sin saber muy bien lo que busco o por qué he ido allí. 

                Ahora que me dispongo a terminar de escribir, no me atrevo a mirar hacia atrás, siento como si hubiese un montón de gente mirando por encima de mi hombro lo que escribo. Cuestión que me lleva a la conclusión de que mis fantasmas no están merodeandome. Se supone que saben de sobra que aquello que escriba no tiene el menor interés. Así que tranquilidad.

                Sigo estando solo.

miércoles, 21 de agosto de 2024

El vestido tonos pastel

 

        Se disponía a afrontar un día más.  Enfrentarse a esa terrible realidad  de estar frente a alguien que ya no te reconoce. Cinco años ya. Cinco desde que se fue a ninguna parte. Un lustro sin escuchar tu nombre de sus labios. Toda una eternidad sin besarlos, sin pasarle los dedos por la comisura. Cinco años.  Toda una vida de ausencias estando presente.

        Y, como cada día, se puso sus mejores galas para ir a visitarla. Llegaría a la hora acordada con la residencia. Ni un minuto más, ni un minuto menos. A las 13h. En punto.

        Y allí estaba ella, jugando con las tapas de un libro que ya no acabaría de leer nunca, y sin embargo empezaba cada día.  Sus miradas se encontraron y él creyó ver el reflejo de una sonrisa, pero solo fue eso; un desolador espejismo. Se sentó a su lado y le preguntó si le permitía invitarla a un café. Y ella respondió, como cada día, que por favor la dejase sola. Que era una señora y seguramente esperaba a alguien. Aún así, le llevó su café preferido y ésta se lo agradeció con un casi imperceptible movimiento de cabeza. Él le contó de sus hijos y nietos y ella le respondió que no sabía de qué le hablaba. La foto familiar que furtivamente había dejado en su regazo la hizo titubear un poco,  pero la metió entre las hoja del libro sin hacerle más caso. Estaba tan bella que su ausencia quedaba compensada ante tal visión.

        Ese vestido tonos pastel  le sentaban de maravilla. Y después de dos horas de conversacion sin decir palabra; La besó en la frente y se marchó. Creyó oír que ella dijo: Adiós cariño. Pero no. Eso no ocurriría nunca más. 

        De vuelta, en el autobús, de repente oyó un estruendo y una luz le cegó. De pronto se vio en una cama junto a esa mujer que, ruidosamente, levantaba la persiana y le anunciaba la hora de desayunar. Que ya estaba bien de tanto dormir. Continuaba hablando y hablando, pero él no entendía nada. Qué hacía allí rodeado de gente? Porqué le decían que tenía que arreglarse. Que, como cada día, vendría su mujer y algún nieto a verlo. ¿Mujer? ¿Nieto? 

        Alzó la vista y allí estaba ella. Ni idea de quien era. Muy bella y vestida con tonos pastel. Le favorecía mucho, pero andaría despistada, porque él seguía sin saber quién era. Pasado un incómodo e interminable espacio de tiempo;  porque no sabía de qué le hablaban, ella se levantó y, con un atrevido beso en su frente, se despidió con un; Hasta mañana cariño.

        Y él volvió a coger ese libro que intuía haber leído alguna vez. Entre sus hojas encontró una foto. Era una familia y allí estaba ella. Bellísima. Qué suerte tendrá ese hombre que la tome de la mano.

         Durante una fracción de un tiempo imposible de medir, creyó recordar un sueño que, habría tenido alguna vez, y en el que esa mujer aparecía. Ni idea de porqué. Se quedó mirando su soledad por la ventana y deseando que la noche y el cansancio hicieran mella en él. Quizá esta noche, en la profundidad de un sueño maravilloso que no recordaría con claridad, volvería a acicalarse para ir a ver a alguien que no lo reconocia, pero que su corazón le decía que amaba profundamente.

        Quizá


                                                                                                    Luis Navajas

                                                                                                    Agosto 2024