viernes, 11 de septiembre de 2015

PERDÓNAME (Letra de canción)



 Se acabó,
            Ya no llego a más,
                        Entre tú y yo, ya no hay nada de qué hablar.

Por favor,
            No lo alargues más,
                        Lo bueno si es breve, bueno mucho más.


Quiero que seas feliz,
            Y no quiero que sufras, por mí.

Creo que es lo mejor,
            Que puedo hacer por ti.


Ya lo ves,
            Es muy duro así,
                        El tiempo no pasa, para ti ni para mí.

Ayer,
            Siempre fue mejor,
                        Eso es lo que dicen, yo creo que no.

Volverás,
            A ser feliz,
                        Con las cosas que antes te hacían sonreír

Ya verás,
            Como ocurre así,
                        Lo nuestro fue un sueño, que no llegó a vivir

Perdóname,
            Si te hago sufrir,

                        Digo lo que siento, y lo siento por ti.

Perdóname...

PIEL DE FUEGO (Letra de canción)



 Noches vacías,
          Mucho que pensar,
                     Cartas sin nombre, que aún mienten sin parar.

Solo el recuerdo,
          Ya te jode mucho más,
                    Pero ya sabes, hay quien habla por hablar.


            Luz de luna.
                        Piel de fuego.
                                   Amor, para entregar.
                                               Sábanas blancas donde amar.

            Cuerpos juntos.
                        Piel mojada.
                                   Libros que ordenar.
                                               Cama desecha que arreglar.

Y ahora ya sabes,
            Que no debes confiar,
                                    En quien confunde, su deseo con amar.

No te avergüences,
            Por haber querido así,
                                   El que más pone, suele ser quien pierde más.

Luz de luna.
                        Piel de fuego.
                                   Amor, para entregar.
                                               Sábanas blancas donde amar.

            Cuerpos juntos.
                        Piel mojada.
                                   Libros que ordenar.
                                               Cama desecha que arreglar.




                                                                       Luis Navajas

LA REPORTERA QUE METIÓ LA PATA

 
Lo siento, no podía quedarme callado ante la canallada que he visto cometer a la reportera de la televisión Húngara, Petra Laszlo; más conocida como “Petra la zancadilleadora”. A la tal Petra la han pillado con la pata en alto. Pero no crean que iba a mear o algo así. No. Ella zancadilleaba a niñ@s o personas que l@s llevaban en sus brazos, para que cayeran al suelo y así  tener unas imágenes más impactantes de los refugiados sirios que corrían buscando una oportunidad en tierras extrañas. Ya saben, la noticia con sangre entra. Qué pena.
 De todas formas, la metedura de pata de Petra Laslo, va a quedar como una anécdota ante la marea solidaria que se está dando en Europa en estos momentos. Hay muchas Petras esperando en los andenes de Alemania, Austria, Hungría, España…, no  para poner trampas a los refugiados. Estas están ahí para ofrecer alimento, alojamiento y ropa a los recién llegados. Gente que ha pedido permiso en su trabajo para irse a esperar a estos desplazados de una guerra, como todas, injusta e inhumana. Quizá a alguna Petra, en otro lugar, le ha tocado curar las heridas que hubiese podido ocasionar esta Petra Laszlo de los cojones. Siempre habrá quien está dispuesto a derribar a otras personas, pero también habrá quien estará ahí para tenderle una mano, sin que esto signifique que hay equilibrio. Ninguna maldad cometida por un desequilibrado tendrá contrapartida que la compense.
            También he leído que la que realmente ha salido zancadilleada ha sido la propia reportera. La han despedido. Vaya papelón el de la carta de despedida: “Le comunicamos su cese inmediato, por haber metido la pata”. Sin más.
Pues sí, se lo tiene merecido. Si no hay por allí alguna cadena de estas que les gusta contratar a la especie carroñera, la tal Laszlo, tendrá que ponerse en la cola de las oficinas de empleo para poder sobrevivir. No me gustaría encontrármela en esa cola. Sabiendo que, para obtener unas imágenes, ha sido capaz de tirar al suelo a personas desvalidas; qué no será capaz para pillar un currelo. Miedo me da.
Veo las imágenes una y otra vez. Trato de ver en esa mujer -entre tanta maldad de la que hace gala-, una acción de solidaridad, compasión, empatía…, pero no hay nada de eso.
Sí me llama la atención su vestimenta; va completamente (pantalón y camisa), de ropa vaquera. Como si se hubiese preparado ese día para conducir ganado al que otros desalmados también tratan a patadas. Toda una premonición.
Supongo que fue vestida así porque ese día el uniforme nazi lo tenía en la tintorería.

viernes, 4 de septiembre de 2015

LA RESPUESTA




Me hace gracia esta preguntita que, siempre que entramos en nuestro muro de Facebook, nos hace la paginita: “¿Qué estás pensando?”
 Normalmente la miro y le digo: A ti qué coño te importa. Pero a veces la tentación es fuerte y uno escribe cualquier chorrada. Pues bien, un día acepté el reto y puse lo que estaba pensando. Escribí: Pues ya que me preguntas (Facebook), que qué pienso, te diré que estaba pensando en lo considerad@s, atent@s, educad@s, solidari@s, simpátic@s, sensibles, empátic@s..., que somos en este medio social, pero, en nuestras relaciones personales somos así? No lo sé, que cada uno se conteste. Pero es una pena tener mucho tiempo para estar enganchado a la red y no para tomar ese en café. En compañía”.
Según los datos de “audiencia” esta reflexión tuvo 15 personas que le gustó el comentario. Cuatro personas se tomaron el trabajo de escribir algo, dos de ellas me emplazaron para tomar café (que aún está pendiente), otra que era muy bueno el comentario y otra… bueno la otra no me mandó a la mierda, supongo que por consideración (pero es muy educada ella, eh?).
Pero sí que me dio sus razones, sus muy buenas razones, para defender lo que ella consideró que era lo contrario que yo había dicho. Pero no se crean que despachó el asunto con unas líneas (que le agradecí), en el Facebook, no; lanzó un reto al final: “Un día escribiré sobre ello”. Y lo hizo. Además en un buen artículo que publicó en su blog y muro, creo recordar. Lo tituló: “Facebook una ventana al mundo”.
En esencia ella defiende las bondades de Facebook y la utilidad del mismo. Por supuesto, también es consciente de los usos malvados (ella dijo que entre los motivos para estar en la red social, también está el que “algunos entran por motivos menos honorables”, nótese que dijo: algunos. Ya saben a los tíos se les pilla rápido).
Pero ya les decía que la respuesta fue para intentar rebatir lo que yo dije. El caso es que yo no dije lo contrario que ella adujo. Ahí es donde se equivocó. Estoy totalmente de acuerdo con su argumento: Facebook, como cualquier red social, siempre va a ser beneficiosa si no pervertimos su uso. Pero tenemos que enseñarnos a usarla. No digo cómo usar la página y sus posibilidades. Digo enseñarnos a que no debemos dar una imagen distinta a como somos. No tod@s entendemos de literatura, música, física, medicina, psicología, arte, diseño, informática… Igual que no somos tod@s alt@s, rubi@s, licenciad@s, moren@s de ojos verdes…
A eso me refería yo con mi reflexión ¿Realmente somos en la realidad como nos presentamos a través de la red? Y añadí que no lo sabía.
El reto para mi amiga la escritora, fue cuando dije que: es una pena tener mucho tiempo para estar enganchado a la red y no para tomar ese en café. En compañía”. Y lo mantengo. Hay quien emplea tanto tiempo en estar sentado frente al ordenador que se pierde las bondades de las relaciones sociales directas.
Venga, levántate (levantémonos) y vamos a tomar café (solo o descafeinado) y mostremos nuestra sonrisa en directo. Así veremos que, afortunadamente, la mayoría de la gente que nos relacionamos por la red, sí somos como decimos que somos, o mejores aún.
Yo por lo menos, qué coño!

                       


                                                                                                          Luis Navajas

miércoles, 2 de septiembre de 2015

¿ME CONCEDES ESTE BAILE?



Venga, sé sincero, sé sincera. ¿Cuánto hace que no has bailado en compañía? Pues no sabes lo que te pierdes. Si por el contrario es algo que haces con relativa asiduidad; felicidades. Yo suelo hacerlo con menos frecuencia de lo que me pide el cuerpo.
Pero vayamos por partes. No me refiero a bailar en una discoteca, sala de baile, bodas, etcétera. Mi pregunta es: ¿Bailas cuándo oyes esa melodía que te anima a ello? No me digas que no te entran ganas de moverte en las situaciones más cotidianas (parado en el semáforo, viendo la tele, en el bar de la esquina…). ¿Lo has hecho alguna vez? Yo -ya te digo-, algunas veces sí, y te aseguro que se queda uno/a como perro al que le quitan pulgas. He bailado -y pienso seguir haciéndolo-, en aparcamientos, semáforos, salón de mi casa, terrazas (públicas y privadas), cocina… Además, ver la cara con la que te mira la gente de tu alrededor, no tiene precio. Bailar por impulso no es lo mismo que hacerlo para exhibirse, para demostrar lo que se ha aprendido en la academia, o para cualquier otro tipo de cuestiones estéticas. Bailar es compartir. Hay quien dice que la música es el único arte que nos acompaña en el tiempo y que transcurre a la vez que va pasando nuestra vida. Eso dicen, y yo estoy totalmente de acuerdo.
Claro que en todo esto hay que contar con el factor del miedo al ridículo. Una gilipollez que, más o menos, todos tenemos cual espada de Damocles. Pero si eres de los que puedes dominar esa sensación tan incómoda, disfrutaras un montón y descubrirás cosas. Pequeñas cosas: una mirada que creías pasada, unas expresiones que el tiempo y el hastío habían borrado, unos deseos que se niegan a rendirse a los años… Por favor, no te pierdas más esos momentos en los que la música te susurra que la acompañes. Además, para facilitarte la cosa, te diré (aquí mi teoría), que, si realmente te da corte hacerlo, no hace falta que te pongas a dar brincos en medio de la calle o de la oficina solo. No. Si no tienes al lado a esa persona con la que te gustaría compartir ese momento mágico, puedes bailar con ella/él a través de las palabras, llámala o escríbele. “Cuéntale” la canción que te ha incitado a cometer esa pequeña y maravillosa locura, y que la quieres compartir con ella/él. Explícale lo que estás sintiendo en ese preciso instante. Si estas confidencias se producen en ambos sentidos; estaréis bailando. Además, oír música junto a alguien que amas es como bailar con ella. Así que ya no tienes excusa.
¿Me concedes este baile?
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Luis Navajas
             


viernes, 24 de octubre de 2014

HAY DIAS...



Me gusta bromear con un buen amigo diciéndole: “Que tiemble la derecha, mi carrera política se reactiva!!”.  Claro, él piensa que mi partido (el que me largó de las listas sin decirme ni pio), me ofrece algo de representación. Ahí es cuando sonrío y le digo: “Mucho mejor, me han elegido presidente de mi comunidad”. Ahí acaba todo, pero nos vale para echarnos unas risas. No he visto dos tipos en mi vida que se rían más de ellos mismos. Lástima que cargo público y posiblemente amoríos de media distancia, nos priven de esos momentos de antaño.

Sin embargo, ese coñazo que supone ser presidente de tu comunidad de vecinos, me propuse que fuese una oportunidad para “hacer algo más”. Ya que hay que ser presidente por un período, seámoslo con todas sus consecuencias. Me dije. Así que, ahí me tienen recorriendo el edificio, tomando nota de todo lo que estaba mal. Apuntando iniciativas futuras. Abriendo puertas sin cerradura y cerrando puertas sin llaves… Ya saben, qué les voy a contar.

Entre las iniciativas que me propuse fue la de racionalizar el gasto. Suprimir todo lo superfluo. Apagar luces encendidas de día, cambiar bombillas antiguas, renegociar contratos de mantenimiento y administración…, en fin; un curro. Y entre ellos, el de normalizar el servicio de mantenimiento y limpieza. De vez en cuando aparecían por allí algunos operarios con contratos de unas pocas horas a la semana, que -seguro-, echaban el mismo tiempo en las labores como en los desplazamientos. Ya saben, hay trabajos a los que te cuesta el dinero ir. Así que me dije: Contratemos a una persona que esté aquí de lunes a viernes en horario de 08’00 a 13’00 (no podemos pagar más). Y… dicho y hecho. Ya está esa persona en la comunidad trabajando. Todo, a pesar de haberme enterado semana y pico más tarde de lo comprometido con la empresa de servicios. Lo ideal hubiese sido estar allí el primer día de trabajo de esa persona para darle la bienvenida y departir un poco con ella sobre las cuestiones laborales. Pero la empresa incumplió lo acordado para el día de la incorporación. En fin.

Así que, hoy, para cumplir con ese deber de la bienvenida con la persona y para darle una llave del edificio, he esperado al inicio de su jornada laboral. Y ahí apareció: Un chaval con cara de niño con su uniforme y tirando de un carrito de limpieza. Su cara me sonaba, y fue él quien me dijo: “Yo a usted lo conozco; He jugado al baloncesto con su hijo mayor y usted me dio clases de música en el Colegio Ciudad de Jaén. Además vivo en Churriana. Llevaba tres años parado y…”

Ni se imaginan la alegría que ese chico me ha dado esta mañana. Es una gilipollez, lo sé; pero creo que ahora estoy contento de ser el presidente de mi comunidad. Hemos estado hablando un rato  en una terraza mientras amanecía. Luego de darle la bienvenida y ponerme a su disposición, he enfilado el camino para mi trabajo. Contento. Sonriente.

Mientras conducía no dejaba de repetirme: “Por mi implicación, iniciativa y estudio de los recursos y necesidades de un colectividad; he podido crear un puesto de trabajo con un sueldo digno.”

Lo que no pude (o no supe, quien sabe), conseguir en 7 años de concejal; lo he hecho en tres meses como presidente de una comunidad de vecinos. La vida te da sorpresas. Pero, insisto, hay días que sí merecen la pena. Hoy es uno de ellos

 

 

Luis Navajas

martes, 1 de abril de 2014

CANELO Y LA CIUDAD IMAGINADA


Canelo es uno de esos perros que nacen con el nombre puesto. Es  callejero por voluntad propia. Decidió que su mundo sería más grande que aquella residencia en la que, a partes iguales, recibía caricias de compromiso y patadas de convicción. Así que, un día de los muchos que vio la puerta entreabierta, se apresuró a subir las escaleras para despedirse de Juancho; el loro con el que había compartido morada algunos años. Se situó bajo la jaula y le dedicó un par de ladridos a modo de despedida. Éste pareció no hacerle mucho caso, pero sí dejó caer unas pipas peladas. Canelo supuso que no había entendido que era una despedida. Se las comió y se marchó. De haber sabido que esas pipas eran las más grandes que Juancho había tenido en su poder, y que guardaba para una ocasión especial, no le habría cabido ninguna duda de que sí había entendido que su amigo se marchaba para siempre. Y con lo puesto -que era fina correa de cuero sucio al cuello-, Canelo salió a su nueva vida.

Le faltaban ojos y orejas para abarcar toda aquella inmensidad que se había presentado ante sus ojos. Nada era del todo nuevo para él. Desde la ventana de la casa en la que había nacido, y siempre que podía, observaba la actividad exterior. Le gustaba el rodar de los coches, el caminar de la gente, los sonidos, las luces, el día, la noche… Todo. Por tanto, ahora estaba en la calle por primera vez, pero era casi como si toda su vida se hubiese desarrollado en ese espacio sin paredes.

Estaré bien. Aquí fuera todo será más justo, bonito y placentero – se dijo.

La primera noche que tuvo que pasar en soledad le fue bastante mal. No encontró el lugar adecuado, ya que  fue desplazado un par de veces por personas que no quisieron compartir el lugar que había encontrado antes que ellas. Otros lugares estaban sucios o mojados. Así que siendo aún de noche, ya estaba caminando.

Y así, sin rumbo, fue notando cómo la ciudad se iba despertando. Personas, coches, autobuses, camiones, motos…, fueron apareciendo en una carrera frenética. A dónde irían tan deprisa?

El perro color canela fue recorriendo calles y zonas de la ciudad. En unas encontró soledad, pero eran muy bonitas, con jardines y mucha limpieza, y espacios libres. Pero éstas eran pocas y en zonas determinadas de la ciudad. Incluso en alguna de ellas le costó trabajo entrar porque alguien le impidió el paso lanzándole una piedra que casi le da en todo el lomo.

También recorrió lugares que eran más bulliciosos y en los que había más gente por sus calles. Curiosamente, estos lugares no disponían de tanta zona verde, ni estaban tan limpios. Canelo, que era perro, pero no tonto. No entendía cómo una zona en la que hay mucha gente viviendo tiene menos comodidades que otras que están prácticamente solitarias.  Pero era así. Lo estaba viendo. Aquí no había restricción a la hora de acceder a estos barrios. No había nadie apostado que lanzara piedras a dar, ni vallas de acceso. No obstante la gente no se fijaba mucho en él. A la hora de buscar algo para llevarse a la boca no tuvo muchos problemas, había suficiente comida tirada por el suelo como para alimentar a toda una familia de canes hambrientos. También le llamó la atención la falta de comunicación que la gente tenía. Se cruzaban sin decirse nada, apenas un pequeño murmullo en el mejor de los casos.

Pero, sin duda, lo que más le llamó la atención, fueron esas otras zonas de la ciudad en las que realmente se hacía difícil entender que ahí viviesen personas. De no ser por unas cuantas casitas que parecían de juguete y otras cosas que suelen usar los humanos (chatarra y coches de lujo, sobretodo), se diría que aquello era un vertedero. Aquí no es que hubiese comida tirada, que no la había, es que todo lo que sobraba en la ciudad, se diría que lo habían dejado en aquellas calles minúsculas. Incluidas algunas personas.

Ante este panorama, nuestro amigo se empezó a preguntar si abandonar su casa había sido una buena idea.

Siguió vagando por la ciudad y llegó a un lugar, apartado también, pero con unas construcciones extrañas. Se veían concentraciones de personas charlando o entrando a una casa muy grande. La curiosidad hizo que se dirigiera hacia ellos.

La gente se saludaba, y se reían mientras iban pasando a una gran sala que presidía un enorme Cristo crucificado. Esta figura la conocía porque era igual a las que había por toda la casa en la que vivió antes. Además, también creía saber para qué servían estas figuras: Si hacías algo malo y te ponías delante de ella y te tocabas: la frente, la barriga, y los hombros (primero uno y luego el otro). Ya no era tan malo. Lo sabía porque casi todos los días veía al hombre y la mujer hacerlo tras las palizas mutuas o a los demás. Juancho y él incluidos.

Pobre, qué estará haciendo ahora?

El caso es que Canelo llegó el último a aquella gran sala llena de grandes sillas de madera y se instaló bajo el sexto banco a la derecha del Cristo crucificado que la presidía. Al principio permaneció en una postura recostada, pero para cuando el oficiante permitió que la gente se sentara, él ya estaba completamente tendido y disfrutando el fresquito del suelo. Permaneció inalterable a pesar de las indicaciones del sacerdote.

-De píe.

-De eso nada –se dijo.

-Pueden sentarse

-Ni hablar de eso, mejor tendido.

El único movimiento apreciable que realizó, fue con sus orejas al oír las peticiones de piedad que se realizan durante el ritual religioso. Un acto de atención muy significativo, teniendo en cuenta el concepto de la piedad humana que había conocido.

Exceptuando la cuestión de la postura, Canelo tuvo una conducta de verdadero feligrés. Mejor aún que muchos de los que allí estaban. No dio una sola muestra de inquietud, ni hizo el mínimo ruido.

Cuando se empezó a desalojar la capilla, una vez terminada la misa,  Estaba tan relajado que casi ni se entera de que se quedaba solo, pero, justo antes de eso, levantó la cabeza. Con un lento movimiento de cuello confirmó que, ni de pié, ni sentado y, ni mucho menos tendido, allí quedaba alguien que no fuese él

Se pensó si aprovechar la siguiente reunión para continuar tendido al fresquito. No fue así y, por entre las piernas de la gente, salió del templo. Quería seguir buscando su ciudad imaginada tantas veces.

El hecho de tener el maxilar inferior en posición más salida que el superior le daba cierto aire de superioridad. Paseaba la mirada despacio. Observaba a todo y todos, aunque con una mirada tranquila, pero triste.

Divisó un grupo de esos artilugios de dos ruedas, que tanto gustan a los jóvenes, aparcadas cerca de donde él se encontraba. Decidió ir a observar más cerca esas máquinas tan fantásticas, sin darse cuenta de que un chico de semblante triste, muy triste; le estaba observando.

Mientras Canelo se dirigía hacia las motos alguien dijo: Mira el perrito, qué lástima.

Entonces el chico se quitó las gafas que ocultaban unos ojos enrojecidos por el llanto y comprobó que Canelo centraba su  mirada. Primero en una bandada de gaviotas que, dirección al mar, regresaban  del vertedero de basura del que se habían acostumbrado a comer. Y luego en el grupo de adolescentes que, con los cascos de la moto en el brazo, lloraban la pérdida de uno de sus amigos en accidente de tráfico.

El chucho se rascó la oreja, dio media vuelta moviendo el rabo como si le dijese adiós a sus sueños de búsqueda, y se volvió a meter en la capilla.

Pobre Canelo –pensaba Juancho-, dónde estará?

Vaya mierda, si llego a saber antes todo esto, me quedo en la casa. –se dijo el chucho.