martes, 1 de abril de 2014

CANELO Y LA CIUDAD IMAGINADA


Canelo es uno de esos perros que nacen con el nombre puesto. Es  callejero por voluntad propia. Decidió que su mundo sería más grande que aquella residencia en la que, a partes iguales, recibía caricias de compromiso y patadas de convicción. Así que, un día de los muchos que vio la puerta entreabierta, se apresuró a subir las escaleras para despedirse de Juancho; el loro con el que había compartido morada algunos años. Se situó bajo la jaula y le dedicó un par de ladridos a modo de despedida. Éste pareció no hacerle mucho caso, pero sí dejó caer unas pipas peladas. Canelo supuso que no había entendido que era una despedida. Se las comió y se marchó. De haber sabido que esas pipas eran las más grandes que Juancho había tenido en su poder, y que guardaba para una ocasión especial, no le habría cabido ninguna duda de que sí había entendido que su amigo se marchaba para siempre. Y con lo puesto -que era fina correa de cuero sucio al cuello-, Canelo salió a su nueva vida.

Le faltaban ojos y orejas para abarcar toda aquella inmensidad que se había presentado ante sus ojos. Nada era del todo nuevo para él. Desde la ventana de la casa en la que había nacido, y siempre que podía, observaba la actividad exterior. Le gustaba el rodar de los coches, el caminar de la gente, los sonidos, las luces, el día, la noche… Todo. Por tanto, ahora estaba en la calle por primera vez, pero era casi como si toda su vida se hubiese desarrollado en ese espacio sin paredes.

Estaré bien. Aquí fuera todo será más justo, bonito y placentero – se dijo.

La primera noche que tuvo que pasar en soledad le fue bastante mal. No encontró el lugar adecuado, ya que  fue desplazado un par de veces por personas que no quisieron compartir el lugar que había encontrado antes que ellas. Otros lugares estaban sucios o mojados. Así que siendo aún de noche, ya estaba caminando.

Y así, sin rumbo, fue notando cómo la ciudad se iba despertando. Personas, coches, autobuses, camiones, motos…, fueron apareciendo en una carrera frenética. A dónde irían tan deprisa?

El perro color canela fue recorriendo calles y zonas de la ciudad. En unas encontró soledad, pero eran muy bonitas, con jardines y mucha limpieza, y espacios libres. Pero éstas eran pocas y en zonas determinadas de la ciudad. Incluso en alguna de ellas le costó trabajo entrar porque alguien le impidió el paso lanzándole una piedra que casi le da en todo el lomo.

También recorrió lugares que eran más bulliciosos y en los que había más gente por sus calles. Curiosamente, estos lugares no disponían de tanta zona verde, ni estaban tan limpios. Canelo, que era perro, pero no tonto. No entendía cómo una zona en la que hay mucha gente viviendo tiene menos comodidades que otras que están prácticamente solitarias.  Pero era así. Lo estaba viendo. Aquí no había restricción a la hora de acceder a estos barrios. No había nadie apostado que lanzara piedras a dar, ni vallas de acceso. No obstante la gente no se fijaba mucho en él. A la hora de buscar algo para llevarse a la boca no tuvo muchos problemas, había suficiente comida tirada por el suelo como para alimentar a toda una familia de canes hambrientos. También le llamó la atención la falta de comunicación que la gente tenía. Se cruzaban sin decirse nada, apenas un pequeño murmullo en el mejor de los casos.

Pero, sin duda, lo que más le llamó la atención, fueron esas otras zonas de la ciudad en las que realmente se hacía difícil entender que ahí viviesen personas. De no ser por unas cuantas casitas que parecían de juguete y otras cosas que suelen usar los humanos (chatarra y coches de lujo, sobretodo), se diría que aquello era un vertedero. Aquí no es que hubiese comida tirada, que no la había, es que todo lo que sobraba en la ciudad, se diría que lo habían dejado en aquellas calles minúsculas. Incluidas algunas personas.

Ante este panorama, nuestro amigo se empezó a preguntar si abandonar su casa había sido una buena idea.

Siguió vagando por la ciudad y llegó a un lugar, apartado también, pero con unas construcciones extrañas. Se veían concentraciones de personas charlando o entrando a una casa muy grande. La curiosidad hizo que se dirigiera hacia ellos.

La gente se saludaba, y se reían mientras iban pasando a una gran sala que presidía un enorme Cristo crucificado. Esta figura la conocía porque era igual a las que había por toda la casa en la que vivió antes. Además, también creía saber para qué servían estas figuras: Si hacías algo malo y te ponías delante de ella y te tocabas: la frente, la barriga, y los hombros (primero uno y luego el otro). Ya no era tan malo. Lo sabía porque casi todos los días veía al hombre y la mujer hacerlo tras las palizas mutuas o a los demás. Juancho y él incluidos.

Pobre, qué estará haciendo ahora?

El caso es que Canelo llegó el último a aquella gran sala llena de grandes sillas de madera y se instaló bajo el sexto banco a la derecha del Cristo crucificado que la presidía. Al principio permaneció en una postura recostada, pero para cuando el oficiante permitió que la gente se sentara, él ya estaba completamente tendido y disfrutando el fresquito del suelo. Permaneció inalterable a pesar de las indicaciones del sacerdote.

-De píe.

-De eso nada –se dijo.

-Pueden sentarse

-Ni hablar de eso, mejor tendido.

El único movimiento apreciable que realizó, fue con sus orejas al oír las peticiones de piedad que se realizan durante el ritual religioso. Un acto de atención muy significativo, teniendo en cuenta el concepto de la piedad humana que había conocido.

Exceptuando la cuestión de la postura, Canelo tuvo una conducta de verdadero feligrés. Mejor aún que muchos de los que allí estaban. No dio una sola muestra de inquietud, ni hizo el mínimo ruido.

Cuando se empezó a desalojar la capilla, una vez terminada la misa,  Estaba tan relajado que casi ni se entera de que se quedaba solo, pero, justo antes de eso, levantó la cabeza. Con un lento movimiento de cuello confirmó que, ni de pié, ni sentado y, ni mucho menos tendido, allí quedaba alguien que no fuese él

Se pensó si aprovechar la siguiente reunión para continuar tendido al fresquito. No fue así y, por entre las piernas de la gente, salió del templo. Quería seguir buscando su ciudad imaginada tantas veces.

El hecho de tener el maxilar inferior en posición más salida que el superior le daba cierto aire de superioridad. Paseaba la mirada despacio. Observaba a todo y todos, aunque con una mirada tranquila, pero triste.

Divisó un grupo de esos artilugios de dos ruedas, que tanto gustan a los jóvenes, aparcadas cerca de donde él se encontraba. Decidió ir a observar más cerca esas máquinas tan fantásticas, sin darse cuenta de que un chico de semblante triste, muy triste; le estaba observando.

Mientras Canelo se dirigía hacia las motos alguien dijo: Mira el perrito, qué lástima.

Entonces el chico se quitó las gafas que ocultaban unos ojos enrojecidos por el llanto y comprobó que Canelo centraba su  mirada. Primero en una bandada de gaviotas que, dirección al mar, regresaban  del vertedero de basura del que se habían acostumbrado a comer. Y luego en el grupo de adolescentes que, con los cascos de la moto en el brazo, lloraban la pérdida de uno de sus amigos en accidente de tráfico.

El chucho se rascó la oreja, dio media vuelta moviendo el rabo como si le dijese adiós a sus sueños de búsqueda, y se volvió a meter en la capilla.

Pobre Canelo –pensaba Juancho-, dónde estará?

Vaya mierda, si llego a saber antes todo esto, me quedo en la casa. –se dijo el chucho.

 

 

 

viernes, 21 de marzo de 2014

La Venganza. Microcuento.


A la anciana aún le tiemblan las manos cuando sostiene la foto de su familia. Siente tanto escalofrío, como cuando oye el lamento del asesino que, por fin, había podido atrapar. Han sido más de treinta años de soledad, miedo y acecho; pero ahora lo tiene encerrado. Ya no degollará a nadie más.  Esa noche, los sonidos desgarradores y casi suplicantes, parecían intuir el final. Con el poco aliento que le deja su enfermedad terminal, la mujer se levantó, ajustó la dosis de morfina; y  luego cruzó el pasillo, bajó al sótano y mató al prisionero. Ya podría reunirse, en paz, con sus seres queridos. Los aullidos del lobo asesino cesaron.

jueves, 20 de marzo de 2014

LA MIRADA


Suelo fijarme en la gente con la que me cruzo. Me gusta imaginar dónde viven, qué tipo de decoración tendrán en su casa o cómo serán sus vidas. En fin, tonterías de este tipo. Tengo la teoría de que según tu aspecto, como vas vestido y te mueves por la calle entre otra gente; así tienes tu vida organizada. Una gilipollez, pero me hace el camino más entretenido. Pero, a veces, se cruza uno con alguien que parece que va rodeada de un aura especial. Nada de misticismos ni leches. Digo aura como podría decir aire, o contaminación del aire, o polvo en suspensión. Pero sí, seguro que a ustedes también les ha ocurrido alguna vez.

Hace pocos días me pasó otra vez. Una señora aún joven se cruzó en mi camino y me llamó la atención. Tenía una belleza serena, un caminar cansino y una tristeza profunda. Llevaba una bolsa que seguramente contenía algunas piezas de fruta, un botellín de agua y, quizá, algún pastel. Claro que el hecho de que caminara en dirección al centro hospitalario del que yo había salido, ayudaba a suponer tal contenido. Y ahí empecé a imaginar:

Sería una madre de familia a la que la vida, desde hacía ya demasiados años, había empezado a tratar mal. Ahora le había dado un respiro, pero tenía impuesta otra condena que asumía callada. Su casa estaría en una zona de la capital de clase obrera venida a menos. Muy limpia y ordenada. Muebles dignos pero nada de maderas nobles. Tendría la parejita de hijos. Una chica que estudia en la Universidad (seguramente en su último año de carrera), y un chico que se había desvelado como un gran estudiante de Bachillerato, pero que no le estaban yendo muy bien las calificaciones últimamente. Haría poco que se habrían cumplido sus bodas de plata. Veinticinco años de matrimonio, aunque solo quiere recordar los años de noviazgo. Luego, todo cambió.

Dejó su trabajo y sueños para dedicarse a una empresa familiar, que la crisis y la mala cabeza de su marido, se había llevado por delante. Seguramente esa sería una causa más de su tristeza y de que a José, su marido, hubiese sufrido un problema de salud que lo tiene prácticamente paralizado. Ella lo visita todos los días y se sienta en la butaca de la habitación de la planta hospitalaria a esperar.

Espera que pasen las horas y que su marido -cuando recupere el habla-,  se digne decirle algo. Pero algo de lo que espera le digan de una puta vez. Ella quiere oír que le pide perdón por todo el sufrimiento que soporta. Por tantos empujones y gritos. Por tanto tragar para que la cosa no fuese a mayores, sobretodo en presencia de sus hijos.

Por supuesto que, de vez en cuando, se pregunta si no sería mejor que su sin vivir terminara allí. Que hubiese una complicación y… Pero esa idea la desecha inmediatamente. Nadie se merece que alguien desee un mal para ella. Y, así, pasa todas las horas que puede junto a José.

Luego, cuando termine la hora de visita, volverá sobre sus pasos y tomará el autobús que la llevará a su casa. Sus hijos ya habrán puesto la mesa para cenar algo. Poco.  Y ella les contará que su padre está mejorando, pero muy lentamente. Que ya le ha sonreído y le ha parecido que se ha puesto muy contento al ver la foto del cumpleaños del sobrino, en la que aparecían ellos. Luego les dirá algunas mentiras más sobre la situación de su padre, y que sigue siendo mejor, por prescripción médica, que aún no vayan a verlo para evitar emociones fuertes.

Todo, para no contarles que José, sí que la mira, y que ella sabe lo que le está diciendo con esa forma de mirar. Ya lo ha vivido muchas veces. Así que evitará, como siempre ha hecho, que éstos puedan ver una mirada de odio que, aún en estas circunstancias, está gritando: “Puta, dónde irás tan arreglada”.

Así que, al terminar la cena se irá a la cama fría y soñará con una vida mejor. Porque, hasta ahora, en los sueños nadie le ha gritado, pegado o menospreciado.

Y yo, llego a mi destino y dejo de imaginar cosas de este estilo. Y me culpo por ello. Y me pregunto el porqué de esta triste historia imaginada. ¿Será porque ocurre más a menudo de lo que nos parece?

Será.

sábado, 16 de febrero de 2013

ASÍ, SÍ


Lamentablemente el tema de moda es hablar sobre el desapego de la ciudadanía con la política, o mejor expresado; con los políticos. Y es cierto. Así que poco más que añadir.
Pero a pesar de ello (o precisamente por ello), he vivido una experiencia impagable: Un grupo de ciudadanos (que conforman una organización política muy pequeña), me llamaron para que les hablara sobre la estructura política de un Ayuntamiento.
Evidentemente, lo primero que les dije fue que si consideraban que mi participación en esa reunión era interesante; iría. Pero que eran (y son), muchísimas más las cosas que ignoro, que las que conozco. Aún así, el foro tuvo lugar. Y allí llegué, y allí estaban ellos/as.
¿Cómo está organizado un Ayuntamiento y cómo hay que desenvolverse en su estructura? Como ven, el tema da, no para una, sino para cien reuniones como mínimo -eso para no dejarte muchas cosas en el tintero-. Así que les hablé -siempre desde una perspectiva personal-, de lo que me encontré al llegar al Ayuntamiento de Málaga, como concejal.
Y confesé que a los pocos días de haber tomado posesión del acta; ya tenía ganas de volverme a mi trabajo en la UMA. Y no era porque hubiese mal ambiente en mi grupo político, ni el partido,  ni nada de eso; tuve ganas de dimitir como concejal, porque realmente no sabía muy bien qué tenía que hacer, ni cual era mi cometido en aquella estructura.
Por diversos motivos que consideré, llegué a la conclusión de que haría un flaco favor a mi partido (PSOE), si dimitía; pero no por mi valía personal, no; por la lectura que se le podría dar a que un concejal dimita a los pocos días de llegar. Así que, afortunadamente no dimití. Y digo afortunadamente, porque a raíz de aquel bajón; encontré mi cometido y me puse manos a la obra. Jornadas de más de once horas diarias, siete días a la semana.
Dicho esto, subrayé la importancia de que cuando se llega a un Ayuntamiento, Diputación, Parlamento, o cualquier estructura de representación ciudadana, es fundamental conocer los recursos de los que se dispone, para realizar la labor que se les ha encomendado como representantes públicos, y las estructuras que conforman el organismo en el cual se ha de desarrollar el trabajo político. Por supuesto que hay que estar en la calle; pero no se ha de olvidar que, tanto la labor de gobierno, como de oposición, necesitan de unas estructuras administrativas que vayan poniendo negro sobre blanco, todas aquellas iniciativas que se pretendan desplegar para ser coherente con la propuesta presentada a los ciudadanos en campañas electorales.
Así que hablamos sobre el pleno del Ayuntamiento, las comisiones, los organismos municipales, las empresas municipales, el personal de libre designación, los grupos municipales, la búsqueda de información, las iniciativas al pleno, los distritos, el equipo de gobierno, la oposición, de las listas abiertas, y de las listas desbloqueadas, de los consejos de administración de las empresas municipales, del sueldo…
Y ellos preguntaron, y yo intenté responder a aquello que sabía. Y cuando terminé me dieron las gracias y hasta un inmerecido aplauso. Sin embargo, soy yo quien tiene que agradecerles que muestren esa grandeza de estar preocupados por el futuro de todos. Agradecerles que hagan ese esfuerzo, que implica dejar a sus familias para estar debatiendo sobre cómo tendría que ser la política y los políticos. Agradecerles su tiempo. Agradecerles que quieran saber para mejorar.
Y un servidor, que por los acontecimientos actuales, ya andaba un poco bajo de moral, salió de allí con esperanzas renovadas y diciéndome que mientras haya gente así, no todo está perdido.
Quizá los grandes partidos deban aprender de este grupo de gente, y convocar esos foros en los que luego no vaya nadie corriendo a llamar a la dirección municipal, para contarle lo que dijo tal o cual persona que no se resigna a ser un afiliado sumiso. Quizá, las agrupaciones locales políticas, algún día aprendan de estas personas y abran esos debates, sin tener que esperar a que la dirección municipal, regional o nacional, de la orden de organizar foros para ir paseando a esos cargos que, o no se les conoce, o no han hecho nada por tu ciudad, zona o barrio. Quizá algún día –digo-, todo esto ocurra en los grandes partidos políticos. Para ello sólo es necesario que se reúnan jubilados, amas de casa, trabajadores, estudiantes, abogados, parados, exconcejales, o ex lo que sea y que, ninguno, esté colocado por el partido.
Así, sí.

miércoles, 6 de febrero de 2013

SOBRES LLENOS, ESPACIOS VACÍOS


Es una evidencia: A medida que en política los sobres se van incrementando, el espacio que separa a esta de la ciudadanía, se hace también más grande. Y es una pena porque los sobres son fáciles de llenar, pero los espacios políticos son algo más complicado de ocupar.
El lamentable espectáculo que está dando la clase política española en estos últimos días ya lo estamos pagando caro. Es tal la desfachatez e impunidad con la que ha venido actuando la derecha de nuestro país, que hasta resulta bochornoso imaginarse a esas personas trincando. Todo lo anterior, claro está; supuestamente. Pero ¿y si luego resulta que es ciertamente? Pues se tendrán que ir. Todos. Todas.
Pero en estos temas de corrupción hay que profundizar. En la calle se habla y se hacen analogías que, a veces, conforman un runrún ensordecedor. Y no hay más sordo que el que no quiere oír.
La gente está harta de sobres con sobresueldos, pero también de otro tipo de sobres. Porque se puede llegar a ser tan deshonesto repartiendo sobres con dinero, como haciéndolos llegar con nombres de los que hay que promocionar en la administración, o marginar, o prejubilar, o nombrar a dedo para un puesto de trabajo que nunca se ganó -ni por méritos, ni por habilidades personales. O con la relación de nombres que hay que poner en las listas -aunque ni vivan, ni hayan hecho ni el huevo por la ciudad o pueblo por el que se van a presentar. Esos sobres, dicen, también son inmorales. Y yo estoy de acuerdo.
La gente de la calle también dice que hay un espacio político por llenar. Un lugar que únicamente podrá se colmado con personas que estén dispuestas a figurar en unas listas abiertas a todos los ciudadanos y que vengan precedidas de unos valores sólidos. Políticos a los que no se les pueda achacar que han llegado al servicio público sin actividad laboral anterior a la que volver, de forma sumisa, sin experiencia en la política ciudadana de base, para enriquecerse, para figurar, o después de una fantástica carrera de trepa dentro de su partido.
La clase obrera está buscando esa alternativa para depositar sus esperanzas en gente que tengan el coraje de rechazar todos aquellos privilegios que ha acumulado la clase política. Que descubra y denuncie a los golfos que se infiltren en sus filas. Que sepa, realmente, cuánto cuesta llevar una casa adelante con un sueldo mínimo. Que pueda mirar a los ojos a la ciudadanía sin sentir vergüenza por sus actos. Que no acepte poder disfrutar de un menú de reyes, a mesa y mantel, a menor costo que el que tiene que afrontar una familia  para prepararle una fiambrera a su pequeño para el almuerzo. Un frío almuerzo en un aula fría de un colegio público mal dotado.
La ciudadanía está demandando una nueva clase política que venga a ocupar ese espacio huérfano. Los partidos políticos -si quieren seguir subsistiendo y ocupar algo de ese espacio disponible-, tienen que acometer una profunda renovación de personas, ideas, proyectos y procedimientos. Como mínimo.
Sólo así llegaremos a ser una sociedad en la que la libertad, la democracia, la educación, la cultura, el trabajo, la decencia, el compromiso, la solidaridad y, cómo no; la honradez, sean las señas de identidad y no tengamos que sentir vergüenza de nuestros dirigentes. No dejemos que ese espacio que ahora tenemos ante nosotros sea ocupado, otra vez, por gente que no tiene el mínimo bagaje ni profesional, ni de servicio público.
La especulación del suelo, los privilegios de la banca, las financiaciones irregulares, las bodas faraónicas, los aeropuertos sin aviones, los trenes sin estaciones, los puentes de diseño, los trajes de corte impecable, los coches de lujo, los viajes y fiestas…Todo ha contribuido a que nuestra sociedad se haya ido desangrando poco a poco. Y, para colmo, ahora vamos conociendo que, según parece, unos pocos también se llevan la pasta metida en sobres.
En nuestras manos está poder cambiar las cosas. O aceptamos el reto, o trincamos el sobre con la guita. Vayan eligiendo.

lunes, 17 de diciembre de 2012

2+20+10…

           
Han llegado veinte más. Seguro que ya están jugando. Los niños/as se hacen amigos rápidamente. Son así. Estos estaban en el colegio cuando los sorprendió otro chico con un arma. Seguramente la había puesto en sus manos una infancia desgraciada que hacía insoportable la felicidad de otros chiquillos. Ahora tendrán nuevos compañeros de pupitre.
Conocerán a aquellos que sobrevivían deambulando entre los desechos de una sociedad que los marginó y que una infección -provocada por el trabajo en el vertedero-, los trajo aquí. Y, seguramente, abrirán los ojos con asombro cuando sepan que otros llevaron un arma al hombro y fueron obligados a disparar contra la gente que conocían de otras aldeas. Y claro, un día ellos fueron el destino de una bala, que otro niño/a de la guerra había disparado -seguramente con los ojos cerrados de miedo; pero cuando una bala sale disparada… Y no podrán creer esas historias de otros niños que padecieron un infierno a manos de sus propios padres.
            Y esto es así desde siempre. No me preguntes por qué. Los niños/as continuamente han sido destinatarios de tremendas injusticias. Muchas, muchísimas de ellas evitables, pero no se hace nada al respecto. Hay algo que está en la propia condición humana que no marcha como debía. Algo falla.
            Tenemos oídos, pero no sabemos escuchar. Podemos hablar, pero no sabemos expresarnos, ni entendernos. Sabemos sentir amor, pero hay quien sólo lo siente hacia lo suyo. Conseguimos leyes, pero hay quien únicamente las acata si éstas le benefician. También podemos ser solidarios, pero terminamos dando limosna con lo que nos sobra. Así que con estos mimbres…
            Por supuesto que hay excepciones. Mucha gente ha entregado su vida para salvar la de otros. Las últimas, hasta este momento, han sido esas maestras que han logrado salvar a unos niños que un loco había condenado a muerte. Un enfermo que habría que considerar si no adquirió la dolencia en su entorno más cercano. Quizá ha vivido desde siempre en un infierno y, lamentablemente, ha querido pagarlo con los más desprotegidos.
Y seguirán llegando niños y niñas que van a morir por falta de alimentos, por las guerras, por la miseria, por el maltrato de una sociedad, por el de sus padres y/o madres…
 Y no me puedo creer que esté escribiendo estos últimos párrafos, con la naturalidad con la que se escribe la lista de la compra para la navidad (no tuve agallas de escribir “para celebrar”).
Pero no me resigno, y quiero gritar que cuando un niño/a sufre o muere por un acto de violencia, todos/as somos responsables. Todos/as los que por acción o delegación, participamos de una toma de decisiones guiadas por una política (incluida la económica), que recompensa al interés privado ante el general, al egoísmo ante la solidaridad, al ocio ante el trabajo, a la sumisión, ante el compromiso…
Se dice -y se acepta no sé por que ley de Murphy-, que el efecto mariposa es una realidad. Ya saben: “El aleteo de una mariposa en Londres, puede desatar una tormenta en Hong Kong”: La teoría del caos. Sin embargo, no estamos dispuestos a darnos por aludidos cuando un niño o niña derrama una lágrima de dolor o soledad: La teoría del mira para otro lado y silba una canción.
            Acaban de llegar otras diez niñas que, mientras recogían leña,  han muerto por la explosión de una mina. Suma y sigue.
¿Que adónde han llegado?  Pues a nuestros corazones, en busca de una esperanza, y a nuestras conciencias, para aumentar el peso de nuestra vergüenza.
 Qué te creías.

martes, 11 de diciembre de 2012

EL DESPRESTIGIADOR DESPRESTIGIADO


            Está claro: El alcalde de Málaga quiere ser Rector de la UMA, y su partido, el PP, lo apoya, -entre otras cosas porque ya no saben cómo quitárselo de encima-. Está obsesionado con que le digan que es magnífico, y hará lo que sea para ello (no sabe que el título que ostentan los/as rectores/as, es de honor y no un calificativo a sus gestiones). De no ser así, no se entienden sus declaraciones contra la UMA.
            En estos últimos días he estado muy atento a las reacciones sobre la metedura de pata del alcalde viajero y de la diputada del puchero; he echado en falta una defensa sobre la vertiente humana de la UMA. En ella trabajan (trabajamos), muchas, pero muchas personas. Y, por si esto fuese poco, por nuestras facultades pasan todos los días muchos miles de estudiantes que vienen a trabajar en sus aulas, espacios de investigación, espacios de convivencia, etc. Aunque sólo sea por esto, no se puede ir a New York, a pregonar que “a la UMA le falta calidad”. O, como dijo la diputada: “Ha tenido que venir esta señora [la actual rectora], a cargarse el prestigio de la UMA. No, ni uno ni otra tienen derecho, ni prestigio, para intentar desprestigiar una institución como la Universidad de Málaga.
            Desde luego que no soy yo quien tiene que salir en defensa de la Universidad o de su Rectora. Ambas lo hacen por sí mismas, con eficacia, prudencia y argumentos sólidos. Y siempre, desde el respeto a las demás instituciones. Además, ya saben: No desprestigia quien quiere, sino quien puede. Pero sí estoy legitimado a defender mi puesto de trabajo. El prestigio de una institución, también es directamente proporcional al que tengan las personas que trabajan en ella.
            Ejercer la política exige mucha prudencia. Por tanto, el fin, no siempre justifica los medios. Estamos en una sociedad que analiza poco los porqué de las cosas. Una noticia, aunque esté deformada por intereses, siempre deja opiniones en los ciudadanos. Y si éstas siembran dudas y sombras, se podrían consolidar en la opinión pública, por lo que si no se reacciona a tiempo, terminan dañando a personas, colectivos e instituciones. Un alcalde y una diputada, gozan de un altavoz más potente que cualquier ciudadano. De ahí el cuidado que se ha de tener a la hora de calificar comportamientos y gestiones. Además, se les supone (como el valor a los soldados), el don de la prudencia y la ecuanimidad (del de la transparencia podríamos hablar otro día).
A las Universidades se las selecciona por su prestigio. La nuestra -por más que les pese al tándem: alcalde-diputada-, lo tiene más que ganado. Y gracias a él, es por lo que la UMA está en continuo crecimiento, es receptora de muchos estudiantes de fuera, y está a la vanguardia en formación, docencia, innovación e investigación. Por tanto, una Universidad de garantías. Con cosas mejorables; por supuesto. Como todo. Pero gracias a esta magnífica institución, muchas familias malagueñas podemos llevar un sueldo a nuestra casa, que aunque éste no nos da para muchos viajes tras el Papa de Roma, sí es suficiente para vivir y cocinar algún que otro caldito del puchero. Eso sí, con un hueso que sea de cerdo y no de vaca loca.
Ay, mon Dieu, si es que hay quienes se labran su propio desprestigio, inventando el de los demás.