jueves, 26 de marzo de 2026

ALCURNIA

     Se conocieron en una exposición de arte. Ella, alta, guapa; muy guapa. Con estilo. Él, algo más alto que ella. Guapo, según le decía su madre. Hablaron muy poco y con dificultad. Ella alemana, él de aquí. Sin embargo surgió algo. Una atracción que los llevó a la cama en una primera cita y, después a mantener una relación epistolar vía "air mail", en un francés que ninguno de los dos dominaba con garantías de una conversacion fluida. Las risas, las caricias y las miradas, era su mejor forma de comunicarse. Así fue. 

    No recuerda cuánto tiempo duró la relación (quizá un par de años), en los que ella regresó a verlo, acompañada de su madre. Él, y sus padres las recibieron como solemos hacerlo por aquí. Cena en la casa, sonrisas (que era la forma de comunicarse), y paseo por el parque para eseñarles nuestra Málaga. El parque de entonces, el puerto de entonces y... poco más. Ellas correspondieron tal y como su nivel económico les permitia, que era mucho. Porque en aquellos años; allá por mil novecientos setenta y dos. Un marco era una pasta y con varios de ellos te hacían la ola allá dónde fueses. Así que, en un afamado restaurante de muy cerca de Marbella, invitaron a cenar a sus padres y, por supuesto, a él. Buena comida -y cara-, más sonrisas y vuelta a Málaga. Por aquel entonces, él acababa de sacarse el carnet de conducir a los dieciocho años. Ella casi veintiuno. Pero eso no importaba. Así que sus padres se volvieron a Málaga en el autobús. Después de tantos años, él recuerda esa imagen de sus padres subiendo al Portillo; su padre con traje marrón de buena calidad y su madre con un vestido claro y un pañuelo al cuello... y le dejaron el Seat 600 al niño, para que pudiese volver más tarde (¿qué no hacen unos padres por sus hijos?). Y así fue esa presentación de padres entre esa peculiar pareja. 

    Y la relación se terminó. No recuerda el motivo, si es que lo hubo. Siempre creyó que él había dado por terminada la relación y, por carta, creyó decirle que; hasta aquí hemos llegado. Pero ya se sabe que esos primeros amoríos no se olvidan tan fácilmente. Máxime cuando recuerdas el nombre y apellido. Así que aún con el paso de los años, siempre tuvo la inquietud de volver a saber algo de ella. Y buscó. Y no encontró. Pero claro, resulta que un día llega internet y la cosa cambia. Recordó el nombre de la ciudad de ella y solo tuvo que añadir a un nombre, el de esa ciudad y... ahí estaba ella. Cincuenta años más tarde la había encontrado (o creía haberlo hecho). Y, tras otras búsquedas, consiguió enviarle un mensaje vía Telegram. Un escueto: Hola Anna. Y llegó otra escueta respuesta: Hola José. Galery Art. Marbella 1972? Era ella, no cabía duda.

    Tras unos días de conversación, esta vez ayudado con los traductores, lograron hacerse algunas preguntas que quedaron en el aire muchos años atrás. Y ha sido en el transcurso de esas conversaciones cuando él intuyó (realmente supo), lo que ocurrió, y por qué se terminó esa relación que ambos parecían disfrutar mucho. La diferencia social (económica), espantó a la madre y lo que le contarían a su padre, terminó por dar carpetazo a... quién sabe qué. 

    Ahora, desde hace un par de semanas, se hablan con cierta asiduidad por wassap. A Anna la nota ilusionada, separada desde hace años, y a veces es como si se quisiera disculpar por no haber tenido la valentía de seguir esa relación y dejar que decidieran por ella. 

    Él ya ha cumplido con lo que quería; encontrarla y saludarla. Y, cómo no, decirle que durante mucho tiempo estuvo recordándola. Que fue una lástima no haber tenido una vida juntos. Que se alegra de que esté bien y que se cuide. También añade con cierta insistencia que no quiere molestarla. Pero ella, le sigue enviando a diario algun wassap que lleva a una conversación mucho más larga. 

    La moraleja de todo esto es que a veces imaginamos querer cosas, cuando en realidad lo que anhelamos es quedar en paz con nosotros mismos. Se acabó la magia. Ya sabe que puede contactar con ella de forma inmediata, pero me da que no quiere. No quiere que, aquello que quedó apagado, tenga apariencia de que hay algun tipo de nueva chispa. Los años no pasan en balde. Ya no son los mismos y, ademàs siguen sin pertenecer a la misma clase social. Ella, empresaria heredera de un imperio comercial e inmobiliario y él sigue siendo ese artista soñador que consiguió mucho más de lo que los padres de ella imaginaron. Hizo lo que quiso y apoyado -siempre-, por sus padres. Viajó, acertó, se equivocó, se levantó un millar de veces (y las que les queda),formó una familia.... No tiene reproches hacia ella , y mucho menos a sus padres, ni hacia nadie. A Anna, la respeta y la quiere (ese cariño de juventud que quedó). Le gustaría decirle -aunque nunca lo hará-, todo lo que se perdió, por valorar a las personas por lo que tienen en los bolsillos. Por creer que la humildad es sinónimo de carencias básicas. Que aquí habría tenido una familia que la hubiese apoyado en lo que quería hacer. No habría tenido que renunciar a esa carrera universitaria que su padre no la dejó hacer para que se hiciera cargo del imperio económico. Que habría sido feliz aunque los recursos fuesen mucho más escasos. Que no tiene sentido que ahora diga que durante muchos años, ella también pensó en él, pero como venía de vacaciones con su padre... Lástima Anna.

    Ahora él tiene otra preocupación: Cómo decirle a Anna, que, esta vez y por decisión suya, es la hora de decirse adiós. Se lo dirá, sin reproches, sin despecho, sin vanidad... Simplemente le dirá que la amó muchísimo y que hace años que otras personas ocuparon su lugar. Que no la buscaba para decirle eso, que era necesidad de cerrar ese capitulo y, por fín, ahora puede hacerlo. Y, añadirá un escueto: Gracias Anna, por haber formado un poco parte de lo que soy. Besos. 

Luis Navajas    

miércoles, 14 de enero de 2026

EL MANUAL


    Entre mis habilidades, tampoco está la de interpretar o enterarme de lo que indican los manuales de instrucciones. Cuando mis hijos eran pequeños y los Reyes Magos les dejaban algo que había que montar; les tenía que poner varias copas de anis extra y un cesto de mantecados, para que estuvieran un poco más a mi lado y así poder terminar de montar, en tiempo y forma, ese parking con rampa, o el castillo con guillotina, o lo que fuese. Una vez tuve que motar un garaje y aquello terminó pareciendo más un quirófano. Les dije a los niños que era el hospital de campaña de la guerra de Gila. Se hartaron de llorar, pero terminaron usando los botecitos de aceite de motor, como bolsas de trasfusiones. 

    La penúntima (habrá más, seguro), me ha  ocurrido hace unos días. Tuve que cambiar el microondas porque ya no daba más de sí. Estuvo algunos años que no andaba fino; pero al menos calentaba. Eso sí, no más de un minuto. Así que cuando tenía que meter algo que necesitara más de ese tiempo límite que él mismo se había autoimpuesto, tenía que solucionarlo sacando el número de cucharillas equivalentes al tiempo que tenía que tener el producto en el micro. Qué eran 8 min.; pues 8 cucharillas. Así cada minuto que pasaba yo cambiaba una cucharilla a otro lado y cuando ya no había más para cambiar; es que llevaba los 8 minutos cocinandose. Genial. Si tenía que estar en tiempo que no fuese justo, ya empezaban los problemas. Así que olvídate de tenerlos 7,30 min., o cualquier guarismo que no fuese exacto. Pero a todo se acostumbra uno. El microondas me enseñó que el alimento salía un poco falto de cocción o un poco pasado. Minucias.

    Pues eso, que tuve que cambiar de microondas, porque ya no calentaba. Y eso que le ensañaba las cucharillas y todo. Pero nada, se quedó fiambre. Así que voy a un comercio para mirar los microondas que se adaptaban al hueco que había quedado libre. Una vez frente ellos, y como un flechazo, supe cúal me iba a comprar: el más barato. Y me lo llevo a casa. Y lo enchufo. Y lo pongo en funcionamiento. Y funcionaba. Perfecto.

    Cuando llevaba unos días con él, caí en la cuenta de que no sabía cómo funcionaba este nuevo aparato a la hora de programar el tiempo para cocinar (lo de las cucharillas estaba bien, pero ya era hora de usarlas solo para el postre o café). Así que me pongo mis gafas de lectura, que quedan bien, pero veo mal; y me dispongo a leer el manual. Me da repelús esta palabra y siempre suena en mi cabeza como si la dijese una voz de ultratumba: MaaaNuuuAllllll. Y empieza mi odisea: 1 Configuración del reloj. Listo configurado. 2 Cocinar con microondas. Listo ya he calentado algunas cosas y funciona. 3. Inicio rápido. Listo ya he iniciado varias veces de forma rápida.4 Descongelación por peso. Ni loco me leo esta parte. Ni loco. Y en el número 8; tachán. Temporizador para cocinar. Guau ésto es lo que dejará a mis cucharillas en el cajon de los cubiertos. Así que me lo leo del tirón... ¡y lo entiendo!

   " Presione temporizador, gire para introducir el tiempo, presione inicio y cuando el temporizador para cocinar, alcance el intervalo de tiempo configurado, el indicador se apagará. El Zumbador sonará 5 veces.". Todo bien, excepto que el microondas sólo hace la cuenta atrás pero no calienta. Releo el manual; y nada. Lo leo al revés y tampoco. Esto está estropeado -me digo-. No queda otra que desmontarlo y llevarlo al comercio, donde tras unos momentos de dudas, me indican que si lo que deseo es otro nuevo, entre lo pague y me devuelven el dinero seguidamente. Así lo hago y me voy contento para mi casa con el nuevo microondas. Llego a casa, lo meto en el hueco, lo enchufo, le doy a calentar y calienta. Ahora solo faltra comprobar el temporizador. Presiono temporizador, giro para introducir el tiempo, presiono inicio y cuando el temporizador para cocinar, alcanza el intervalo de tiempo configurado, el indicador se apaga. Zumba 5 veces y... No calienta. Hace la cuenta atrás pero no calienta. ¿Con lo que pesa este cacharro lo tengo que llevar otra vez al comercio? Me niego. Los llamo por teléfono y me dicen que ni idea de cómo funciona el temporizador para cocinar, así que me dan el teléfono del servicio técnico -que intuí tienen un área de atención al torpe-, y me dicen que me llamarán. ¿Me llamarán? Pero si yo quiero cocer patatas ahora que son las 3 de la tarde. Me niego a esperar y, desesperado, me quito las gafas de lectura y me lío, otra vez, con el manual (uf qué frío me da la palabreja). y... tachán, doy con la tecla; en el apartado 2 Cocinar con microondas, está la clave para cocinar con temporizador. 

    Así que -interpreto- que el apartado 8, de temporizador para cocinar es eso: un temporizador para cocinar (pero no en el microondas), para cuando hagas un arroz, o papas fritas o puchero. Lo que me lleva a proponer que este epígrafe tendría que haberse llamado: 8 Temporizador para cocinar lo que te salga de los cataplines, pero fuea del microondas. Tontorrón.

    Pii, Pii, Pii, Pii, Pii. Me quedé sin tiempo.

lunes, 12 de enero de 2026

TE CONTARÍA

 

    A veces me sorprendo pensando en que voy a llamarte. Es una sensación muy real que dura solamente unas décimas de segundo; pero me ocurre con relativa frecuencia. Estoy atareado con cualquier cosa y pienso: voy a llamarla. No lo hago; no sabría dónde hacerlo. Luego, tras quedarme algo desconcertado por mi pensamiento, me recupero y sigo el curso normal de mi día, y hasta la próxima vez que me ocurra. 

    Es extraña esta necesidad, y seguramente tendrá una explicación más profunda que sesudos psicoanalistas pondrían nombre. Yo no estoy interesado en estas cuestiones; no le doy la mayor importancia a un deseo que, antes, realicé menos veces de las que debería haberlas hecho. Sin embargo, las cosas son así; A lo hecho pecho, y ahora te jodes. 

    Tendré que guardar esas ganas de contarte para cuando nos veamos. Si es que nos vemos alguna vez. Quisiera creer que sí, y que me volverás a dar ese abrazo que una noche soñé que me dabas y que tanta paz me dio.

    A veces me sorprendo pensando en que tengo a llamarte. No lo hago; no sabría dónde hacerlo.

    Tu hijo.