jueves, 22 de septiembre de 2016

A LA BASURA



Hoy he tomado una decisión: cuando llegue a mi casa voy a empezar a tirar cosas. Ya saben: papeles, cachivaches,  bolígrafos sin tinta, facturas de hace un montón de años, ropa sin usar y usada, zapatos viejos, calcetines desparejados, partituras, letras, cables, herramientas… Y es que ya está bien. He acumulado tanto material que estoy a un paso de ser diagnosticado como síndrome de Diógenes.
Pero no las tiraré porque voy a hacer limpieza. Que va. Cuando se está de fregado se tiran otras cosas. Esto más que una limpieza va a ser un expurgo. Un exterminio en toda regla. Porque díganme,  para qué coño quiero todo eso si cuando me hacen falta nos las encuentro. Los papeles que en un momento dado necesito consultar, no aparecen. Esa herramienta que justo ahora preciso, ni idea de dónde la puse. La ropa. Qué les voy a contar de la ropa que no sepan sus armarios. Por qué nos empeñamos en guardar algo que hace años compramos y no usamos. O, por qué no tiramos ya esas camisetas que lo están pidiendo a gritos. Total, me he vuelto majara y voy a tirarlo to. Prometido.
Y, aprovechando la locura transitoria, igual voy a hacer con mis miedos, prejuicios, angustias, inquietudes, malos recuerdos, fracasos… A la mierda todo. No sé cuánto tardaré en  este fregado, pero bueno, le echaremos paciencia. No voy a renegar de nada de lo que me deshaga. Total, todas esas vivencias me hicieron ser lo que soy. En lo que me he convertido. Sea lo que sea. Pero ya han cumplido su misión y es hora de vaciar la mochila. Ya resulta muy pesada para andar tirando de ella. Siempre me gustó la filosofía de esos indígenas que viviendo sobre chozas flotantes, dicen no poder meter muchas cosas en sus casas, porque, de lo contrario, se hundirían con ella. Así que, consciente de que toda esa carga me podría llevar al fondo; me libero de ella. Borrón y cuenta nueva. Gracias por los servicios prestados.
Lo malo en toda esta historia es que, de paso, mucho me temo que, irremediablemente, se van a colar en la caja de los desechos algunas ilusiones, sueños, expectativas, ganas de luchar por una sociedad mejor… Supongo que es el precio que hay que pagar por deshacerse de otras cosas. Así que tendré que ponerme manos a la obra y, de camino hacia el contenedor, ir apreciando todo lo que he aprendido y conseguido. Y no me refiero a lo material. Tendré que variar mi mirada. Ver desde otra perspectiva. Convencerme de que las cosas, cuando ocurren, tienen un porqué. Sin más.
Aceptar que nada es para siempre. He aprendido que un sueño cumplido puede resultar, con el tiempo, una carga molesta. Que un fracaso anterior, se ha revelado como el pilar de un éxito presente. Que se ha luchado por ideales que solo sirvieron para encumbrar a necios. Que se presumió de fuerza ante los más débiles. Que estropeé días maravillosos por discusiones inútiles. Que un mejor coche, no me hizo mejor persona. Que se puede presumir de los orígenes humildes. Que confundí amar con desear, querer con poseer…
Ahora quiero tener nuevos miedos, nuevas metas, nuevas ilusiones. Cometer nuevos errores, y, de paso, conocer a una nueva persona. A mí. No sé si llegaré a ser mejor o peor que el anterior. Eso no me preocupa. Pero el solo hecho de caminar con la mochila más ligera, ya merece la pena.
Solo espero que no me ocurra lo que en mi niñez que, siendo ya grandecito para seguir usando el chupete, lo tiraba por la mañana desde la ventana de la cocina hacia el patio de mi vecina, y por la noche iba a recogerlo.

De hecho, ayer mismo empecé la limpieza. Algunas figuritas que andaban por allí, las quité de dónde estaban y, aunque no las llegué a tirar, sí que las puse más cerca de la caja. Algo es algo. 

lunes, 25 de julio de 2016

LAS BUENAS NOCHES DEL GILIPOLLAS


Hace pocos días me encontré con una situación de esas que no son muy agradables. Todo ocurrió cuando me disponía a depositar la basura en el lugar habilitado para ello en mi barrio. Por cierto, que el lugar habilitado para ello, es una bonita rotonda lindando con las aulas de preescolar de un colegio público, con lo que la rotonda está hecha una porquería, la acera una guarrería, los chaveas tienen que aguantar olores todo el día y, esa rotonda (con fuente incluida), da una impresión de país menos adelantado. Pero así están las cosas. En nuestra ciudad. Málaga. Lo único que interesa es tener una pequeña parte del centro  limpia y a los barrios que los parta un rayo. O dicho de otra forma; que se los coma la mierda.
Pues eso. Les decía que llevaba yo mis bolsas de basura (orgánica y elementos varios para reciclar), cuando en la penumbra veo una bicicleta apoyada en un contenedor, por un momento pensé que alguien la habría dejado allí, pero inmediatamente y de prácticamente de dentro de un contenedor salió una persona. Además equipada para su labor: gancho de hierro para alcanzar lo que sea que le interese buscar allí, y linterna de minero. Claro, el pobre hombre pensaría que lo único que le hacía falta es que ese tipo que se acercaba caminando a los contenedores, se volviera a su casa pedaleando. Con su bici.
Total, que repuestos del repullo mutuo deposité mis bártulos y él siguió con lo suyo. Ya, ya sé que, desgraciadamente, no es una estampa extraña de presenciar. Ahí está lo malo. Ya estamos vacunados contra esas injusticias sociales. Vemos a personas hurgando en la basura con la misma indiferencia que observamos como los incívicos dueños de perros, nos dejan sus mierdas en aceras y zonas verdes. Todo es una basura. Nuestro compromiso también. Aquí, cada uno va a lo suyo, solo nos interesa ciertos jugadores de fútbol, ciertos cotilleos, ciertos politiquillos y, pare usted de contar. Por supuesto, a usted y a mí, no. Eso es a los otros. Además de ser una sociedad de basura, somos mentirosos ¿Quién vota a ese partido que nadie vota y que siempre gana? Nadie. Pos como eso to.
No les voy a hablar de los datos de crecimiento de los índices de pobreza que tenemos en este país de pellejo de toro. Ni de los de desempleo. Ni de los de emigración a otros países o provincias (yo hace ya 6 años, que tengo que ver como uno de mis hijos, año tras año, tiene que irse fuera para ganarse un futuro y un jornal). Los datos están ahí. Consúltelos. Analícelos. Piénselos. No dejen que otros se lo interpreten, hágalo usted mismo. Pero no desde un medio de comunicación, o al menos, no desde uno solo. Contraste la información y, sobretodo, salga a la calle.
Sí. Que sí. Que ya sé que los bares están llenos de gente, y todo eso. Pero eso no puede paliar el drama de un ser humano rebuscando en la basura. No. Cien sillas ocupadas en una terraza de verano no equilibran que un niño se vaya a la cama sin cenar. Hay que hacer algo. Joder.
Pero desde luego, no haga lo que yo aquella noche del encuentro, que mientras me acercaba a los contenedores y a ese hombre, solo atiné a decirle: Buenas noches.
Le podría (le tendría que), haber dicho un millón de cosas. Que si necesitaba algo que yo pudiese facilitarle esa noche. No sé. Un brick de leche, o una lata de conserva, o algo de primera necesidad. Yo que sé! Quizá ofrecerle un café, un vaso de agua… Joder, cualquier cosa. Incluso, haberle dado algunos de esos cacharros que se tienen guardados en la casa, esperando que algún día, por arte de birlibirloque, vuelvan a funcionar, o un par de camisetas de las treinta que tengo…
Pero no, yo con mi limpia basura de mierda, solo atiné a decirle a una persona que buceaba en la basura; buenas noches. Sólo me faltó plagiar a los americanos y, seguidamente, desearle que tuviese un buen día.

Hay que ser gilipollas.

lunes, 18 de julio de 2016

LA FIESTA DEL MILLONARIO



Quién me iba a decir que asistiría a una fiesta privada en casa de un millonario. Bueno, a mí me invitó un amigo del acaudalado, pero eso no le quita categoría a la cosa. La invitación exigía, traje de noche o cóctel a las señoras, y esmoquin o traje negro a los caballeros. Toma ya. Como al único esmoquin que tuve en mi vida -porque así lo exigía la orquesta en la que trabajaba-, le perdí la pista hace muchos años, me puse un traje negro y corbata. Cometí un pecadillo y me puse una camisa de mangas cortas en lugar de la manga larga. Pensé que con tanto protocolo no me quitaría la chaqueta en toda la noche. Así fue. Solo me quité la corbata, y fue justo después de ver al anfitrión, ya de muy madrugada, bailando una rumba con posturas inconfesables. Así que me dije; el protocolo ya se ha ido a la mierda; fuera corbata. Aun así, fui de los pocos que osó romperlo. Mi cuñao también se quitó la pajarita (joder, ahora que lo pienso, mi cuñao con una pajarita? Eso sí que da para un buen artículo). Sigo.
Dejen que les diga que no vayan a ver este artículo como una crítica a alguien que tiene mucha, y por lo que dicen, mucha pasta de verdad. Todo lo contrario. Cuando nos presentaron y nos saludamos, resultó ser una persona amable y educada. Así que, una vez cumplimentado el saludo al responsable de todo aquel cotarro, me dispuse a disfrutar de la fiesta. La noche contó con todos los ingredientes dignos de un fiestuqui de alto postín que se precie: Catering, barras con bebidas de calidad, canapés, camareros, champán francés...
En fin, además de todo eso, había un trío de jazz y un grupito de flamenquito, muy buenos ambos. Una mansión moderna que dicen costó una millonada y un garaje con cinco piezas de esas marcas que estás pensando. Sí, de todos ellos había una representación. Además, aunque no quisieras bajar al garaje para verlos; los verías, porque éste estaba estratégicamente ubicado justo al lado del servicio que había que usar para los invitados. Así que aunque solo bajaras con ganas de mear, subirías con un mosqueo de la hostia. Y además, como todos, pensando el coche que te llevarías. Un mojón te ibas a llevar. Solo el seguro de cualquiera de ellos vale más que el coche que me quiero comprar ahora.
La casa, que en otros años se organizaban visitas guiadas con los decoradores de la misma, estaba cerrada a cal y canto. En todas partes cuecen habas y, por lo visto, algún año anterior alguien muy bien vestido se había llevado algo que, intuyo, valdría una pasta. Pero por fuera se veía una casa muy bien y muy caramente, decorada. La piscina la habían cubierto y habilitado como pista de baile. Yo solo la pisé un poco para sentirme como aquél que pudo caminar sobre las aguas. Luego volví a lo que me interesaba; asaltar a los camareros de los canapés y mantener mi copa llena de champán. Gratis total. Solo había que pagar una contrapartida al propietario: Mantenerse en silencio mientras daba la bienvenida y ofrecía su discurso. Sí, por lo visto le gusta dar una charla en esas fiestas. Y, no crean, que no estuvo mal. Agradecí que no fuese un discurso de esos que terminan hablando de política, economía o de que hay que currar mucho en esta vida para ser millonario. El discurso de este año lo había dedicado a hablar sobre el Orient Express. No dijo nada que yo ya no hubiese visto en las pelis de mis años mozos, pero estuvo bien, y salió casi perfecto. Digo casi, porque, además de todo lo que les he dicho que allí había, añadan que también hubo: fotógrafos, presentadores, seguridad, drones que tomaban vistas de la velada (a mí creo que me pillaron una vez con el dedo en la nariz, joder), y… fuegos artificiales. Y estos últimos fueron los responsables de que la perfección se quedara en casi. Por lo visto, al nombrar la ciudad de Estambul, que es el destino del tren inaugurado en 1883, era cuando el discurso se había terminado y los cohetes hacían su aparición. Pero por motivos que no nos explicaron (menos mal), la palabra Estambul salió cuando aún faltaba parte del discurso. Y claro… se formó la de dios. El anfitrión gritando que se callaran los cohetes y el cohetero, ni caso. Cuando se acabaron los tronidos ser reanudó el discurso. Y esto fue paradójico, poco antes me enteré del intento de golpe de estado en Turquía. Así que no vi tan fuera de lugar los “disparos”, toda vez de lo que habría formado en las calles de esa ciudad.
Y en esas transcurrió la noche, entre canapés, alcohol de muy buena calidad, música, gente bien vestida, y unas vistas privilegiadas sobre el mar. Con mi agradecimiento, muy de madrugada, di por concluida la noche y me volví a mi casa. Y al llegar a ella reflexioné sobre lo acaecido esa noche.
En mi casa, no había ni seguridad, ni piscina, ni garaje con vehículos de lujo, ni catering, ni camareros, ni músicos (bueno, solo yo), ni cohetes…nada. Silencio. Y lo agradecí.
No les voy a contar, por muy cierto que sea, eso de que “No es más rico, quien más tiene; sino quien menos necesita”. Ni tampoco les diré eso de que “Era tan pobre, tan pobre, que solo tenía dinero”. No. No sería justo por mi parte hacer una crítica a alguien que abre las puertas de su casa a un grupo de amigos, y de amigos de sus amigos. En  este caso solo me queda mostrar mi agradecimiento y, de paso, esperar que el año que viene también me invite aunque sea de reserva.
Quizá cualquier día, en justa correspondencia, igual lo invito a picar algo en mi casa. No tendrá que venir en smoking, ni observar un protocolo riguroso; bastará con el decoro exigido socialmente. Habrá música, comida y bebidas (de ofertas, eso sí). Además, cuando vaya a mear, no tendrá que ver mi coche de 23 años. Y, por supuesto, no tendrá que aguantarme ningún discurso ni oír ruidos de cohetes.
Aunque bien pensado, igual me preparo algo a través de la Wikipedia para el discurso,  y lo de los cohetes lo soluciono poniendo, entre plato de papas y plato de queso, unas cazuelitas de garbanzos.

Veremos.

viernes, 10 de junio de 2016

LOS RECUERDOS


Como en otras facetas de nuestra vida, en esto de los recuerdos hay tres etapas. En una primera se empiezan a acumular en nuestro ser. En otra comparten espacio con las expectativas del porvenir, en una proporción considerable, y en una tercera ya ocupan la mayor parte de nuestra vida.  A medida que nos vamos acercando a esta última etapa es inevitable ir haciendo balance. Qué recordamos con agrado y qué con amargura. Además, aquí no hay interpretación, los recuerdos son los que son. Puede que los hechos no fuesen tal y como los recordamos. Aun así, lo que nos valdrá  para que nos juzguemos será lo que recordamos. Así lo recordamos; pues así sucedieron. Una putada o una ventaja, vete tú a saber.
Así que en esta especie de evaluación de los recuerdos, llegaremos -o no- a alcanzar la tranquilidad que se empieza a buscar. Puede que también lo utilicemos para buscar la justificación para aquello que hicimos o dejamos de hacer. No importa. Sea lo que sea los recuerdos nos van a ayudar. No hay que temerles. Ni mucho menos. Hay que aceptarlos. Ellos no te van a engañar, son muy transparentes. No vas a recordar nada -salvo, claro está, esas situaciones muy complicadas de tratar en estos momentos-, que te haga sufrir mucho. Los recuerdos están ahí para decirte cómo eres, cómo te has formado como persona, etc. Y también están ahí para que entiendas el porqué de las cosas. Por qué se ha llegado a lo que se ha llegado, o por qué no se ha llegado a eso que deseabas. Te van a desvelar tus equivocaciones y tus aciertos. La suerte que tuviste de estar ese día y esa hora en ese lugar, o todo lo contrario. Los recuerdos no son malos ni buenos. Aquello que ocurrió sí fue malo o bueno, pero el recuerdo solo es un acta de un hecho que ocurrió un momento determinado de tu vida. Ellos no te atormentan, ni te gratifican. Lo que hiciste o te hicieron sí.
Cuanto te ves en soledad, o en situaciones poco agradables, es cuando ese mecanismo se activa. Difícilmente asoman la nariz si te encuentras en situaciones placenteras. Nadie está en un momento feliz y se pone a recordar el día que estabas en la cama con la pata tiesa. Aún en esas circunstancias recordarás, si se dieron, esas visitas que te hacían los amigos y amigas, lo que te escribieron en la escayola y las ganas que te dieron de comer papas con tomate que te hacía tu madre. Pero poco más; una vida llena de recuerdos bonitos, es sinónimo de una vida bonita. Y lo contrario… pues eso.
Hay quien dice que tiene muchos presentimientos. No lo dudo, pero creo que realmente el presentimiento no es más que la conclusión de lo que recuerdas que has vivido. Supongo que se darán circunstancias parecidas a las que un día se dieron y nos ocurrió tal o cual cosa buena o mala. De ahí, tener un presentimiento determinado.
Cuando estemos en una determinada situación, y estamos buscando una salida para dar una solución a algo que creemos -o lo es-, un problema, debemos considerar esos recuerdos que nos asaltan. En base a ellos podremos tomar una decisión, no digo que la más acertada, pero sí la más argumentada. Lo que has intentado mil veces y ha fracasado; no se ha de insistir. Hay que saber cerrar puertas y abrir otras.
Si tienes una vida llena de magníficos recuerdos, y no te ocurre nada extraño; Qué haces pensando y recordando cosas. Disfrútala. Cuídala. Sigue acumulando material bonito. No tengas miedo a tener una especie de síndrome de Diógenes. Guarda todo por muy viejo que parezca, pero sólo si es tuyo, no recojas recuerdos de otra gente.
Si por el contrario estás en una situación difícil, complicada y que exige una decisión, evalúa tus recuerdos. Cuáles pesan más. Los buenos, los malos…
Ahí está la clave. Pero decidas lo que decidas hacer, ten en cuenta que seguir acumulando material malo, te llevará a ser una persona amargada, triste, sin vida. Y eso no beneficia a nadie.
Nadie me dijo que los recuerdos no son como los años, que se van acumulando sí o sí. Algunos nos vendrán dados porque sí, pero otros, sin límites, los puedes fabricar, se pueden moldear, se pueden provocar. Lo que hagas hoy de bueno, será un buen recuerdo mañana.
Nunca es tarde (hasta que llegue el día que lo sea, claro), para empezar a sembrar lo que serán buenos recuerdos, para que, si es tu caso, puedan compensar esos que ya están dentro de ti y te hacen daño. Es cierto que nos podemos equivocar y lo que creemos hoy que será un buen recuerdo mañana, no lo sea tanto. Es un riesgo que hay que asumir. Pero sí es seguro que lo que hagamos hoy de mal; no lo recordaremos como bueno mañana.
Yo acabo de iniciar esta táctica, terminar este escrito me dejará un buen recuerdo: El de haber reflexionado sobre algo que, quizá, pueda ayudar a alguien.
Corrie Ten Boon, escritora Holandesa que ayudó a los perseguidos por el régimen Nazi, nos dejó dicho: “Los recuerdos no son la clave para el pasado, sino para el futuro”.

Recuérdalo.

lunes, 8 de febrero de 2016

PUES DEMUÉSTRAMELO


            Tengo una amiga que también tiene la manía de escribir todo aquello que le da la gana en un blog. Lo malo es que lo hace muy de tarde en tarde, privándonos así de unas lecturas que siempre son muy interesantes y dan para mucha reflexión. Pero bueno, allá ella; nosotros nos lo perdemos.
            El caso es que no hace muchos días publicó lo que por ahora ha sido su última entrada. La tituló: Bailar a  la orilla del mar  (http://laberintodecristal5.blogspot.com.es/?view=classic), en esta entrada, ya verán, mi amiga habla de una curiosidad que le ocurrió (o se inventó, vete tú a saber), sobre una pareja que bailaban a la orilla del mar. No les voy a contar el artículo. Léanlo si quieren reflexionar un poco. Yo lo hice y al terminar su lectura me decidí a escribir un comentario en su blog, y ahí estará supongo.
            Bueno, como ven hasta aquí nada de extraordinario. Sin embargo, a la hora de darle a publicar el comentario, el ordenador. Sí han leído bien: el ordenador, me preguntó (sin comillas ni leches, a jierro), que le demostrara que no era un robot. Tiene cojones la cosa, eh? Además no le bastó con que se lo jurara por mi madre mirándole fijamente a su pantalla. Nada. Además en el colmo de la deshonra, me puso por delante unas fotos de muy mala calidad, y me pidió que señalara todas aquellas que, o eran galletas o pertenecían al género de las galletas. Galleta la que te daba yo a ti, pensé. Pero ya que me había tomado la molestia de escribir unas palabras para la autora del blog, decidí demostrarle que no era un robot.
Así que, de las seis fotos, cuatro eran manifiestamente una cosa distinta a galletas o algo parecido. Una eran unas galletas de toda la vida, pero otra… joé, una de ellas no tenía ni puta idea de si eran galletas (como ahora hay galletas de todo tipo, forma, sabores, colores…), o eran panes de pueblo, discos de embrague, o un carrillo de cojinetes. El caso es que también la señalé y, bingo. Quedó demostrado que no era un robot. Uf.
            Pasado este trance, me dio por reflexionar sobre la cantidad de veces que, a lo largo del año, semana, incluso día tenemos que demostrar que somos lo que somos y no somos lo que nos preguntas que si somos. Que no?
A ver, estamos obligados (los que tenemos vehículos), a pasar la ITV, para demostrar que nuestro coche puede seguir circulando. Nuestras casas tienen que pasar la ITE, para demostrar que, al menos ese día, no se van a venir abajo. Si te lías con trámites de administración, no te extrañe que te pidan una fe de vida, exacto, para demostrar que estas vivo, o un certificado de penales, para demostrar que no estás (de momento), en el talego. Fotocopias del DNI, para demostrar que eres residente… Y por si no fuesen suficiente las peticiones de demostraciones que te puede pedir la cuestión administrativa, la sociedad se ha inventado unas pocas. Qué pasa si no le llevas un regalito a tu parienta el día de los enamorados? Pues eso, que demuestras que no estás enamorado. O a tu madre/padre el día de la madre/padre…
Pues saben qué les digo. Que al final no me pareció tan deshonroso el tema de las galletas. Ya me gustaría que el próximo día cuando tenga que ir a demostrar que mi coche, a pesar de los 22 años que lleva soportando mi culo, sigue funcionando de puta madre, en lugar de tener que pagar una pasta y soportar que algún que otro empleado lo eche para atrás porque hay una mota de polvo en el salpicadero, me sentaran una mesita con varias fotos de gente andando por la calle y me preguntaran: “Si su coche funciona correctamente y no tiene pasta para cambiarlo, señale en cuales de las fotos que le han presentado, figura el gilipollas que diseñó el programa de las galletas para demostrar que usted no es un robot”.

Palabrita del niño Jesús, me encantaría.

jueves, 3 de diciembre de 2015

CARTA A LOS RECTORES MAGOS


Faltan apenas un par de horas para que se abran, de nuevo, los colegios electorales en la Universidad de Málaga. En esta segunda vuelta quedará elegida la persona que el colectivo universitario (Alumnos/as, PDI, PAS…), haya tenido a bien otorgarle una mayoría de votos. Por eso, ahora que nadie me ve y nadie podrá decir que en esta jornada y por medio de este artículo, me decanto por alguno de los dos candidatos, me decido a escribirlo. A modo de reflexión.
Sinceramente, he conocido sus programas electorales y todos me han gustado. Algunos más que otros. Pero todos hablan de hacer cosas positivas en esta Universidad de Málaga. Por tanto, mi agradecimiento a este par de finalistas. Y, por supuesto, al candidato anterior que ya no puede concurrir a esta segunda vuelta. Nuestra universidad necesita de gente así; comprometida, seria, trabajadora, preparada, con las ideas claras y libres de pagar peajes. Esa es la impresión que me han dado, y esa es la actitud que deberán trasmitir a lo largo del tiempo que duren sus responsabilidades de gobierno.
Así que dicho todo lo anterior, intentaré entrar en la cuestión que quiero pedirle a este futuro Rector Magnífico de nuestra Universidad. Institución de prestigio a nivel internacional.
No voy a caer en la tentación ( y mira que es fuerte, eh?), de hacer una lista de necesidades apremiantes. Ni lo haré pensando únicamente en el colectivo al que más específicamente pertenezco (PAS). Ni dentro de este lo haré para el colectivo al que estoy adscrito (laboral). Ni dentro de este lo haré para el grupo al que pertenezco. Y así hasta el infinito. Y no lo haré porque creo que ahí es dónde empezamos a equivocarnos. Nunca me identifiqué con eso de: “Y de lo mío, qué?”
Yo quiero una Universidad moderna, con igualdad de oportunidades para todos/as, libre de situaciones de injusticia laboral, comprometida con el servicio público y dotada de los medios personales y materiales, que ayuden a esta labor. Una Universidad en la que los colegios electorales sirvan para todos los colectivos, y no haya que ver como otros ejercen su derecho al voto en tu centro de trabajo, y tú (yo), tienes que irte a otro centro porque el colegio de tu colectivo está allí. Sería deseable una Universidad en la que la calidad sea una realidad, en lugar de unos objetivos marcados y unos indicadores -a veces difíciles de interpretar-, sin reparar en que los medios de los que se disponen no alcanzan, ni de lejos, para lograrlos. Aunque lo realmente asombroso es que se logran, gracias al esfuerzo de todos/as.
Una institución en la que los distintos servicios, áreas y otro tipo de divisiones, no estén en igualdad de condiciones, está condenada al fracaso más rotundo. Hay que fomentar la autonomía de éstos (dentro de la normativa legal), para que sean de utilidad máxima. Por supuesto, esto significa dotarlos de un mínimo presupuesto anual para mejoras en su servicio. No podemos tener a ningún colectivo discriminado en cuestiones tales como: dotación de medios informáticos, espacios de trabajo, sin posibilidad de dotarse ni de un bolígrafo sin tener que solicitarlo una y otra vez. Una Universidad transparente en su gestión, pero sin olvidar que previamente ha habido un proceso de participación. Esta última será la garantía de democracia real. Una universidad en la que no haya que ver cómo, mientras unos/as se dotan de material nuevo y funcional (como tiene que ser), otros tienen que soportar ser bloqueados, cuando no ignorados,  en peticiones de la misma índole.
Una Universidad en la que los/as alumnos/as sean los verdaderos protagonistas y el centro de toda actividad (junto con la investigadora). En definitiva, una Universidad de la que seguir presumiendo de formar parte de ella.
Queridos Rectores Magos, no sé si he sido bueno este año o menos bueno. Pero me haría mucha ilusión que, al menos algunas de estas cosas que he pedido (me han quedado muchas en el tintero, pero es lo que hay), se nos puedan conceder. Por todo ello dejaré mis zapatos en la ventana. Aunque si llueve no podrá ser porque tendremos que estar quitando el agua que nos entra en nuestro servicio.

Gracias.

viernes, 30 de octubre de 2015

REFLEXIONES SOBRE PARTICIPACIÓN CIUDADANA

REFLEXIONES SOBRE PARTICIPACIÓN CIUDADANA
POLÍTICA PARTICIPATIVA
Y
REGLAMENTO DE PARTICIPACIÓN EN LA CIUDAD DE MÁLAGA

Texto de la Conferencia:
Aprendiendo a Participar

El verbo aprender es de los más bonitos que hay en nuestra lengua. Implica actividad. Acción. Descubrir cosas nuevas. Enriquecerse personalmente. La vida, entre otras cosas, es un continuo aprendizaje del que nadie se puede desvincular. Si lo que debemos de aprender, es a participar, pues bienvenida sea esa instrucción.
La estructuración de estas III Jornadas, establece que se trata de hacer una exposición de ideas y opiniones, tomando como base el nuevo reglamento de participación ciudadana. Sin embargo, y como político les confieso que me interesan más los antecedentes que hacen necesaria una norma, que una explicación sobre lo redactado. Sería como si en lugar de conocer  los motivos, las necesidades y los procedimientos para la elaboración de una ley, habláramos únicamente sobre el articulado de la misma. El conocimiento de las motivaciones y circunstancias que hacen necesaria la implantación de una norma, es fundamental para la comprensión del texto redactado.
Será desde el ámbito de los técnicos donde se procederá a aplicar los procedimientos para poner en práctica esa normativa. Todo, una vez que la parte política ha matizado, consensuado y definido la redacción final de la norma.
Una redacción que se ha debido de enriquecer con las distintas aportaciones (personales, asociativas, profesionales, técnicas, legales, etc.). No olvidemos que un reglamento de participación, regula las relaciones que se establecerán entre: ciudadanos, colectivos y los gobernantes. Ni unos ni otros, tienen la consideración de técnicos.
La entrada en vigor de la ley 57/2003, de 16 de diciembre, de Medidas de Modernización del Gobierno Local, ha supuesto un replanteo sobre el derecho de la participación. Esta ley no ha significado, salvo en el tema de la participación ciudadana, ningún añadido considerable. Si bien es verdad, que la detallada regulación y ampliación de la participación ciudadana en los asuntos locales -especialmente en las grandes ciudades-, sí supone, de hecho, un nuevo papel del ciudadano ante el poder local. Pero no por la aparición de nuevos derechos, sino por la configuración de un derecho de participación más activo, con nuevos perfiles y nuevos contenidos, lo que supone la revitalización del principio de participación ciudadana.
Ya con anterioridad a esta ley existían mecanismos y formas de participación:
ü  La consulta  popular.
ü  La asistencia a las sesiones plenarias.
ü  Al derecho de exponer en el Pleno.
ü   Etc.
Aunque la creciente preocupación por la participación ciudadana, ha llevado a los responsables políticos a utilizar nuevos mecanismos para fortalecer la referida participación, como han sido los de planes de actuación y formación, o los presupuestos participativos.
Quizá para algún equipo de gobierno -ante la entrada en vigor de esta ley-, las preguntas claves a resolver en materia de participación, serían:
ü  Cómo se realiza esta participación.
ü  A quién se le da protagonismo en los procesos participativos.
ü   En qué fase de los procedimientos interviene el ciudadano o colectivo.
ü   O, sobre qué materias.
Desde luego para otros, contestar a estas preguntas no tiene ninguna dificultad, ya que se tiene la convicción, de que la participación tiene que ser directa entre los ciudadanos, los colectivos y los gobernantes. Con unas cuotas de protagonismo directamente relacionadas con el grado de implicación y la responsabilidad de cada uno de los sectores. Por supuesto, que dicha participación se ha de hacer efectiva desde el mismo inicio del procedimiento, y sin que existan materias tabúes para ello, excepto aquellas cuestiones que por ley sean consideradas  secretas o de seguridad nacional.
Esta forma de entender el proceso participativo no significa, en modo alguno, realizar dejación de funciones de los cargos electos, ni de eludir responsabilidades políticas. Un proceso participativo pretende enriquecerse, desde distintos puntos de vista, sobre una cuestión determinada. La toma de decisiones, y por tanto las responsabilidades derivadas de las mismas, siempre recaerá en el ámbito de lo político.
Como bien saben, en nuestra ciudad ya disponíamos de un reglamento de Participación Ciudadana (Por cierto, que finiquitamos aquel reglamento con un grado de incumplimiento sonrojante. Casi uno de cada tres artículos de aquel reglamento fue incumplido sistemáticamente en los Distritos).
Entre los instrumentos de participación que establece esta nueva ley, que seguro vamos a oír hablar de todos ellos en la jornada de hoy, se instaura para las grandes ciudades, el de la regulación, por reglamento orgánico, de los procedimientos de participación ciudadana.
Sin embargo, tener elaborado un Reglamento no es garantía, en absoluto, de que nuestra comunidad sea participativa, ni que nuestros gobernantes tengan en consideración esa participación. Aunque sí es cierto que, cada día más, los gobiernos locales están interesados en la creación de un “espacio municipal del ciudadano”.
La asunción de nuevas competencias, requieren de nuevos modelos organizativos que implican cambios en los gobiernos locales. Cambios en los hábitos de actuación motivados por una mayor demanda de participación, y que van situando a los ayuntamientos, más en la línea de gestores e impulsores de los servicios, que de aquellos situados en el centro administrador y burocrático del municipio. Es decir, en la línea de ayuntamientos al servicio del ciudadano, en lugar del recaudador y alejado de la realidad de la calle.
Pero mientras se van consolidando esos espacios ciudadanos, estamos asistiendo a una moda que se está convirtiendo en el tema favorito de muchos políticos: hablar de Participación Ciudadana.
De una forma un tanto frívola, se enarbola la bandera de la participación a cada instante. Seguro que tod@s tenemos dudas de que el proceso participativo, tal y como se podría desprender de informaciones más o menos interesadas, esté presente en toda actuación ejercida por los responsables políticos. En realidad, los procesos participativos de importancia se dan, hoy por hoy, en muy contadas ocasiones.
Ya sabemos que el primer paso para resolver un problema, es reconocer que existe. No creo estar realizando una crítica sin fundamento, si digo que nos queda mucho camino por andar en el tema de la participación ciudadana. Es lógico que así sea y no hay nada malo en reconocerlo. Aunque el camino, se hará más o menos tortuoso dependiendo del grado de implicación y compromiso que tengamos los políticos.
El tema de la participación es una cuestión tremendamente compleja. Para llegar a una fase en la que los ciudadanos se sientan partícipes de primera fila en una gestión, hace falta tener en consideración múltiples variables.
Siempre hecho en falta, cuando se hablan de estos temas de participación, las referencias a que la acción participativa se realiza por personas y colectivos que no son, ni técnicos como ya dijimos anteriormente, ni profesionales de la gestión. Son colectivos que voluntariamente se implican en actuaciones con el ánimo de mejorar la gestión, aportando su visión y conocimiento sobre algunos aspectos que les afectan de forma más o menos directa.
Esto que es una realidad palpable, resulta que queda en un segundo o tercer plano la mayoría de las veces. Por ejemplo, el horario de las convocatorias de los órganos de participación, determinará una mayor o menor asistencia de personas o colectivos.
Nuestra forma de vida nos obliga a estar sometidos a horarios laborales, y el tiempo libre es escaso y muy delimitado. Por tanto, hay que tenerlos en cuenta a la hora de plantearse convocatorias ciudadanas, ya sean realizadas éstas por la administración o por una organización ciudadana. La calidad de los espacios de reunión o formativos, y el día de la semana, junto a otros aspectos, influirán sobre el número de asistentes.
   Por tanto, como ven, y ante la cantidad de variables que influyen, la participación ciudadana no es un asunto que se vaya a consolidar en nuestra sociedad -como una forma natural de actuación-, porque dispongamos de normativas más o menos amplias.
Por supuesto que tiene que haber leyes, normas y reglamentos que la regulen, y que permitirán a las autoridades de todos los niveles (estatal, autonómico y local), utilizar un largo abanico de instrumentos de participación, pero todo esto de poco servirá si no hacemos una labor grande de concienciación ciudadana. De promoción de la participación.
En definitiva, hay que instalar una “política de participación”. El designarlas como política, la estamos elevando de rango, ya que implica la intervención del gobierno, del legislador nacional y de las autoridades regionales y locales, porque son estas últimas autoridades las que están directamente afectadas, y algunas medidas son de su competencia. Hay que incorporar a estas autoridades dentro de la definición de lo que sería esa “política de participación”.
Me gustaría, en este tiempo que me queda por compartir con ustedes, ofrecer algunas reflexiones sobre:
ü  Qué es la Participación Ciudadana.
ü  Cual es la importancia de la Participación.
ü  Qué tipo de Participación tenemos, si real o teórica.
ü  Y, en último lugar, cuáles serían las nuevas formas de participación que demanda esta sociedad nuestra.
Respecto de la primera pregunta: Qué es la Participación Ciudadana, habría que decir que ésta es un derecho que se ejercerá o no, desde la libertad de elección de las personas. “Es la que permite, como dice el Comité de Ministros del Consejo de Europa, hacer el contrapeso adecuado en la balanza del poder político, son los mismos ciudadanos quienes tienen la capacidad de hacerse oír y de saber lo que se hace por ellos y para ellos”.
Pero lamentablemente, las personas y colectivos asociativos también pueden verse privadas de ese derecho, de una forma manifiesta (en lo que supondría sin ningún tipo de dudas estar inmersos en un régimen antidemocrático), o sutil, que en mi opinión, es la forma más deplorable de usar a las personas respecto de la participación ciudadana.
Ya saben, aquello de:
ü  Ofrecer información en lugar de participación (te informo, luego participas). La información será inicio y cierre del ciclo. Pero nunca una única información se podrá considerar como final de proceso alguno.
ü  No tener en cuenta nada de lo que se aporta desde las personas o los colectivos en los foros participativos (di lo que quieras que yo haré lo que me apetezca).
ü  Tener la actuación prácticamente decidida antes de contar con las aportaciones ciudadanas directas o indirectas. Y por consiguiente, dejar muy devaluadas éstas últimas.
ü  Etc.
Usar de forma ambigua los procesos participativos, es tan despreciable como impedirlos.
“Para gobernar, tal y como dice la Federación Española de Municipios y Provincias, hay que introducir cambios en los procesos de toma de decisiones. Cambios para aumentar el grado de responsabilidad, democracia y transparencia de la acción del gobierno local. El mejor camino para saber cuáles son las necesidades ciudadanas, e incluso, poderse anticipar a ellas, es incorporar las instituciones ciudadanas en la toma de decisiones”
  Hay muchas más declaraciones de este tipo. Hasta el sentido común nos indica que es mucho mejor, para la sociedad y las personas en general, fomentar la participación que obstaculizarla. Sin embargo, a pesar de esta obviedad, aún hay quien se empeña en no entenderlo así.
Incluso desde foros muy implicados en el fomento de la Participación se pueden leer curiosidades como que: “Se requieren gobiernos con capacidad de liderazgo y de ilusionar a la ciudadanía. Se necesitan ciudadanos y ciudadanas capacitados y entrenados para intervenir en los asuntos públicos...”
Vaya por delante que comparto totalmente esta aseveración. Sin embargo, exigimos ciudadanos y ciudadanas capacitados y entrenados, mientras que esos mismos valores -fundamentales para ejercer la intervención en los asuntos públicos-, no nos los exigimos a nosotros mismos, los políticos.
Es cierto que el mismo documento dice que hacen falta políticos (gobiernos) con capacidad de liderazgo y de ilusionar ¿Me podrían decir, qué haríamos con un fantástico líder ilusionante, pero sin la mínima capacidad, ni habilidad para intervenir en los asuntos públicos?
"La Participación Ciudadana es la culminación del proceso del conocimiento y la incorporación, en su caso, de las aportaciones ciudadanas y colectivos asociados -derivadas tras un proceso de información, reflexión y diálogo-, en las decisiones que han de emanar de las estructuras de gobierno”.
Decía Groucho Marx que: “La política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados”.
Desde luego, no estoy de acuerdo con esa definición que dijo el ingenioso Groucho. Sin embargo, reconozcamos que algunos políticos parecen seguir esa consigna a pies juntillas. Aunque eso sólo significa, como diría un castizo, que “hay gente pa to”. Y precisamente porque hay gente de todo tipo, es por lo que tenemos que estar vigilantes los ciudadanos y las ciudadanas. De ahí la importancia de la participación. Ejerciendo, en este caso, las funciones de control de las actuaciones políticas.
Imaginen que tenemos a unos dirigentes que  nos buscan problemas, que los hacen realidad, que no hacen una correcta evaluación, y que, al intentar solucionarlos, se vuelven a equivocar.
En tal caso, lo mejor que podemos hacer es ir planteándonos no volver a designarlos más como nuestros representantes. Pero claro, las legislaturas en nuestro país son de cuatro años ¿Qué ocurre si este diagnóstico ya se da desde los inicios de su gobierno?  Entonces únicamente nos queda por hacer una cosa responsable:
ü  Implicarnos en la gestión para que no nos busquen más problemas.
ü  Ayudar a evitarlos o detectarlos a tiempo.
ü   Y, colaborar en la búsqueda de remedios efectivos que los solucionen.
Digo que nos queda por hacer una cosa responsable, aunque también podría decir que podemos “pasar” de esos políticos y esperar a que terminen su legislatura; pero eso no sería responsable. Quizá comprensible, pero desde luego, nunca responsable.
Implicarse en los procesos participativos es fundamental para el avance de una sociedad. Además de  estar ejerciendo un derecho, nos estamos ganando otros:
ü  El de poder dar fe de los acuerdos tomados en relación a temas concretos
ü   El de ser partícipes de primer orden.
ü   Etc.
En definitiva, participando nos ganamos el derecho de  poder decir: “ya avisé, o avisamos, de que eso no funcionaría tal y como estaba diseñado”
El pasado 2 de junio estrenamos un nuevo Reglamento de Participación Ciudadana, y eso está bien. Está muy bien que quede constancia por escrito sobre lo que se pretende llevar a cabo desde un Ayuntamiento. Claro que esta cuestión estará muy bien siempre que haya una voluntad manifiesta de llevar a la práctica todo aquello que se ha escrito. Huelga decir que, en caso contrario, tener un Reglamento, ya pueda estar éste redactado a lápiz o con letras de oro, no vale para nada si no se cree en él. A veces la diferencia entre una participación real o teórica no están tan alejadas.
Pero insisto, una vez que la voluntad política es la de adquirir un compromiso con la ciudadanía, no está nada mal que éste quede plasmado en negro sobre blanco.
Una vez realizado este proceso y publicado en donde legalmente proceda (en este caso en el BOP), pasará a ser una “ley municipal”, y como tal, de obligado cumplimiento. Claro que, en este caso, una ley en minúscula, ya que si se incumple no pasa nada, al menos nada sancionador. Mientras que, por ejemplo, en la mencionada ley 57/2003, en sus artículos 139, 140 y 141, sí que  establecen un régimen sancionador para las conductas cívicas de las personas en la vía pública. Pero, de sanción a las administraciones por incumplir articulados de un Reglamento de Participación Ciudadana, del que se han de dotar, no dice nada de nada.
Sin embargo, sí que pasa. Y pasa que ese Reglamento, ante los incumplimientos que se puedan hacer de sus estipulaciones, pierde credibilidad. Pierde consistencia. Sería como aquellos padres que siempre les dicen a sus hijos que los van a llevar al circo y nunca lo hacen. Al final esos padres perderán credibilidad ante sus hijos, y, lo que es tremendamente más grave, estarán formando a seres en un ambiente en que se les da a entender que la palabra dada, que los compromisos adquiridos; ni obligan, ni valen para nada más, que para ser usados a modo de chantaje. Les prometen que los llevarán al circo para que hagan tal o cual cosa, pero no tienen voluntad de cumplirlo.
La elaboración y entrada en vigor de un Reglamento de Participación Ciudadana, no se puede convertir en esa promesa del circo que, desde el ámbito político, no se piensa cumplir. Esas cuestiones, al final, hacen de l@s ciudadan@s implicados en la participación, unas personas recelosas de la clase política. Por el contrario sirven de justificación para aquell@s que propugnan que participar no vale para nada, que al final nadie les hace caso. Tod@s sabemos que esto no es así; lo democrático y deseable es tener una sociedad participativa. Y esto únicamente se consigue, si todos nos convencemos de que somos las piezas necesarias del engranaje.
Y por encima de todo lo expresado está la toma en consideración de aquello que se ha aportado por l@s ciudadan@s. Es decir, prestar atención a lo que proponen los vecin@s. Porque seamos sinceros: Un Reglamento de Participación Ciudadana es, además de una declaración de intenciones y el establecimiento de unas reglas y normas de funcionamiento, la concreción, estructuración y secuenciación de unos procedimientos y órganos de participación. Sin que ello implique, en absoluto, la obligatoriedad de llevar a cabo lo sugerido en el seno de esos órganos de participación. 
Por tanto, podremos in concluyendo que un Reglamento de Participación Ciudadana, además de por la literalidad, tiene que ir acompañado de una voluntad política de cumplimiento de lo estipulado, y de la toma en consideración de aquello que haya sido sugerido dentro de  las estructuras de participación, siempre que éstas sean de competencia municipal, de que existan, en su caso, recursos suficientes y proyecto de ciudad que las acoja, y que no supongan una discriminación entre los ciudadanos o los barrios.
Todo lo que se diga desde el ámbito político, ya sea de palabra o por escrito, se configura como de obligado cumplimiento. 
Recientemente, en nuestra ciudad hemos tenido ejemplos de disponer de una participación más teórica que real. La puesta en práctica de unos presupuestos participativos (que ante la evidencia de que no eran tales, terminaron llamándose “experiencia piloto”), ha sido una actuación que puede presumir de que ningún colectivo ni persona ha participado en el diseño de los mismos. Pero no han participado porque no han sido llamados para ello. La única aportación ciudadana se ha realizado a través de cumplimentar unos folletos y sobre unos conceptos previamente estipulados.
 En esta experiencia se ha decidido, sin la participación ciudadana, e incumpliendo un par de artículos del actual Reglamento de Participación Ciudadana, una cantidad de dinero. Igualmente, sin la participación ciudadana, se estableció un fijo a cada distrito municipal. Luego, sin participación alguna, se decidió incorporar un baremo para repartir el resto del dinero que les tocaría a cada distrito. Finalmente se crearon unas comisiones de evaluación y estudio, en las que, por supuesto, no están presentes ni colectivos ni personas.
Lo paradójico será comprobar como, fuera de los límites de nuestra ciudad, se podrá vender que en Málaga hay una experiencia piloto (asumamos que es una experiencia finalmente), sobre los presupuestos participativos. Cuando la realidad es que no ha existido participación alguna que valide la calificación de participativos. Todo, a pesar de que ya en 1996, en el transcurso de una Asamblea de Ciudades y Autoridades Locales celebrada en Estambul, Las Naciones Unidas, calificara como “una buena práctica de gestión urbana” la articulación de los presupuestos participativos en el ámbito local.
Como última consideración, responder a cuáles serían las nuevas formas de participación que demanda esta sociedad
Nuestra sociedad se configura cada día más poliédrica. Pasamos de ser individualistas a sociales, de insolidarios a hermanos, de pasotas a comprometidos, o de intolerantes a comprensivos, y viceversa, con una facilidad pasmosa. Pero es la que tenemos, y ejerce su capacidad de adaptación en el mismo instante en que estos cambios se producen. Difícilmente se podría configurar de otra forma dentro del proceso de globalización que hoy todo lo preside.
Lo que hace apenas unos decenios era una información que tenía cierta vocación de permanencia en un tiempo razonable, hoy en día puede perder actualidad en apenas unos segundos. La capacidad de análisis y procesamiento de estos cambios nos afectan en nuestro quehacer diario.
Precisamente esta realidad de lo inmediato aporta más valor al movimiento asociativo y a la reflexión ciudadana, dado que mantener un sistema deliberativo de las cuestiones, aporta una visión reflexiva de la que hasta los propios políticos a veces carecemos.
Hay quien dice que hacer política significa decidir sobre dos malas soluciones. Quizás practicar la reflexión y la deliberación con distintos agentes, nos libere de esta carga.
Desde esta perspectiva es la que hay que abordar las nuevas formas de participación que demandan nuestra sociedad. La observación -actuación plenamente aceptada como método científico de investigación-, deberá ser, por parte de los responsables políticos, la herramienta fundamental para detectar los cambios que se van produciendo a nuestro alrededor.
La sociedad envía mensajes continuamente en los que manifiesta su parecer sobre determinadas cuestiones. No me refiero a que mediante discursos, escritos, u otro tipo de comunicación explícita, la sociedad nos haga llegar lo que le agrada, disgusta o demanda.
Como en cualquier proceso comunicativo, existen muchas formas de enviar mensajes. Dependerá de los códigos empleados, que emisor y receptor lleguen a entenderse plenamente. Prestar atención, prestar oído, puede ser una actuación determinante para detectar el mensaje.
Una de las grandes lecciones que me han dado en política    -aparte de la constatación diaria de la honestidad y capacidad de trabajo de la gran mayoría de los cargos electos que conozco-, me la dio un vendedor de un producto comercial.
            Ustedes saben, que los colectivos de una misma temática suelen realizar jornadas formativas en las que se pretenden encontrar, o dar a conocer, nuevas fórmulas de progreso en sus actividades. Los políticos hacemos lo mismo. De vez en cuando organizamos jornadas para ir formándonos en esta difícil tarea del servicio público. Pues bien, estaba yo en unas jornadas de esas, cuando al cabo de más de 2 horas, abandoné la sala de conferencias para ir al baño.
Como suele ocurrir, éste estaba al fondo -sólo que en lugar de a la derecha, en aquél espacio era a la izquierda. Pero el pasillo era largo eh?  Al volver, me fijé en que en un espacio que estaba más allá del que nosotros estábamos ocupando, había movimiento de personas y un gran cartel que anunciaba algo sobre el producto en cuestión.
El caso es que, a esas jornadas a las que yo asistía, y en las casi 3 horas en las que ya llevaba, no había sacado gran cosa en claro; no digo que las jornadas fuesen malas, pero yo no había obtenido nada interesante. Total, ante este panorama decidí curiosear a ver qué era aquello que con gran énfasis proclamaba, micrófono en mano, aquel vendedor. Y, tal como me temía, era una reunión en la que se buscaban distribuidores de aquel producto.
Una vez que comprobé el motivo de aquella reunión, me disponía a volver a mi sala de reuniones, cuando oigo al señor que dirigía todo aquello decir: “Pero tener muy presente lo que os digo (ahí me picó un poco más la curiosidad y aguanté en la puerta para conocer aquello que ya me intrigaba): ¿Qué creéis que la gente recordará de nosotros? (Evidentemente se refería a lo que recordaría el cliente del vendedor o vendedora) Y él mismo se contestaba: “La gente no recordará lo que le decíamos cuando estábamos con ella”. “La gente tampoco recordará lo que nosotros hacíamos mientras estábamos con ella”. “Lo que la gente recordará, es cómo se sentía cuando estaba con nosotros”.
Desde luego las cosas se pueden decir a más alto, pero no más claras. Así que me dirigí a la sala en la que llevaba toda la mañana intentando aprender algo, recogí mis cosas y me fui a otros menesteres. Ese vendedor, que por su forma de dirigir aquella reunión, parecía más un predicador que un comercial, me había dado la gran lección política del día.
Ya ven, me bastó un poco de curiosidad y actitud de oír o que alguien decía, para sacar provecho de unas jornadas que se estaban poniendo algo duras de digerir.
Si este tipo de estrategias, desde los poderes públicos las ponemos en valor, lograremos detectar las nuevas necesidades de participación que nos demandará la sociedad.
Por supuesto que otra forma de detectarla, a la que sin duda hay que atender, es a la convocatoria de personas y colectivos para abrir el debate sobre esas nuevas formas que la calle está demandando.
Por tanto, permítanme que no me arriesgue a decir cuales serían esas nuevas formas de participación que demanda la sociedad. De atreverme ha hacerlo, el proceso que yo habría empleado en este mismo instante, sería de cualquier tipo, menos participativo.
Muchas gracias por su atención, y les emplazo a que, entre tod@s, busquemos cuales son esas nuevas formas de participación que se consideran deben de ponerse en funcionamiento.