Es una evidencia: A medida que en política los sobres se van incrementando, el espacio que separa a esta de la ciudadanía, se hace también más grande. Y es una pena porque los sobres son fáciles de llenar, pero los espacios políticos son algo más complicado de ocupar.
El lamentable espectáculo que está dando la clase política española en estos últimos días ya lo estamos pagando caro. Es tal la desfachatez e impunidad con la que ha venido actuando la derecha de nuestro país, que hasta resulta bochornoso imaginarse a esas personas trincando. Todo lo anterior, claro está; supuestamente. Pero ¿y si luego resulta que es ciertamente? Pues se tendrán que ir. Todos. Todas.
Pero en estos temas de corrupción hay que profundizar. En la calle se habla y se hacen analogías que, a veces, conforman un runrún ensordecedor. Y no hay más sordo que el que no quiere oír.
La gente está harta de sobres con sobresueldos, pero también de otro tipo de sobres. Porque se puede llegar a ser tan deshonesto repartiendo sobres con dinero, como haciéndolos llegar con nombres de los que hay que promocionar en la administración, o marginar, o prejubilar, o nombrar a dedo para un puesto de trabajo que nunca se ganó -ni por méritos, ni por habilidades personales. O con la relación de nombres que hay que poner en las listas -aunque ni vivan, ni hayan hecho ni el huevo por la ciudad o pueblo por el que se van a presentar. Esos sobres, dicen, también son inmorales. Y yo estoy de acuerdo.
La gente de la calle también dice que hay un espacio político por llenar. Un lugar que únicamente podrá se colmado con personas que estén dispuestas a figurar en unas listas abiertas a todos los ciudadanos y que vengan precedidas de unos valores sólidos. Políticos a los que no se les pueda achacar que han llegado al servicio público sin actividad laboral anterior a la que volver, de forma sumisa, sin experiencia en la política ciudadana de base, para enriquecerse, para figurar, o después de una fantástica carrera de trepa dentro de su partido.
La clase obrera está buscando esa alternativa para depositar sus esperanzas en gente que tengan el coraje de rechazar todos aquellos privilegios que ha acumulado la clase política. Que descubra y denuncie a los golfos que se infiltren en sus filas. Que sepa, realmente, cuánto cuesta llevar una casa adelante con un sueldo mínimo. Que pueda mirar a los ojos a la ciudadanía sin sentir vergüenza por sus actos. Que no acepte poder disfrutar de un menú de reyes, a mesa y mantel, a menor costo que el que tiene que afrontar una familia para prepararle una fiambrera a su pequeño para el almuerzo. Un frío almuerzo en un aula fría de un colegio público mal dotado.
La ciudadanía está demandando una nueva clase política que venga a ocupar ese espacio huérfano. Los partidos políticos -si quieren seguir subsistiendo y ocupar algo de ese espacio disponible-, tienen que acometer una profunda renovación de personas, ideas, proyectos y procedimientos. Como mínimo.
Sólo así llegaremos a ser una sociedad en la que la libertad, la democracia, la educación, la cultura, el trabajo, la decencia, el compromiso, la solidaridad y, cómo no; la honradez, sean las señas de identidad y no tengamos que sentir vergüenza de nuestros dirigentes. No dejemos que ese espacio que ahora tenemos ante nosotros sea ocupado, otra vez, por gente que no tiene el mínimo bagaje ni profesional, ni de servicio público.
La especulación del suelo, los privilegios de la banca, las financiaciones irregulares, las bodas faraónicas, los aeropuertos sin aviones, los trenes sin estaciones, los puentes de diseño, los trajes de corte impecable, los coches de lujo, los viajes y fiestas…Todo ha contribuido a que nuestra sociedad se haya ido desangrando poco a poco. Y, para colmo, ahora vamos conociendo que, según parece, unos pocos también se llevan la pasta metida en sobres.
En nuestras manos está poder cambiar las cosas. O aceptamos el reto, o trincamos el sobre con la guita. Vayan eligiendo.