jueves, 7 de junio de 2018

ENTRADA, ENTRANCE




               Últimamente le estamos dando la vara al mocerío por usar palabras importadas en sus relaciones diarias. Enmendándoles la plana. Pregonando que no se dice fake news, sino noticias falsas. Que no usen: check-in, ni check-out, que hay que decir registro-facturación de entrada o salida. Que un followers, no es nada, un seguidor, sí. Etc. Y así hasta el moño tienen que estar de nosotros nuestra juventud.
               Pero que estén hartos tampoco significa que los carcas no tengan razón. El castellano es una lengua muy rica y tiene palabras para todo; no hay que emplear anglicismos, ni leche frita. Aquí las cosas como siempre han sido; o como dice Kike San Francisco en uno de sus monólogos -que argumenta que el tenis es un deporte de pijos con tanto nombre inglés-, que si match ball, o match poin, que si out, que si Masters... Igualito que en el fútbol, que las cosas se llaman como debe ser: corner, off side (orsay, decíamos los chiquillos), penalty…
               Llevamos una pila de años usando palabras que no tenemos ni puta idea de que no son de nuestro idioma, y criticamos a estas generaciones por hacer lo que nosotros ya hacemos. Esto nos hace diferentes, aunque seguramente no sea diferencia; quizá ignorancia e intolerancia. Y luego, pasa lo que pasa cuando vamos de viaje más arriba de los Pirineos: Nos jiñamos por la pata abajo cuando tenemos que leer las indicaciones o pedir el papeo en un bar. Lo del platé de patatés frités, nunca funcionó.
               Si en lugar de ser tan criticones nos preocupáramos de conocer el origen y significado de esas palabras que se adoptan (lo ideal también sería hacerlo con las nuestras de raíz latina, como viene defendiendo desde hace muchos años, mi amigo D. José. Catedrático de Latín y un coñazo cuando te habla de estas cosas, pero con más razón que un Santo), andaríamos más tranquilos por esos mundos de dios. Nos moveríamos con más soltura que lo hacía Alfredo Landa, cuando llegó a Alemania.
               En lugar de reprocharles esta moda, preguntémosle qué significa y aprendamos algo de camino.
               Si no, nos puede ocurrir lo que a aquellos dos amigos que, en su día, se fueron a ver la Expo-92. Una vez que compraron las entradas y se disponían a pasar al recinto de La Cartuja, uno de ellos contorsionó su cuerpo, puso los ojos en blanco, la boca doblada, mirada perdida… Y el otro le dijo: Pepe, pero ¿qué haces?  y éste le contestó: ¿Joé, no pone ahí entrada, entrace?
              

martes, 8 de mayo de 2018

CAMPEONES



 
               Sí, les voy a contar algo de la película que comparte título con este artículo. O historia. O lo que sea que salga al final. Evidentemente, no les voy a desvelar la peli. Eso ya no se hace. En mi época de mozo sí se hacía, y así te ahorrabas unas pelillas que casi nunca tenías. Los chaveas de la época nos contábamos las pelis con tal precisión, que no tenías que ir a verlas, y si por casualidad te gastabas unas perrillas en el cine para visionarla, era como verla dos veces.
                Recuerdo perfectamente el día que me contaron “La noche de los muertos vivientes”, pasé un miedo que aún me dura; y eso que no la he visto nunca. Pero eso ya no ocurre así, por muchas razones; entre ellas que el cine es caro y hemos perdido la costumbre de contarlas. Y si alguna vez haces un atisbo de contar algo sobre ella; te dicen: No, no me la cuentes que voy a ir a verla. Y luego no van. En fin.
               Ya he desvelado algunas veces que también me crie en los vestíbulos de los cines (Duque, en el Molinillo; Capitol, en calle Mármoles; el Plus Ultra, en el llano de la Trinidad; y el Tívoli, que era solo de verano, por la zona de la Cruz del Humilladero). Así que imaginen la cantidad de películas que he visto en mis años de niñez.
               Las películas, como todo arte, siempre te dicen algo. Algunas, hasta que has perdido el tiempo viéndolas. Pero sea como fuere, cuando has terminado de ver una, no eres la misma persona. Una escena, una frase, una cara, un decorado, una música… te puede llamar la atención en un momento determinado, y pasa a formar parte de ti.
               Como me diría un amigo: Hacer crítica de cine tampoco es lo tuyo. Y no la hago, simplemente me gusta contar cosas y la que ayer me ocurrió la quiero compartir con ustedes.
               De la cantidad de cine que he visto, y sin contar aquellas que no han merecido la pena ver, ha habido muchas que me han gustado. Otras que me han gustado mucho, y pocas, muy pocas que me han marcado como persona. No se trata de hacer ahora una relación de éstas últimas, pero sí quiero mencionar a cuatro de ellas: Bienvenido Míster Marshall; La Vaquilla; Los Lunes al Sol y Campeones.
               Y de ésta última es la que quiero hablar. Lo primero que les recomiendo es que no se la pierdan. No renuncien a salir del cine siendo mejor persona. No declinen esa invitación que este arte nos ofrece muy de vez en cuando. Pasarán un buen (y mal), rato si logran liberarse de los prejuicios que puedan tener. Vean a esos actores. A esas personas de carne y hueso, y métanse en su papel. Lo agradecerán. Sin duda, van a salir cambiados en muchos aspectos de sus vidas. Sabrán lo que vale, el esfuerzo, la amistad, las ilusiones…
               Véanse cara a cara con sus fantasmas, con lo que usted considera un fracaso, con los mensajes que esta sociedad te empuja a conseguir con la falsa promesa de que, si no lo consiguen, serán infelices, con su concepto de persona que no tiene ninguna discapacidad.
               Les aseguro que se plantearán muchas cosas cuando salga de la sala. Disfruten con unos decorados, unos extras, unos actores, unos diálogos… En definitiva con unas situaciones que reconocerá al instante; porque forman parte de lo que usted es. Si no vive usted en Marte, o en los mundos de Yupi, todo le resultará familiar en esa película. Divertida y dura a partes iguales. Además, es una obra que te permite reírte (y llorar), sin cargo de conciencia. Porque, al final descubrirá que, se ríe y llora, no por esos actores; por esas personas. Llorará y se reirá de usted mismo.
               No se puede salir con el corazón entero cuando ves que alguien especial -a través de la pantalla-, te mira a la cara dice: “Entiendo que no te guste tener un hijo como yo; pero a mí sí me gustaría tener un padre como tú”.
               Háganse un favor; vayan a verla. Por su bien.

viernes, 27 de abril de 2018

EL TAMBOR, LA SIERRA Y EL CURA





               Tengo un amigo, que tiene un amigo, al que siempre le gustó tocar la batería. Y, afortunadamente, durante muchos años pudo vivir de ello.
               Desde muy niño soñó con tener ese maravilloso instrumento a su alcance. Pero éste siempre fue caro. Probó de todo con tal de sentir unas baquetas en sus manos. Sus inicios fueron tocando unos recipientes de detergente de la marca Colón, que una vez terminado el producto, se convertía -dándole la vuelta-, en un magnífico tambor. Incluso para poder tocar los tambores de verdad, se apuntó a una organización juvenil con el ánimo de ser seleccionado para la banda de cornetas y tambores. Pero como era un chico alto, para su edad, lo eligieron para la escuadra de gastadores.
               Así que, sin proponérselo, se vio desfilando por las calles de su ciudad, con toda una procesión detrás a la que marcar camino, portando un macuto enorme lleno de cartones, al que le habían agregado un serrucho, que ya quisiera el mejor leñador de los bosques Canadienses. Sobraba sierra por arriba y por abajo. Ni bromas que tuvo que aguantar con la leche de la herramienta. "Cabo, dame el serrucho pa mi carpintería". "Cabo, ¿no es eso mucho jierro pa ti?" "Cabo, ¿tu padre es carpintero?"... Éstas lindezas, y otras menos adecuadas a un chaval de 11 años, fueron las que tuvo que soportar en parte del recorrido procesional. Bueno, también hubo aplausos cada vez que se daba la vuelta e indicaba al resto de gastadores, que iban a hacer un cruce. Eso gusta mucho a niños y mayores. Ah, también llevaba unas manoplas que, de haber agitado los brazos con la suficiente fuerza y velocidad, habría levantado el vuelo. Seguro.
               El amigo de mi amigo, la primera vez que se sentó en una batería, fue en la boda de un familiar en la que había una orquesta. Cuando terminaron se adueñó de la banqueta y tras un rato admirándola, disfrutando del color de los parches, del brillo de los aros y los platos, de los dibujos del nácar, del olor tan particular que tienen las baterías..., pudo hacer con los pies; "pum pum cha”, “pum pum cha"(el músico ya se había llevado las baquetas), y le pareció tan fácil que creyó que ya podría tocar cualquier tema musical. Qué equivocado estaba. Su pasión por ese instrumento era tal que no cejaría en su empeño.
               Cuando pudo formar parte de un grupo, como tal, tuvo que claudicar y tocar la guitarra eléctrica, pero se pasaba todo el rato mirando los redobles del batería. Y llegó su oportunidad; el batería se fue por considerarse muy superior al resto del grupo (cosa muy normal entre los músicos malos, aunque muy cierto es esa ocasión). Así que dio el salto a su instrumento soñado. Muerto el rey...
               En su barrio eran conocidos por haber formado un conjunto. Y de estar todo el día tocando en portales, patios, la calle…
               Cuentan que una vez, tocando en el patio de una de las casas del barrio, al amigo de mi amigo le llegó una mala noticia; una sentencia de muerte musical. Era obvio que el sonido llegaba a muchas casas de alrededor, y, por lo visto, el hermano de uno del conjunto estaba oyendo desde la suya. Hasta lo que se sabía de él, éste estaba estudiando para ser cura, y no para productor musical, pero en lugar de ofrecerles -como práctica se me ocurre-, una bendición; les dedicó su profecía: "Mi hermano dice que nosotros (por él y el otro guitarra), sí llegaremos a triunfar, pero tú no. Ploff
               ¿Se imaginan lo que significa eso para un adolescente de apenas trece años? Máxime teniendo en cuenta que el juez musical era el hermano mayor. Y ya se sabe si un hermano mayor dice algo... es ley. Realmente le hundió aquella frase. Pero no había más remedio que aguantar el tipo y seguir. Y siguió.
               Los tres, y otros más, compartieron escenarios durante muchos años. Del tema del triunfo nadie habló jamás. Lamentablemente con él acertó de pleno, pero con los otros dos, no. Lo que convierte a la sentencia en un pírrico augurio.
               A lo largo de su carrera musical, que a pesar de los malos augurios, la tuvo y muy prolija por cierto, muchas veces recordó -ya con cariño-, esta anécdota. ¿Qué significa triunfar en la música? Pues supongo que habrá tantas respuestas como músicos. Cada uno tendrá una opinión sobre ello. Dinero, discos, estadios llenos de fans, fama, trabajo, viajes, hoteles... serán respuestas muy lógicas. Pero ¿qué hay del placer de subirse a un escenario? o de notar como se te eriza la piel ante un tema bien ejecutado. ¿Qué tal la certeza de que con tu música notas que la gente siente algo? O de que se divierten bailando con lo que le estás proponiendo. Todo, por no hacer mención al enorme placer que proporcionan los ensayos. El triunfo -si llega el que buscas, y como la vida misma-, si lo valoras por lo que has conseguido de forma material, no es tal.
               A lo largo de su carrera llegó a tocar con muchos músicos, y sacó una conclusión clara: El mejor músico, siempre es la mejor persona. El músico malo, muy malo, es el que se siente superior. El que va dando lecciones de lo que muchas veces ni sabe. El que se compara con el otro y no tiene empacho en decir que él es mejor. El que afirma que te puede dar clases. El que se tira a los pies de la empresa por unas migajas de pan…
               Pero de ésta historia quiere sacar una conclusión: Cuidado con las cosas que se dicen de la otra persona. Los jóvenes, los niños, son como una esponja: lo absorben todo y, aunque no lo parezca, les afecta. Incluso puede llegar a marcarlos muy negativamente en su desarrollo y expectativas.
               El amigo de mi amigo supo sobreponerse a ese mal augurio, que lo condenaría a ser un músico fracasado antes siquiera de intentarlo. Dicen que nunca fue la estrella de un megaconcierto, ni de la televisión, ni nada parecido. Por las circunstancias que ofrecía la música en su época, se decidió por compatibilizar la música con otra actividad laboral. Y, lo más importante; nunca se sintió un fracasado.
               La honestidad con la que abordaba cada tema, el respeto por los compañeros que compartían escenario con él, la claridad con la que se autoevaluaba y la integridad que siempre enarboló a la hora de valorar su trabajo, fueron su seña de identidad.
               Ahora, cuando ve y oye a esos adultos que les exigen a los chavales un nivel (en la música o en lo que sea), para el que aún no están formados, o les vaticinan el fracaso por adelantado, él murmura entre dientes: Por favor, no reflejes tu fracaso en otros.
               Además, el amigo de mi amigo, con el tiempo supo que el hermano de su compañero, realmente no había acertado con él, porque en la vida, no todo es triunfar. De hecho, aquél tampoco llegó a ser cura.